La prisa llegó curiosamente cuando el reloj político comenzó a correr más rápido. Después de años en los que una Fiscalía verdaderamente autónoma no pareció quitarle el sueño al PAN, ahora resulta indispensable sacar adelante la reforma antes de que termine la administración estatal. Qué repentino amor por la independencia institucional. Casi conmueve.
Cuauhtémoc Estrada, el coordinador de los guindas en el Congreso local, puso el dedo donde más duele. Morena sostiene que detrás de la urgencia existe el interés de nombrar a un fiscal que “cubra las espaldas” de quienes hoy gobiernan. La sospecha política es inevitable. Si durante años pudieron convivir tranquilamente con el modelo existente, ¿por qué justamente ahora descubrieron las virtudes de una Fiscalía autónoma?
Y aquí aparece otra paradoja bastante conveniente. César Jáuregui dejó la Fiscalía General hace más de dos meses y todavía no existe titular definitivo. Según Estrada, “no quieren” nombrarlo porque primero pretenden modificar el esquema. Parece que para algunos la autonomía tiene calendario electoral y comienza exactamente cuando existe la posibilidad de perder el gobierno.
¿Por qué no impulsaron esa independencia institucional durante estos años? El antecedente tampoco ayuda a despejar sospechas. La Fiscalía estuvo encabezada por Jáuregui, cuya gestión quedó además bajo cuestionamientos políticos por la cooperación de autoridades estatales con agencias estadounidenses. Si ahora quieren vender una Fiscalía químicamente pura de influencias gubernamentales, tendrán que explicar por qué esa preocupación apareció tan tarde, pero nadie les va a creer.
Hay además un elefante electoral sentado en la sala, como esos borrachos que la familia quiere esconder, pero toda la colonia lo conoce. Chihuahua sigue siendo uno de los principales bastiones del prianismo y en 2027 estará en juego la gubernatura. Morena apuesta por arrebatársela y va adelante en casi todas las encuestas. Nadie puede asegurar hoy quién ganará esa elección, pero precisamente por esa incertidumbre resulta legítimo preguntar si la urgencia legislativa busca construir una institución autónoma o dejar acomodadas algunas piezas antes de entregar eventualmente las llaves de Palacio.
Una Fiscalía autónoma sería deseable, pero autonomía significa precisamente que no sea del PAN, de Morena ni del gobernador que venga. Si la reforma necesita diálogo, parlamento abierto, universidades, abogados, víctimas y comunidades indígenas, como propone Estrada y como ya lo había propuesto Cruz Pérez Cuéllar hace unas semanas, hay que hacerlo.
La soberanía mexicana frente al poder de Washington
La advertencia de Claudia Sheinbaum llegó mientras Estados Unidos se acerca a sus elecciones legislativas de noviembre. Los elogios del director de la DEA, Terry Cole, hacia Omar García Harfuch plantearon desde hace unas semanas la pregunta sobre una eventual intención de influir rumbo a 2030. La Presidenta respondió que esas tácticas de injerencia no son nuevas.
La relación con Estados Unidos ha sido uno de los asuntos más complicados de sus casi dos años de gobierno de Sheinbaum. Aranceles, migración, seguridad y acusaciones contra funcionarios mexicanos han puesto a prueba una relación que México necesita mantener, pero bajo una condición elemental que ya todos conocemos hasta en la sopa: cooperación sin subordinación.
Siempre ha habido sectores estadounidenses que creen tener derecho a calificar funcionarios, presionar gobiernos o intervenir en la política latinoamericana. Washington puede defender sus intereses, pero México también. La frontera compartida obliga a dialogar, no a entregar las llaves de la casa.
Y ahí aparecen sectores del PRI y del PAN, siempre tan preocupados por la soberanía hasta que Washington puede ayudarles contra sus adversarios. Abrir la puerta a cualquier intervención extranjera porque no pueden derrotar políticamente al gobierno mexicano sería reprobable. Dicen los que dicen saber, que la democracia se disputa con votos, no buscando padrinos del otro lado del río.
México debe colaborar con Estados Unidos contra narcotráfico, tráfico de armas, lavado de dinero y delincuencia organizada. Pero colaborar significa compartir información y responsabilidades dentro de la ley, no permitir que agencias extranjeras dicten políticas nacionales o repartan bendiciones entre quienes consideran confiables.
La soberanía no es una frase para las ceremonias. Es decidir en México lo que corresponde a los mexicanos. Estados Unidos seguirá siendo nuestro principal vecino y la coordinación continuará siendo indispensable. Pero hay una línea que ningún gobierno debería permitir cruzar y ningún opositor debería invitar a cruzar por desesperación electoral.

