Primero llega el sonido. Aparecen las notas de La cabalgata de las valquirias descendiendo desde los altavoces de un helicóptero y extendiéndose sobre la selva. Después surge la imagen: las aspas girando con violencia, el humo expandiéndose tras las explosiones, los cuerpos corriendo entre la tierra levantada. En el centro de esa escena permanece él: erguido, impecable, con la gorra ajustada hasta las cejas y una expresión atravesada por el éxtasis.
El teniente coronel Bill Kilgore se ajusta las gafas, contempla el caos que él mismo ha desatado y pronuncia la frase que medio planeta lleva tatuada en la memoria desde entonces:
—Me encanta el olor del napalm por la mañana.
Robert Duvall murió ayer, 15 de febrero de 2026. Tenía 95 años. Sin embargo, en esa escena filmada en 1979 permanece intacto, vibrante, tan vivo como siempre.
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La anécdota es conocida y vale la pena contarla otra vez: Francis Ford Coppola le ofreció el papel de Kilgore. Duvall, con la curiosidad alerta, quiso saber de qué se trataba. Coppola le habló de un coronel que surfea en plena guerra. Duvall pidió el guion, lo leyó y regresó con una pregunta:
—Está bien, pero ¿cuál es mi motivación?
Coppola lo miró, encendió un cigarro y respondió:
—Tu motivación es que te gusta el olor del napalm por la mañana.
Duvall asintió y comenzó el rodaje.
La escena de la playa —Wagner, los helicópteros, el ataque— se filmó en 16 milímetros porque la cámara principal se había dañado. Duvall ya había interpretado a Tom Hagen en El Padrino y conocía el peso de un set dominado por figuras como Brando y Pacino. En aquella playa filipina entregó una de las actuaciones más precisas que el cine ha registrado. Cada gesto encuentra su medida; cada pausa respira con exactitud; cada palabra ocupa el lugar que le corresponde.
“Algunos muchachos están surfeando”, dice mientras señala a los soldados que montan las olas bajo la lluvia de bombas. La frase roza el absurdo. La interpretación sostiene la escena con convicción absoluta. Duvall actúa desde la fe del personaje y convierte lo improbable en verdad.
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Nacido en San Diego en 1931, Robert Duvall llegó al cine tras formarse con Sanford Meisner y cumplir servicio en el ejército. Su primer papel relevante fue en Matar a un ruiseñor (1962), donde interpretó a Boo Radley, el vecino enigmático que termina convertido en salvador. Desde entonces mostró una cualidad distintiva: la capacidad de habitar a sus personajes con naturalidad, de desaparecer detrás de una mirada y de ocupar la escena con una presencia silenciosa y firme.
La década de los setenta consolidó su lugar en la historia del cine: El Padrino, La conversación, Apocalipsis Now, Network. Una sucesión de títulos decisivos. Duvall construyó una carrera sólida sin asumir el perfil tradicional de estrella hollywoodense. Mantuvo su vida lejos de las portadas y de los escándalos, establecido en una granja en Virginia, rodeado de caballos y de campo. Entre rodaje y rodaje, ese era su territorio.
El cine fue su oficio. En sus manos, el oficio alcanzó la dimensión del arte.
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La grandeza de Kilgore nace de su convicción.
Duvall comprendía que los personajes actúan desde su propia lógica. Kilgore no se percibe dentro de una película bélica; se mueve en el territorio que siente como propio. La guerra constituye su paisaje natural. El olor del napalm adquiere, para él, la familiaridad del café recién hecho o del pasto húmedo al amanecer.
Ahí reside la clave. Duvall encarna a Kilgore sin distancia ni comentario implícito hacia el espectador. Lo asume desde dentro, explora su lógica interna y le otorga una dimensión humana que vuelve verosímil incluso su brutalidad. La escena permanece en la memoria porque la frase surge como una declaración íntima.
Años después, cuando Coppola le preguntó cómo había construido al personaje, Duvall ofreció una respuesta que funciona como manifiesto: “Pensé en todos los hombres que conocí en el ejército y que amaban lo que hacían. No importaba qué fuera. Lo amaban. Eso hice yo: amar lo que hacía”.
Amor en el corazón de la guerra. Amor pronunciado entre humo y fuego. Una entrega absoluta al personaje y a su verdad.
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Con el tiempo fui descubriendo sus otras vidas en la pantalla. El consigliere Tom Hagen en El Padrino, ese hombre que se mueve entre sombras con lealtad firme y una inteligencia estratégica. Duvall alcanzaba una proeza silenciosa: convertirse en el eje invisible dentro de una película habitada por figuras descomunales. Mientras Brando murmuraba y Pacino ardía, él sostenía la arquitectura dramática y garantizaba el equilibrio. También ahí se manifiesta la grandeza: en la solidez que mantiene todo en pie.
Después llegó La conversación, también de Coppola, donde encarnó a un hombre común atrapado en una trama que apenas comprende. En Network dio vida a un ejecutivo capaz de negociar su conciencia. En Tender Mercies obtuvo el Oscar con la interpretación de un cantante de country derrotado que busca reconstruirse en un pueblo texano. Cantaba y tocaba la guitarra con autenticidad; cada gesto transmitía experiencia vivida.
En los años noventa asumió un desafío inesperado: dirigió y protagonizó The Apostle, la historia de un predicador pentecostal que huye tras cometer un crimen y funda una iglesia en Luisiana. Financió la película con recursos propios, recorrió el sur de Estados Unidos para entrevistar pastores y aprendió a predicar con la cadencia de quien ha crecido en el púlpito. El resultado fue una de las actuaciones más intensas del cine estadounidense: un hombre de fe atravesado por impulsos contradictorios, fervoroso y violento, lleno de culpa y esperanza. Hay una escena en la que conversa con Jesús mientras pasa la cortadora de césped; en ese momento se percibe la dimensión íntima del personaje. Cuando vi esa película, años después de Apocalipsis Now, comprendí algo esencial: para Duvall, los personajes funcionan como espejos.
Eso lograba en cada papel. Colocaba frente al espectador a un ser humano cuya imagen devolvía preguntas incómodas. Kilgore representaba a un hombre que había encontrado propósito en medio del caos, una certeza que interpela a cualquiera. La seguridad con la que ocupa su lugar, incluso bajo las bombas, obliga a preguntarse por el propio.
Duvall abordaba a sus personajes desde la comprensión. Al hacerlo, conducía también al espectador hacia esa comprensión. Sus criaturas podían resultar brutales, frágiles o contradictorias; siempre aparecían dotadas de una humanidad compleja que permanecía más allá del juicio.
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En sus últimos años continuó trabajando: Get Low, The Judge, Widows, Hustle. Papeles breves en algunos casos, de menor peso en otros, sostenidos siempre por la misma verdad interpretativa. Conservaba esa forma de presencia que aparenta sencillez y encierra la mayor dificultad del oficio: habitar al personaje con naturalidad.
Recuerdo una entrevista concedida cuando ya había superado los ochenta años. El periodista le preguntó por su secreto. Duvall se acomodó el sombrero, dirigió la mirada hacia un punto lejano y respondió: “No tengo secreto. Solo me presento”. Hizo una pausa y añadió: “Y escucho. La gente no escucha. Los actores jóvenes quieren ser vistos. Lo importante es escuchar: al compañero de escena, al personaje, a la vida”.
Escuchar definía su método. Prestaba atención a Kilgore, a Hagen, al predicador, al cantante de country. Al abrir ese espacio de escucha, permitía que el público también pudiera oírlos.
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Vi Apocalipsis Now por primera vez en video casete, en una etapa incierta de mi vida, cuando tenía poco más de veinte años. La imagen aparecía granulada y el sonido se deformaba en las escenas de combate. La cinta giraba en la videocasetera mientras afuera el mundo avanzaba con su propia confusión. Sentado en esa sala, en México, sentí que la película me atravesaba. Lo que permaneció fue su figura: Kilgore, Duvall, ese hombre que surfeaba en el infierno mientras yo intentaba entender el mío.
Ahora que ha muerto —su esposa Luciana confirmó ayer que partió en paz, en su casa de Virginia, acompañado por su familia— surge una pregunta inevitable: ¿qué deja un actor? Permanece en la memoria a través de momentos, instantes en los que la pantalla adquiere la densidad de la experiencia y la ficción respira como vida.
Duvall me regaló muchos de esos instantes. Uno regresa con frecuencia, como una melodía persistente. No corresponde a la escena del napalm. Es un detalle casi mínimo.
En Apocalipsis Now, tras el ataque y el estruendo de Wagner, Kilgore permanece en la playa. Las tablas de surf descansan junto a sus hombres. El humo continúa elevándose desde la selva. Con una calma inquietante, dice: “Alguien tendría que ponerle una bala en la cabeza a ese tipo”. Se refiere al líder del Vietcong que los hostiga. La frase cae con la ligereza de un comentario trivial. Luego se da la vuelta y se aleja.
Ese momento concentra su talento. La naturalidad con la que pronuncia lo atroz vuelve la escena perturbadora. La presencia de Duvall sostiene la gravedad sin necesidad de énfasis. Habita a un hombre para quien la muerte forma parte del entorno.
Así actuaba Duvall: transmitía el horror con serenidad y dejaba que el silencio completara el impacto.
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Se fue ayer, aunque su presencia permanece. Vive en cada nueva proyección de Apocalypse Now, en cada maratón de El Padrino, en cada descubrimiento tardío de The Apostle. Persiste en quienes repiten su célebre frase sin advertir que su fuerza no reside en las palabras, sino en la convicción con que fueron pronunciadas. Permanece también en los actores jóvenes que algún día se acercarán a sus películas y comprenderán que este oficio se sostiene en la verdad.
Sobre todo, permanece en una imagen: el helicóptero, la playa, el humo y su figura. Las gafas oscuras, la gorra ajustada, la sonrisa serena. Un hombre que asumió su lugar en medio del caos y logró que, durante un instante, el infierno pareciera habitable bajo la fuerza de una convicción absoluta.
Gracias, Robert. Por el olor. Por la mañana. Por todo.

