En política hay dos universos paralelos. En uno viven los datos, las encuestas y las metodologías. En el otro habitan los aplausos propios, las tendencias de X, los videos de TikTok y ese amigo que jura que “todo mundo está con nosotros”.
La encuesta más reciente de Mitofsky, publicada ayer en El Economista, coloca a Morena con una ventaja amplia rumbo a la gubernatura y, dentro de ese escenario, Cruz Pérez Cuéllar aparece con 28.3 por ciento de las preferencias frente al 26.2 por ciento de Andrea Chávez. La diferencia adquiere relevancia cuando se suma a una cadena de estudios que, durante los últimas semanas, han mostrado una tendencia similar.
Dicen los que deicen saber, que el crecimiento de Cruz tampoco parece producto de la casualidad. Durante meses ha recorrido prácticamente todo el territorio estatal, ha encabezado asambleas, dialogado con militantes y fortalecido estructuras municipales. Ese trabajo de tierra suele reflejarse con mayor lentitud que una campaña digital, pero termina dejando huella cuando llega el momento de medir reconocimiento y preferencias.
Para desgracia de la senadora con licencia, Andrea Chávez, la estrategia ha sido dispararle al mensajero. El detalle es que los mensajeros llegan en bola: Mitofsky, CE Research y otras casas encuestadoras aparecen una tras otra cargando números que insisten en contar la misma historia. Debe ser agotador pelearse con las matemáticas.
Las campañas en redes sociales pueden fabricar la ilusión de una mayoría permanente. Los algoritmos muestran lo que cada usuario desea ver y convierten cualquier conversación en una cámara de eco. Hay quienes creen que los “me gusta” también cuentan votos, aunque el INE todavía no los acepta.
Las encuestas profesionales parten de muestras, metodología, trabajo de campo y análisis estadístico. Los datos no sustituyen a la elección y ofrecen una referencia mucho más confiable que los chismes políticos o las tendencias del momento.
En Morena todavía falta escribir el último capítulo. Lo curioso es que varios autores distintos parecen estar redactando la misma historia. A estas alturas, desacreditar cada encuesta empieza a parecer más un pasatiempo que una estrategia.
¿Brighite Granados irá al banquillo por presuntas transas?
Desde esta columna lo hemos señalado desde hace meses. La presidenta estatal de Morena, Brighite Granados, dejó de comportarse como dirigente de todo un partido para convertirse, en los hechos, en la coordinadora política de Andrea Chávez. Las formas quedaron de lado y el malestar entre fundadores y liderazgos del movimiento comenzó a crecer.
Ya no son solo las grabaciones que hay donde se le escucha que Chávez tendría todo el apoyo de la estructura, como si el partido fuera suyo. Dicen nuestras fuentes que existen pruebas de irregularidades serias. Ya le pusieron el ojo desde México y vienen tiempos difíciles para Granados.
Hoy ya no son pocos quienes sostienen que esa decisión podría terminar en un procedimiento interno. La dirigencia estatal no pertenece a una aspirante, sino a toda la militancia. Ese principio parece haberse extraviado en el camino.
La inconformidad dejó de limitarse a las fotografías, los discursos o las giras compartidas. El asunto escaló cuando surgieron señalamientos sobre el presunto uso de personal del Comité Ejecutivo Estatal para participar en brigadas de promoción de Andrea Chávez, como ocurrió en Nuevo Casas Grandes.
Y es que todo es tan obvio que parece que la dirigente guinda ser llamadas a cuentas. Si la dirigencia nacional ordenó expresamente que los comités estatales se mantuvieran al margen de la contienda interna, ¿quién autorizó que la estructura del partido trabajara para una sola aspirante? Esa respuesta tarde o temprano tendrá que llegar.
En redes sociales también comenzaron a circular versiones sobre un presunto desvío de recursos partidistas para favorecer esa promoción. Son acusaciones que deberán acreditarse, pero reflejan la creciente desconfianza dentro de Morena. Incluso entre la militancia ya se comenta que, tras frenarse hace algunos meses los abundantes recursos que llegaban desde la Ciudad de México para fortalecer a Andrea Chávez, algunos habrían decidido echar mano de la caja del partido.
Los apóstoles de la autoridad moral que defienden a Ruffo Appel
El Grupo IDEA parece operar como una franquicia continental de la autoridad moral. Se reúne, firma desplegados y reparte lecciones con una generosidad que ya quisieran los maestros de primaria. Lo único extraño es la biografía de varios de sus integrantes. La memoria, esa señora tan maleducada, insiste en recordar que algunos descubrieron las virtudes del Estado de derecho justo después de dejar el poder.
Imagínese usted, en ese grupo que supuestamente defiende las democracias en el continente, hay puro malandro, al menos los representantes de México, uno estuvo apoyando abiertamente a un cártel durante la Guerra contra el Narco, y otro hizo unos negociazos al amparo del poder, junto con su esposa y los hijos de ella. Nos referimos obviamente, a los expresidentes panistas Felipe Calderón y Vicente Fox.
El caso de Ernesto Ruffo Appel es un buen ejemplo. En lugar de esperar el desarrollo de un proceso judicial, algunos de sus aliados decidieron llevar la discusión a la arena internacional, presentando la investigación como una persecución política antes de que los tribunales concluyan su trabajo.
Morena respondió con un argumento sencillo. Nadie pierde sus derechos por estar sujeto a una investigación, pero tampoco obtiene un salvoconducto por haber ocupado un cargo público o por tener amigos influyentes dentro y fuera del país. La ley tendría poco sentido si sólo alcanzara a los desconocidos.
En el comunicado firmado por la presidenta nacional del partido, Ariadna Montiel, también recuerda algo que suele olvidarse con demasiada facilidad. Ruffo Appel ha contado con defensa, compareció ante una autoridad judicial, participó en una audiencia prolongada y dispone de los recursos legales para impugnar las decisiones que considere injustas. Ese no parece el retrato de un proceso sumario.
Algunos integrantes del Grupo IDEA cambian seguido de papel. Recordemos que durante años guardaron un prudente silencio frente a episodios de represión, espionaje político, fraudes electorales o violaciones a derechos humanos en distintos países. Ahora descubrieron una vocación casi sacerdotal para impartir clases de Estado de derecho. Son puros conservadores.
La discusión tampoco debería librarse en conferencias de prensa o cartas abiertas. Lo saben bien, pero saben que cuando la verdad no les asiste, así lo hacen. Si la Fiscalía no logra sostener sus acusaciones, serán los jueces quienes lo determinen. Si existen pruebas suficientes, también corresponderá a los tribunales resolverlo. Esa es, precisamente, la razón de ser de un sistema de justicia.
Convertir cualquier investigación contra un personaje conocido en persecución política termina siendo una fórmula peligrosa. Bajo esa lógica, bastaría con tener una trayectoria pública para reclamar inmunidad moral. La presunción de inocencia protege a las personas; no convierte a nadie en intocable.

