El episodio vuelve a desnudar una práctica ya conocida de la política exterior estadounidense, decir una cosa en la mesa diplomática y otra muy distinta en el escaparate de las redes sociales. Tras un comunicado conjunto cuidadosamente redactado y con lenguaje de cooperación, Washington decidió añadir jiribilla con un mensaje unilateral del Departamento de Estado que endurece el tono y busca marcar jerarquías. No es un matiz menor, es una señal política.
Estados Unidos habla de “resultados concretos y verificables” y descalifica el “avance gradual” como si la complejidad de la seguridad fronteriza pudiera resolverse a golpe de ultimátum. El mensaje no parece dirigido a México, sino a su propia audiencia interna, siempre ávida de gestos de fuerza, frases duras y enemigos externos a los que culpar de problemas que, en buena medida, se gestan dentro de su propio territorio.
El fentanilo no se produce en el vacío ni se consume en la frontera sur; es una crisis estadounidense que se exporta retóricamente hacia el sur.
Este doble discurso no es nuevo. Lo practicó Donald Trump con estridencia y amenazas abiertas, y hoy lo replica Marco Rubio con un tono institucional pero igual de condescendiente. Cambian las formas, no el fondo. Estados Unidos insiste en colocarse como el adulto responsable en la sala, cuando en realidad actúa como ese niño malcriado que presume músculo económico y poder militar para intimidar, azorrillar y recordarle al resto quién manda.
Lo preocupante no es solo el mensaje, sino la intención. Al contrastar un comunicado conjunto con una advertencia unilateral, Washington dinamita la confianza y vacía de contenido la noción de cooperación. ¿De qué sirve acordar textos comunes si, horas después, uno de los firmantes decide reinterpretarlos públicamente para exhibir mano dura? La diplomacia se convierte entonces en teatro, y la cooperación en utilería.
Estados Unidos exige resultados “verificables”, pero evade su propia responsabilidad verificable en el tráfico de armas que alimenta la violencia en México, en la laxitud de su sistema financiero para lavar dinero y en la incapacidad de atender su crisis de adicciones. Exige rapidez, pero ignora décadas de políticas fallidas que contribuyeron al problema que hoy pretende resolver con presión mediática.
Este episodio confirma una lección incómoda pero necesaria. No se puede confiar plenamente en Estados Unidos cuando la narrativa pública se impone sobre los acuerdos formales. Hoy es el fentanilo, mañana será la migración, el comercio o la energía. Mientras Washington use la cooperación como discurso y la intimidación como práctica, cualquier “futuro más brillante” será solo un eslogan para consumo interno.

