A poco más de diez días de solicitar licencia en el Ayuntamiento de Ciudad Juárez, Cruz Pérez Cuéllar parece decidido a no desperdiciar ni una sola hora. El alcalde juarense ha convertido desde hace meses casi todos los fines de semana en una gira permanente por el estado, recordando una regla de la política mexicana: los votos rara vez viven en las redes sociales; suelen encontrarse en las plazas, los salones y los recorridos de carretera.
La visita a Parral forma parte de una estrategia que incluyó entrevistas con periodistas y que se ha fortalecido en las últimas semanas. Al final, la lógica es sencilla: ocupar territorio político antes de que lleguen las encuestas. Y en esa tarea, Cruz prácticamente ya ha recorrido todo Chihuahua.
Pérez Cuéllar ha optado por recorrer municipios, reunirse con liderazgos y construir estructura, mientras sus equipos operativos tocan puerta cada vivienda en esa zona. En Parral, además, encontró una bandera que conecta con un viejo reclamo regional.
La autopista Chihuahua-Parral, o la modernización definitiva de la Vía Corta, sigue siendo una deuda histórica que ningún gobierno del PRI ni del PAN pudo concretar. Décadas de promesas, anuncios y proyectos ejecutivos terminaron convertidos en kilómetros de frustración.
Por eso no pasó desapercibido que el alcalde juarense cuestionara la ausencia de esa infraestructura. La crítica tiene carga política porque toca una herida abierta en el sur del estado. Resulta difícil explicar que una de las regiones más importantes de Chihuahua continúe esperando una obra que debió haberse construido hace muchos años.
Cuando Cruz habla de la autopista, en realidad habla de algo más grande que el asfalto. Habla de desarrollo económico, turismo, conectividad y de esa vieja especialidad de algunos gobiernos chihuahuenses: inaugurar promesas y posponer resultados.
En otras palabras, pone sobre la mesa uno de los contrastes más incómodos para quienes administraron (y siguen haciéndolo) el estado durante décadas y dejaron que la vía corta siguiera siendo, más que una carretera moderna, una metáfora de las largas distancias entre los discursos oficiales y la realidad.
Mientras tanto, el reloj sigue avanzando. El 22 de junio está a la vuelta de la esquina y el alcalde ya dejó claro que no tiene plan B. Si gana la coordinación estatal, se dedicará de tiempo completo a construir el proyecto rumbo al 2027. Si no, regresará a terminar su administración municipal. Una apuesta arriesgada, pero políticamente coherente.
Los sondeos más serios y las principales casas encuestadoras como Mitofsky, lo mantienen hasta este momento como el mejor perfilado para convertirse en el abanderado de Morena por la gubernatura en Chihuahua, en 2027.
El nombramiento de Raúl Luna como coordinador de su equipo en Parral y de Jael Tarín en municipios de la región sur confirma que el proyecto sigue armando estructura a velocidad de máxima.
Daniela Álvarez y la política de la bajeza
En medio de la confrontación política con Morena, la dirigente estatal del PAN, Daniela Álvarez, decidió abandonar el terreno siempre resbaladizo de las ideas para internarse en uno mucho más delicado. No le bastó cuestionar a una adversaria, debatir posiciones o intercambiar acusaciones, ejercicios ya rutinarios de la fauna partidista.
Optó por llevar la disputa al embarazo de la senadora con licencia Andrea Chávez y deslizar una referencia sobre la salud de un bebé que ni siquiera ha nacido. Sabemos que la política chihuahuense está acostumbrada a los excesos verbales, a la estridencia y a las declaraciones impulsivas.
Pero una cosa es la crítica política y otra muy distinta utilizar la posibilidad de una complicación en un embarazo como recurso retórico para intentar golpear a una adversaria. Ahí ya no estamos hablando de estrategia. Estamos hablando de sensibilidad, criterio y sentido común.
Lo preocupante es que no parece haber sido una declaración producto de la reflexión, sino de la calentura política. Y cuando la calentura sustituye a las neuronas, el resultado suele ser exactamente éste: comentarios desafortunados, innecesarios y profundamente irresponsables.
Más allá de simpatías partidistas, cualquier persona con un mínimo de prudencia entiende que hay temas que simplemente no deberían convertirse en munición política. La salud de una mujer embarazada y la de su futuro hijo pertenecen a esa categoría. No se necesita ser experto en comunicación política para comprender algo tan elemental.
Lo grave para Daniela Álvarez es que terminó enviando un mensaje que va mucho más allá de la disputa con Morena. Mostró una forma de hacer política basada en la descalificación personal y en la incapacidad de medir las consecuencias de sus propias palabras. Cuando quien incurre en eso es la presidenta estatal de un partido político, el problema deja de ser anecdótico.
A veces la derecha comete el error de creer que cualquier frase que genere ruido es una buena frase. No es así. Existen declaraciones que fortalecen corrientes políticas y existen otras que revelan una alarmante falta de juicio. Esta, desde luego, pertenece claramente al segundo grupo.
Si Daniela Álvarez aspiraba a demostrar firmeza, terminó demostrando imprudencia. Y si buscaba exhibir a sus adversarios, terminó exhibiéndose a sí misma.
El alcalde Cruz Pérez Cuéllar, con quien lucha por la candidatura de Morena, le entró al tema: “Toda mi solidaridad, respaldo y apoyo para mi compañera Andrea Chávez por los terribles y lamentables comentarios expresados por la cúpula panista. Su desesperación se ve reflejada en su nivel de violencia y bajeza contra una futura madre. Ya se van, supérenlo”.

