Donald Trump parece gobernar desde una realidad donde el mapa, las instituciones y hasta el dinero pueden convertirse en extensiones de su personalidad. Primero fue el Golfo de México, rebautizado por su gobierno como “Golfo de América”. Después apareció la propuesta de llamar “estrecho de Trump” al estrecho de Ormuz. Ahora su rostro aparece en monedas de un dólar. A este ritmo, algún asesor debería esconderle el globo terráqueo antes de que descubra territorios todavía disponibles.
La moneda es una verdadera monada. Fue emitida para celebrar los 250 años de Estados Unidos y, naturalmente, lleva el rostro de Donald Trump. ¿El precio? Un rollito de 25 dólares cuesta 61. Porque una cosa es tener dólares y otra, muchísimo más distinguida, tener dólares con Donald. Casi parece artículo de boutique presidencial. El mensaje resulta maravilloso: si Trump aparece en la moneda, la moneda automáticamente vale más. Hasta el ego, cuando sabe venderse, puede generar plusvalía.
La historia conoce muy bien esa debilidad de los poderosos por encontrarse hasta en la sopa. Julio César rompió una tradición republicana cuando permitió que su rostro apareciera en las monedas mientras todavía estaba vivo. No era precisamente modestia numismática. La moneda pasaba de mano en mano y, con ella, viajaba César. Después Augusto entendió perfectamente el negocio y convirtió aquellas pequeñas piezas metálicas en propaganda de bolsillo. No había televisión, pero tampoco hacía tanta falta.
Trump no es César, por supuesto, aunque seguramente no le desagradaría la comparación. César tenía monedas con su rostro y Trump dispone de monedas, televisión, redes sociales y millones de teléfonos reproduciendo diariamente su imagen. El romano necesitaba conquistar territorios para extender su nombre. Al estadounidense parece bastarle con cambiar el letrero. Muchísimo más práctico y, sobre todo, menos cansado.
Alejandro Magno tampoco padecía precisamente problemas de autoestima, porque su nombre quedó repartido por medio mundo y Alejandría, en Egipto, continúa siendo el ejemplo más célebre. La pequeña diferencia es que Alejandro cruzaba continentes acompañado por ejércitos. Trump puede conquistar la cartografía cómodamente instalado en Washington, comiéndose un hot dog. Una publicación, un mapa nuevo y listo. Imperialismo con marcador permanente y aire acondicionado.
Los monarcas europeos tampoco fueron unos tímidos. Luis XIV convirtió Versalles en un gigantesco escenario diseñado para recordar, desde el desayuno hasta la hora de dormir, quién era el personaje principal. Y como llamarse simplemente Luis parecía insuficiente, terminó convertido en el Rey Sol. Muy discreto todo. Nada menos que el astro alrededor del cual debía girar Francia.
Trump parece comprender perfectamente aquella necesidad de permanecer siempre en el centro de la fotografía. Antes de volver a la Casa Blanca ya tenía torres, hoteles, campos de golf y productos llevando orgullosamente su apellido. Ahora esa antigua costumbre empresarial parece haberse mudado con él a Washington. Donde cualquier presidente observaría un edificio, un mapa o una institución, Donald probablemente alcanza a distinguir un enorme espacio vacío preguntándose por qué todavía no dice TRUMP. Al rato veremos papel higiénico con su rostro.
Lo del estrecho de Ormuz ya pertenece a una categoría superior. Estamos hablando de uno de los corredores marítimos más estratégicos del planeta y el presidente propuso llamarlo “estrecho de Trump”, otra tontería de esas increíbles. Después explicó, divertido, que solamente había sido una ocurrencia. Qué alivio. El pequeño inconveniente es que algunas ocurrencias de Trump tienen la costumbre de levantarse una mañana convertidas en decisiones oficiales. Con él, la broma puede aparecer el lunes y el mapa corregido estar listo para el viernes.
Napoleón también sabía perfectamente que gobernar era insuficiente cuando uno podía además convertirse en símbolo. Recordemos que se coronó emperador, llenó Francia de monumentos y convirtió sus victorias en parte de una gigantesca narración sobre sí mismo. Trump vive en otra época y dentro de instituciones republicanas distintas, aunque comparte esa fascinación tan humana entre ciertos gobernantes por entrar a la historia procurando, de paso, que nadie olvide quién ocupa la portada.
Y ahí aparece la deliciosa contradicción histórica estadounidense, ya que Estados Unidos nació rebelándose contra una monarquía y desarrolló una profunda desconfianza hacia los símbolos del poder personal. Dos siglos y medio después celebra su aniversario colocando al presidente vivo en una moneda. Los padres fundadores probablemente necesitarían sentarse un momento.
César tuvo sus denarios, Luis XIV su Versalles, Napoleón sus monumentos y Alejandro sus ciudades. Trump quiere monedas, edificios, golfos y hasta estrechos. Todos buscaron alguna versión de la eternidad. Donald simplemente parece haber descubierto que también puede administrarse como una franquicia.

