Los primeros recuerdos que conservo de un Mundial se remontan a 1986. Estudiaba en la primaria Abraham González, ubicada en Paseo Triunfo de la República y Plutarco Elías Calles. Una tarde, mi mamá llegó puntual por mi hermana y por mí, justo a la una, cuando sonó el timbre de salida. En aquellos años como ahora, el Mundial tenía la extraña capacidad de alterar la rutina de cualquier familia mexicana.
Era martes 3 de junio. Yo apenas comenzaba a entender el futbol y tenía once años, esa edad en la que el país cabe en una pelota y la patria se explica mejor con un grito de gol. Mi mamá llegó apurada porque estaba por iniciar el segundo tiempo entre México y Bélgica. Nos sentamos a comer en la mesa de la cocina, frente a una pequeña televisión que, para nosotros, era una ventana al país entero.
Aquella tarde anotaron Fernando Quirarte y el gran Hugo Sánchez. Mi mamá gritó los goles con una alegría que todavía puedo escuchar. Nunca olvidé esa escena. Vivíamos en el fraccionamiento Universidad y, como ocurre cada verano en la frontera, el calor parecía no terminar nunca. Mientras afuera el sol castigaba el pavimento, adentro la ilusión nacional se acomodaba en una pantalla de apenas unos centímetros.
Por las tardes salíamos al parque a jugar futbol. Durábamos horas autonarrando nuestras propias jugadas, como si fuéramos Ángel Fernández o Fernando Marcos. Las retas empezaban con el viejo ritual: los más grandes escogían a los jugadores y todos esperábamos no ser de los últimos en ser elegidos. Ahí también aprendimos que el futbol es una pequeña democracia donde casi siempre manda el que mejor juega.
De ese Mundial conservo muchas imágenes. Tres quedaron grabadas para siempre: la media chilena de Manuel Negrete, el gol imposible de Diego Armando Maradona —anotación que acaba de cumplir cuarenta años— y aquella eliminación frente a Alemania en Monterrey. Desde entonces, los penales dejaron de ser una simple regla del juego para convertirse en una amenaza nacional, ese trámite cruel donde el país entero aprende a contener la respiración.
Durante mucho tiempo les tuve miedo. Años después, cuando jugué en varios equipos juveniles, entre ellos las Cobras de San Lorenzo en la Liga Reforma, en los campos de tierra del Tecnológico de Juárez, seguía sintiendo ese nudo en el estómago cuando el árbitro señalaba el manchón penal.
A partir de 1986 el futbol dejó de ser un entretenimiento para convertirse en una parte de mi vida. Me tocó ver las liguillas de las Cobras de Ciudad Juárez, conocer a José Ángel Galván, “Guayú”, y disfrutar aquel inolvidable ascenso que comenzó aquí sin goles contra el León, luego el equipo fronterizo fue a Guanajuato para sacar un agónico empate 1-1, y todo terminó con la coronación en el Estadio Azteca. Para una ciudad fronteriza, esos triunfos también eran una forma de reconocerse y sentirse importante frente al resto del país.
Poco antes de 1990 llegó una de las primeras grandes decepciones. México fue castigado por el caso de los “cachirules” y se quedó fuera del Mundial de Italia. Mientras tanto, seguía viendo al Real Madrid de Hugo Sánchez. Sus goles de chilena, de volea y de tiro libre eran una clase magistral de imaginación. El gol que le hizo al Logroñés todavía lo recuerdo perfectamente; lo vi en la televisión de la recámara de mis papás, como si esas imágenes también hubieran decidido quedarse a vivir ahí.
Cada Mundial ha traído sus propias alegrías y tristezas. Me he desvelado para ver jugar a la Selección, he salido a celebrar a las calles, he gritado hasta quedarme sin voz y también he sentido esa decepción que sólo entiende quien deposita parte de sus esperanzas en once jugadores vestidos de verde. El futbol tiene esa extraña capacidad de convertir a millones de desconocidos en una sola multitud durante noventa minutos, como si el país entero cupiera en una sala, una banqueta, una cantina o una plaza pública, todos creyendo lo mismo aunque sea por un rato.
Este Mundial, sin embargo, se siente distinto. México juega en casa y esos nueve puntos, producto de tres victorias consecutivas en la primera fase, han vuelto a despertar una ilusión que parecía dormida. Hemos visto millones de mexicanos celebrando en las calles, abrazándose con desconocidos y creyendo, aunque sea por unos días, que esta vez la historia puede escribirse de otra manera.
Como casi todos los aficionados, también me he hecho la misma pregunta. ¿Qué pasaría si México fuera campeón del mundo? Tal vez al día siguiente seguirían existiendo los mismos problemas del país. El tráfico continuaría, el calor de Juárez sería el mismo y habría que volver al trabajo. Pero durante una noche, quizá la más larga y feliz de nuestra historia, millones de mexicanos tendríamos la certeza de que los sueños, de vez en cuando, también saben ponerse un uniforme verde.

