La derecha mexicana parece haber descubierto una nueva vocación. Si las urnas no cooperan y los votos no alcanzan, siempre queda el espectáculo. En este momento político de nuestro país, para el prianismo la realidad ha pasado a segundo plano y lo importante, por ahora, es mantener la función en marcha, aunque el libreto esté hecho de rumores, exageraciones y escándalos reciclados.
Hoy una parte de la oposición apuesta por convertir la sospecha en argumento, el rumor en noticia y la repetición en prueba. No buscan necesariamente convencer; les basta con sembrar la duda, desgastar, debilitar. Después de todo, en la época de las redes sociales, una mentira bien maquillada suele viajar más rápido que una verdad que todavía está buscando quién la escuche.
Ricardo Salinas Pliego se ha convertido en uno de los principales protagonistas de esa ofensiva. Resulta curioso verlo asumir el papel de opositor antisistema cuando buena parte de su crecimiento empresarial ocurrió precisamente durante los gobiernos del viejo régimen. Hay ironías que la política regala sin necesidad de inventarlas.
Aunque la televisión ya no posee el monopolio de la realidad que tuvo durante décadas, subestimarla sería un acto de ingenuidad. Menos espectadores no significan menos influencia. Todavía hay millones de personas que reciben de la pantalla una parte de sus certezas cotidianas.
En Chihuahua ocurre algo parecido. El PAN atraviesa una de esas paradojas que tanto abundan en la política mexicana. Quiere competir como un partido de masas sin tener masas, quiere marcar agenda sin dominar la conversación y quiere crecer territorialmente sin pisar demasiado el territorio.
Ante esa realidad, algunos de sus dirigentes parecen haber llegado a la conclusión de que una buena polémica puede sustituir a un comité seccional. La experiencia demuestra que no suele funcionar, pero la esperanza es lo último que abandona a los partidos en problemas.
Por eso temas como el de las visas se convierten en herramientas políticas. El objetivo no siempre es demostrar algo; a veces basta con sembrar dudas. La estrategia es vieja: lanzar una versión, repetirla y esperar que alguien la dé por cierta.
Sorprende lo mismo de dónde obtiene información la presidenta estatal del panismo, sobre quien pesa la sospecha que recibe información de agencias estadounidenses, que la paciencia de Morena. Responde con demsiada moderación incluso ante ataques e insultos constantes. La tolerancia democrática es una virtud, pero también existe el riesgo de que el silencio sea interpretado como debilidad.
Morena debería reaccionar con más rapidez y contundencia. No con censura ni persecuciones, sino con información, organización y comunicación política. Dicen los que dicen saber, que las elecciones no sólo se ganan gobernando. También se ganan evitando que las mentiras terminen ocupando el espacio que debería llenar la verdad.
La rebelión del último dinosaurio
Coahuila volvió a recordarle al país que no todos los estados siguen la misma lógica política nacional. Mientras Morena domina buena parte del territorio mexicano y el PAN se mantiene como la segunda fuerza electoral del país, en la tierra de los Moreira y de Manolo Jiménez el PRI demostró que sigue siendo la maquinaria más sólida y eficiente. Ganar las 16 diputaciones de mayoría relativa fue una demostración de fuerza. No hay cómo negarlo.
El resultado deja una primera conclusión: el PRI sigue siendo el partido hegemónico de Coahuila. Puede gustar o no, pero los números son contundentes. En el único estado del país donde nunca ha existido alternancia en la gubernatura, el tricolor conserva una estructura territorial, una disciplina política y una capacidad de movilización que ningún adversario ha logrado desmontar.
La segunda lección es para Morena. Los guindas no pueden seguir creyendo que la popularidad nacional de la Cuarta Transformación será suficiente para conquistar cualquier territorio. Coahuila tiene dinámicas propias, liderazgos locales arraigados y una cultura política distinta. La derrota obliga a revisar estrategias, cuadros y formas de hacer política si realmente quieren competir en serio en 2027.
Tampoco ayuda la falta de claridad interna. La salida de Andrés Manuel López Beltrán de la coordinación electoral semanas antes de la elección evidenció problemas de organización. Morena llegó a la contienda sin una narrativa local suficientemente fuerte y terminó enfrentándose a una estructura priista que conoce cada rincón del estado y que opera con precisión electoral.
El tercer mensaje es para el PAN. Aunque a nivel nacional aparece como la segunda fuerza política, en Coahuila su situación es cada vez más complicada. El partido blanquiazul parece haber perdido capacidad de crecimiento y se encuentra muy lejos de representar una alternativa real frente al PRI. El reconocimiento de sus propios dirigentes sobre la necesidad de reconstruirse es una admisión de una realidad inocultable.
Pero la elección también ofrece una advertencia para Morena en los estados donde hoy gobierna. El PRI demostró que, cuando conserva estructuras territoriales fuertes y una narrativa local efectiva, todavía puede competir y ganar. Subestimar a los viejos aparatos políticos sería un error estratégico que podría costar caro en futuras elecciones.
Por eso los resultados de Coahuila merecen una lectura más profunda. Morena deberá analizar no sólo sus errores locales, sino también la forma en que enfrentará la reorganización de una oposición que busca reagruparse. Habrá que observar si las alianzas del prianismo con sectores de la derecha internacional, incluidos simpatizantes de Javier Milei o figuras como Isabel Natividad Díaz Ayuso logran convertirse en una herramienta electoral efectiva.

