Lizandro Valentín García Alvarado camina la Universidad Autónoma de Ciudad Juárez como quien vuelve siempre al origen. Lleva 30 años en la institución. Llegó cuando tenía 10 años, como el primer alumno de violín en los programas de Bellas Artes, y hoy es el director general de las Orquestas Universitarias de la UACJ. Su historia es también la historia del crecimiento musical de la ciudad.
El programa al que ingresó siendo niño se transformó con los años: primero fue taller de cuerdas, luego Ensamble de Cuerdas de la Universidad, después Orquesta de Cámara Universitaria, Orquesta Sinfónica Juvenil y, finalmente, un proyecto integral que hoy articula formación infantil, juvenil y profesional. García fue el primer alumno registrado en la Licenciatura en Música y egresó de su primera generación.
Durante ocho años ha estado al frente de la Orquesta Sinfónica Juvenil, agrupación que le tocó fundar. Primero fue concertino y más tarde regresó como director. Hoy, además, encabeza el relanzamiento de la orquesta profesional universitaria.
—“Ahora he retomado este proyecto de la orquesta profesional que estuvo en pausa durante la administración pasada durante seis años. Lo retomamos ahora en la actual administración como parte del Proyecto Integral de Orquestas Universitarias, que incluye los esfuerzos de la universidad en proyectos infantojuveniles, el proyecto de la Orquesta Juvenil y la Orquesta Profesional”.
Desde el año pasado, García tuvo la oportunidad de arrancar la temporada 2025 de la orquesta profesional. Para él, el proceso ha sido profundamente emocional.
“Mi experiencia, desde el año pasado, tuvimos la oportunidad de hacer la temporada de arranque en 2025 con la orquesta profesional y eso me ha dado muchas alegrías. Estoy muy contento. La verdad es que los que decidimos quedarnos en esta ciudad, o que decidimos amar para siempre este pedazo de tierra, este desierto, muchas veces nos toca emprender proyectos en los que hay que sembrar y quizá no nos alcance la vida para ver los frutos o la cosecha”, relata.

Habla de una transformación que no es abstracta, sino profundamente vivida. García observa cómo la realidad musical de la frontera se ha ido modificando al mismo tiempo que quienes la habitan han intervenido en ese cambio. Recuerda que su inquietud por aprender violín comenzó cuando tenía siete años, una obsesión temprana que sólo pudo materializarse cuando estaba por cumplir diez. En ese entonces, él y sus padres enfrentaron numerosas dificultades, sobre todo porque en la ciudad no había maestros disponibles para la enseñanza del instrumento.
Evoca que finalmente lograron encontrar a una maestra que viajaba cada quince días a la Academia Principal de Artes, una solución precaria que contrasta con el panorama actual, que —afirma— es completamente distinto. Explica que hoy cualquier niño que desee estudiar música puede hacerlo, no sólo en violín, sino en prácticamente cualquier instrumento orquestal. Menciona proyectos como el de la Fundación Tomza, donde niñas y niños de siete años aprenden oboe, fagot, clarinete, trompeta, trombón, tuba, percusiones orquestales, viola y cello, siempre que exista el interés y que las familias tengan la posibilidad de acercarlos a la universidad.
Tiene claro que todos esos esfuerzos forman parte de una sinergia musical fundamental y que deben estar necesariamente vinculados entre sí. Sostiene que una orquesta juvenil con alta actividad genera, de manera natural, la necesidad de crear una orquesta profesional, y subraya que eso fue precisamente lo que ocurrió.
Insiste en que nada de esto es aislado.
“Esto no se puede hacer si el programa de la Licenciatura en Música no está bien estructurado o consolidado, si el programa de Especialidad en Educación Musical no está bien consolidado, si los proyectos de formación infantojuvenil no están bien armados. Es un trabajo en el que hay que seguir apostándole”.
El amor por la ciudad y el impacto de una orquesta
Desde su trinchera, García está convencido de que el arte siempre confronta, y que la música tiene una capacidad única de afectar a las personas.
“Estoy enamorado de la música porque es un arte tan noble que a cada persona le da lo que necesita. Si necesitas música para reflexionar, ahí está; para el cotorreo, para estudiar, relajarte, fines espirituales y hasta cuando nos morimos”, agrega.
Asegura que la música acompaña todos los momentos de la vida y actúa en distintos niveles. Desde su perspectiva, la música, en todas sus expresiones, es valiosa porque mueve y afecta a las personas de todas las maneras posibles, tanto en el plano fisiológico como en el psicológico.
Señala también que la música funciona como una poderosa máquina de memoria. Explica que, al escuchar ciertas piezas, es posible recordar a qué sabía el platillo que cocinaba una abuela, a qué olía la cocina y a otros detalles sensoriales asociados a momentos del pasado, todo a partir de la música que se escuchaba en ese tiempo.
Para García, apostar por una orquesta profesional en una ciudad como Ciudad Juárez es una decisión de gran impacto social. Afirma que se está trabajando intensamente en ese proyecto, aunque reconoce que no basta con hacerlo realidad: también es necesario ofertarlo, así como encontrar estrategias para que la gente asista, se acerque y lo comprenda.
Parte del trabajo ha sido romper con la idea elitista del arte sinfónico.
“Es este asunto de que es de las élites, que tienes que vestir de cierta forma y no puedes aplaudir. Esos protocolos nos estorban un poco”, indica.
Para él, el arte sinfónico debería sentirse tan propio como cualquier otro género musical.

“Así como nos apropiamos del reguetón, el regional, el corrido tumbado, la música pop o el rock, el arte sinfónico debería ser igual, pero hay que conocerlo”.
La música y lo psicológico
Desde su experiencia trabajando con niños, adolescentes y adultos, García habla de los efectos de la disciplina artística.
“La capacidad o recurso de comunicación que tiene un niño que está en contacto con el arte es totalmente distinto a la de un niño que no está inmerso en el arte”.
y está convencido de que la música es un derecho humano.
“Estamos expuestos a ella desde que nacemos, siempre nos acompaña. Psicológicamente hay un cambio positivo”.
Reconoce también la complejidad de dedicarse profesionalmente a la música.
“Se necesita estar un poquillo loco para hacerlo, más en una sociedad como la nuestra. Las condiciones no están dadas en nuestro país para que se retribuya de la mejor manera a quien estudia música”.
Desde niño
García recuerda que su relación con la música no nació de una epifanía. Conforme ha avanzado en su recorrido musical, está cada vez más convencido de que no fue una elección consciente, sino una necesidad: simplemente necesitaba hacer eso.
Señala que en su familia no había músicos ni una tradición musical marcada y que, a diferencia de lo que hoy vive con sus hijos, crecer rodeado de música no formaba parte de su dinámica familiar. Explica que no hubo una experiencia reveladora ni una imagen simbólica que lo empujara a ese camino; no apareció una nube con forma de violín ni ocurrió nada parecido. Simplemente quería aprender a tocar violín y se aferró a ese deseo.

Aunque reconoce que conoce historias extraordinarias de personas que, en situaciones límite, fueron salvadas por la música, aclara que ese no fue su caso.
A sus 40 años se define como obsesivo con aquello que le interesa.
“Si algo me llama la atención, le entro con todo: leo, lo busco, lo comprendo y lo experimento”.
Dice que la música nunca se termina de aprender.
“Si avanzas estudiando música, accedes a otra música, a otros músicos, y te das cuenta de que necesitas estudiar más. Es un círculo que nunca termina”.
La compara con un videojuego en el que el nivel siempre cambia y no puedes dejar de jugar.
La familia y la música
A diferencia de otros casos, su familia no se opuso frontalmente a que estudiara música, aunque sí hubo cuestionamientos. García recuerda que no le dijeron que se iba a morir de hambre, pero sí fueron confrontativos en el sentido de preguntarle si estaba realmente seguro de que ese era el camino que quería seguir.
Relata que, durante la preparatoria, el Tecnológico de Monterrey le ofreció una beca para estudiar Ingeniería Industrial, precisamente por tocar el violín en los conciertos que se organizaban en esa institución. El acuerdo familiar fue que estudiara primero ingeniería y, posteriormente, música.
Sin embargo, durante su primer año y medio en la carrera de Ingeniería Industrial, se creó la Licenciatura en Música en la Universidad Autónoma de Ciudad Juárez. García señala que estaba totalmente vinculado con ese proyecto.
Decidió entonces estudiar ambas carreras al mismo tiempo. Terminó Ingeniería Industrial en diciembre de 2008 y la Licenciatura en Música en mayo de 2010.
—¿Y has ejercido la ingeniería?
“Siempre me preguntan eso. Me gusta pensar que como músico soy muy buen ingeniero y como ingeniero soy muy buen músico. Sí ejerzo como ingeniero”.
Dice que la formación le ayuda especialmente en la dirección y gestión de proyectos.
“Tener estructura para aterrizar ideas, armar pasos, estrategias, administrar recursos. Me gusta esa parte también”.
El crecimiento de la música en la universidad
García está convencido de que la UACJ es la institución más emblemática de la ciudad.
“Aquí deberíamos contar con lo mejor de todo” y recuerda que cuando él quiso estudiar violín, la única opción para avanzar profesionalmente era irse de la ciudad: “Me tocó ver partir a mucha gente muy valiosa”.
Hoy, 30 años después, la realidad es distinta: existe una Licenciatura en Música con más de una década de vida, egresados que han cursado posgrados —como él, que realizó una maestría en Dirección Orquestal en la Universidad Estatal de Nuevo México— y que regresaron a Ciudad Juárez para seguir construyendo.
—“No soy el único. Habemos varias personas que estamos regresando y aportando”.
Señala que muchos egresados trabajan en el sistema público de educación, en proyectos como Semilleros Creativos, Esperanza Azteca y el Centro Educativo Musical Tomza, todos atendidos por egresados del programa.
También destaca la especialidad en Educación Musical de la universidad, con seis generaciones formando futuros docentes.
—“La realidad musical es distinta a la de antes, pero tenemos todavía un montón de trabajo que hacer”.
Los pendientes
Uno de los datos que más le inquieta es que menos del cinco por ciento de la población dedica su tiempo libre a actividades culturales.
“Eso no me deja nada tranquilo”.
Se pregunta cómo consolidar proyectos culturales que resistan pandemias, cambios de administración y vaivenes políticos. También considera absurdo que Ciudad Juárez, siendo la ciudad más grande del estado y generando hasta el 70 por ciento de la producción cultural, reciba menos del 30 por ciento del presupuesto estatal para cultura.
“Eso sigue siendo un gran pendiente”.
¿Cómo subir ese porcentaje?
Desde el arte sinfónico, dice, la respuesta está en diversificar y acercar.
Habla de conciertos didácticos, del formato “Concierto para domis”, donde el público se sienta dentro de la orquesta y se explican los fundamentos de la música: por qué suenan los instrumentos, qué es el ritmo, la armonía, la melodía, qué es una sinfonía o una sonata.
“No podemos asumir que todo el mundo debería conocerlo. Tenemos que aportar a crecer esa realidad”.
La difusión
Finalmente, señala que la universidad ha avanzado en la documentación y difusión de estos proyectos.
“Todos estos conciertos de la Orquesta Juvenil se documentan y se transmiten en los medios de la universidad y algunos en televisión abierta, en el Canal 44. Todo se puede consultar en las redes sociales con el nombre de Arte y Cultura UACJ”.
Los conciertos del 7 y 8 de febrero
El regreso pleno del proyecto sinfónico, reactivado por la UACJ durante 2025, dejó una estela de funciones a lleno total y una respuesta entusiasta que confirmó el lugar de la orquesta en la vida cultural de la ciudad. Ese respaldo ciudadano es ahora el motor de una temporada que apuesta por la calidad musical y la cercanía con la comunidad.

Los conciertos inaugurales se celebrarán los días 7 y 8 de febrero en el teatro Gracia Pasquel del Centro Cultural Universitario. Esas dos noches, en cada función, resonarán con el lirismo francés de Georges Bizet y su suite L’Arlésienne; y se viajará hacia los paisajes sonoros del norte europeo con la suite Peer Gynt del noruego Edvard Grieg.

