Desde que la presidenta Claudia Sheinbaum puso sobre la mesa la necesidad de revisar cuánto tiempo pasan niñas, niños y adolescentes frente a las pantallas, el asunto dejó de ser aquella discusión doméstica de “suelta el teléfono y ven a comer”. En pocos meses se convirtió en una conversación nacional que llegó a escuelas, programas de análisis y foros especializados.
Ciudad Juárez tampoco ha permanecido al margen. La Universidad Autónoma de Ciudad Juárez (UACJ) ha organizado distintos espacios para hablar de salud mental, tecnología y nuevas formas de relacionarnos con las pantallas. Esta semana, la doctora María Elena Medina-Mora, integrante de El Colegio Nacional, abordó el asunto desde el desarrollo cerebral.
La especialista recordó que el cerebro adolescente continúa desarrollando mecanismos relacionados con el control de impulsos y la toma de decisiones hasta los 23 o incluso 25 años. Precisamente durante ese periodo, el celular puede permanecer durante buena parte del día en las manos de los jóvenes.
El asunto se complica porque el teléfono ya forma parte del sistema educativo. En preparatorias y planteles como los Colegios de Bachilleres es común que profesores organicen grupos de WhatsApp para comunicar tareas, compartir materiales o mantener informados a estudiantes y padres de familia. El celular ya es libreta, biblioteca, cámara, calculadora y mensajero. Nomás le falta pasar lista.
Por eso resulta demasiado sencillo reducir la discusión a prohibir o permitir. Hay que establecer cuándo puede utilizarse como herramienta educativa y cuándo debe guardarse. ¿Qué ocurre con una tarea enviada por WhatsApp si queremos limitar el teléfono? ¿Puede utilizarse para investigar durante una clase y apagarse después?
Son preguntas bastante terrenales que cualquier regulación deberá resolver. De poco serviría ordenar que los alumnos guarden el teléfono en la mochila si cinco minutos después el profesor les pide escanear un código QR para realizar una actividad.
Después aparecen los videojuegos, TikTok, Instagram, YouTube y ahora la inteligencia artificial. Medina-Mora advirtió que algunos jóvenes recurren incluso a la IA para hablar de problemas emocionales porque está disponible a cualquier hora y ofrece respuestas inmediatas. El teléfono dejó hace mucho de servir únicamente para llamar a la mamá y avisarle que uno llegó bien.
La discusión tendrá que involucrar a profesores, estudiantes, familias, especialistas, autoridades y empresas tecnológicas. El teléfono llegó para quedarse y además se metió hasta el salón de clases. Después de años enseñando a los jóvenes a utilizar tecnología para prácticamente todo, difícilmente resolveremos el problema diciéndoles simplemente que la guarden. Ahora toca aprender a ponerle límites.
El algoritmo sabe demasiado de los adolescentes y eso es peligroso
Y ya que andamos en el mundo digital, resulta que el 84 por ciento de los mexicanos ve que las redes sociales son un peligro, pero pocas familias están haciendo algo al respecto, pues sus hijos continúan hiperconectados a las nuevas redes sociales. Sabemos que existe el riesgo, hablamos de él y luego entregamos nuevamente el teléfono porque, para qué negarlo, también funciona como niñera electrónica.
La cifra proviene de una encuesta de Enkoll y retrata una contradicción interesante. La mayoría identifica amenazas para niñas, niños y adolescentes, desde el contacto con desconocidos y el ciberacoso hasta contenidos violentos, fraudes y material sexual. El peligro está perfectamente reconocido.
El problema creció junto con las propias plataformas. TikTok, Instagram, YouTube y otras redes dejaron de ser lugares donde los muchachos únicamente comparten fotografías o videos. Los algoritmos aprenden rápidamente qué les interesa, cuánto tiempo permanecen mirando algo y qué contenido puede mantenerlos otros veinte minutos deslizando el dedo.
Y ahí los adultos tienen una parte de la culpa. Piden a los adolescentes que suelten el celular mientras contestan WhatsApp durante la comida, revisan Facebook antes de dormir y despiertan preguntándole al teléfono qué ocurrió mientras dormían. Difícil vender las virtudes de la desconexión cuando el vendedor tampoco se desconecta.
De acuerdo con un informe de UNICEF citado en la información que acompaña la encuesta, un millón 556 mil 565 menores mexicanos de entre 12 y 17 años que utilizan internet sufrieron al menos alguna modalidad de abuso facilitado por la tecnología durante el año previo a la medición. Eso representa 12.31 por ciento.
También existe otro fenómeno que obliga a mirar las redes desde la seguridad pública, porque estudios han documentado que grupos criminales utilizan estas plataformas para acercarse y reclutar menores, particularmente mediante TikTok. El algoritmo puede comenzar mostrando música, videojuegos o automóviles y terminar colocando frente al adolescente contenidos mucho menos inocentes.

