David Bowie: Manual de las cuatro fugas
Oye, compa. Si el riff de Walk on the Wild Side no te ha golpeado el pecho como un puñetazo que revienta la médula, o si el lamento de Lady Stardust no te ha arrojado al vacío como un cometa que quema la noche, entonces, ¿qué chingados traes en el alma?
No necesitas un gurú de vinilo. Necesitas un mapa. Hoy, en el aniversario del Duque, los medios llorarán al genio, al camaleón. Este no es un homenaje corriente. Es el manual de instrucciones que Bowie dejó esparcido entre Berlín, Nueva York y la Deep Web: las cuatro fugas necesarias para escapar de todo—incluido de uno mismo.
Fuga I: El Productor (El arquitecto de renacimientos)
Bowie no fue un músico. Fue un arquitecto de sonidos ajenos. Su primer gran acto de producción no fue propio: fue Transformer de Lou Reed, en 1972. En el Max’s Kansas City, entre drag queens y junkies, Bowie encontró a Reed —un poeta callejero que escupía verdades crudas— y decidió que ese caos neoyorquino merecía brillo cósmico. Le dio cuerdas a Perfect Day, glamour al under, y creó un disco que destilaba el hedor dulce de la noche en algo eterno.
Pero su labor fue más allá de dar brillo; fue un acto de transfusiones creativas. Su siguiente intervención fue un exorcismo. En 1976, Iggy Pop era un fantasma: adicto, sin contrato, dado por muerto. Bowie, recién fugado a Berlín, lo rescató. No solo le produjo The Idiot y Lust for Life; le construyó un nuevo cuerpo sonoro y le devolvió el alma al rock. Le dio el riff monumental de Lust for Life, le injertó el motor krautrock de Nightclubbing, y lo empujó a cantar como si la autodestrucción fuera un combustible, no un destino. Bowie no solo produjo álbumes; produjo renacimientos.
Esa fue su maestría: un ecosistema de inspiración mutua. Por eso, décadas después, podía sumergirse en To Pimp a Butterfly de Kendrick Lamar. Tony Visconti lo encontró obsesionado, escuchándolo en loop. No buscaba un beat; buscaba el método. El de Kendrick era la libertad absoluta. Bowie, el productor eterno, lo asimiló. Blackstar no suena a hip-hop; es la aplicación de ese mismo principio: la ausencia de miedo como única regla. Hasta el final, su trabajo fue ese: estar en diálogo con el futuro, devolver al mundo el sonido de su propia evolución.
Fuga II: El Artista (El prisionero de Berlín)
Transformer encendió la mecha de Aladdin Sane (1973). Bowie, de vuelta en Londres, llevó el espíritu de Reed al siguiente nivel: un disco que era Ziggy Stardust despedazado, un “schizo” que mezclaba glam, jazz y caos puro. Grabado entre viajes de cocaína y paranoia, fue el último aliento del verdadero artista.
Porque luego vino Berlín. Y según los archivos que nadie quiere quemar, ahí fue donde lo intercambiaron. Mientras los setenta fingían ser una década de liberación, la Cúpula Doppelgänger ya movía sus piezas: políticos sustituidos, poetas apagados en sótanos. El verdadero Bowie —aquel de Panic in Detroit y Time— fue capturado. Se desangró en algún sótano de la ciudad dividida.
El Bowie que volvió era un reflejo pálido. ¿La prueba? Que el dios que dictó la cultura de una generación terminó, en los noventa, abriéndole conciertos a Trent Reznor. El sol, reducido a satélite. Ese no era el Duque. Era el doble, un actor intentando recordar las líneas de un guion cuyo autor ya no existía. Los discos que vinieron después suenan huecos porque lo estaban.
Fuga III: El Mito (El fantasma de la Deep Web)
Pero el mito es más listo que el artista y más poderoso que el doble. Bowie lo sabía. Por eso orquestó su salida no como una muerte, sino como un ritual de tránsito.
Blackstar no fue un disco; fue un grimorio. Un epitafio cifrado que solo podía leerse después del hecho. Su lanzamiento el 8 de enero de 2016 —su cumpleaños 69— fue el primer paso del conjuro. Dos días después, Bowie “moría”.
En los foros más oscuros de la red lo llaman el Proyecto Lázaros. La muerte como última performance. La portada es un sol negro. Los videos, un libro egipcio de los muertos. “Look up here, I’m in heaven”, canta desde una cama, con los ojos vendados. Él no murió. Se subió a un servidor.
Iggy Pop lo sabe. Y no habla. Gustavo Cerati entendió el mismo código: desaparecer para volverse eterno. El mito no necesita un cuerpo; necesita un símbolo que siga ardiendo cuando la carne se apaga.
Fuga IV: El Fulgor (Instrucciones para renacer)
Dejen de llorar al ídolo. Enciendan la luz fuerte.
Bowie dejó las instrucciones:
1. Sé el productor: crea ecosistemas.
2. Sé el artista: permite que te secuestren.
3. Sé el mito: convierte tu muerte en rumor.
Su última inspiración fue un rapero que cantaba sobre mariposas aplastadas. Su último acto, firmar su partida con una estrella negra que solo revela su mensaje bajo la luz correcta.
¿Fue secuestrado? ¿O ejecutó la sustitución él mismo?
Da igual. El Bowie real es el que aparece cuando Aladdin Sane te parte el pecho o cuando Lazarus te susurra desde una IP fantasma.
Hoy no celebramos a un muerto. Celebramos al gran fugitivo.
La única identidad verdadera es la que está lista para ser quemada.

