Gilberto Loya volvió a subirse al escenario político disfrazado de funcionario técnico. Durante su conferencia semanal, el secretario de Seguridad Pública estatal decidió nuevamente entrar al revoltijo narrativo que el Gobierno del Estado intenta construir alrededor de la presencia de agentes de la CIA en Chihuahua.
Luego de que la presidenta Claudia Sheinbaum ordenó hace dos semanas investigaciones institucionales y desde la Federación se ha insistido en revisar cuidadosamente el tema de la soberanía nacional, Loya salió prácticamente a decir que todos sabían, que todo estaba autorizado y que el asunto se politizó. En otras palabras: según él, el Gobierno federal estaría enterado desde el principio. O sea, indirectamente les está diciendo mentirosos a quienes desde la propia Federación han marcado distancia del tema.
La verdad es que Loya ya no actúa como secretario de Seguridad, lo hace como operador político permanente. Cada aparición pública parece más una precampaña adelantadísima que una rendición de cuentas sobre la violencia que vive el estado. Chihuahua sigue enfrentando homicidios, desplazamientos y crisis de seguridad, él anda ocupado construyendo narrativa y posicionamiento personal.
Y hay algo todavía más delicado, que es la absoluta ligereza con la que habla de soberanía. Porque permitir o justificar la presencia de agencias extranjeras en territorio mexicano no es un asunto menor. No se trata únicamente de coordinación operativa. Se trata de límites constitucionales, de atribuciones federales y de respeto a la autonomía del país. Pero Loya parece no entenderlo o simplemente no le interesa entenderlo.
A estas alturas resulta imposible ignorar también el enorme despliegue propagandístico que lo acompaña desde hace meses. Su imagen aparece tapizando distintas ciudades del estado en una campaña que nadie termina de explicar con claridad. Y la pregunta sigue flotando en el aire: ¿de dónde sale tanto dinero? Porque en un estado golpeado por la inseguridad y el abandono institucional, el secretario parece tener presupuesto ilimitado para promoción personal.
Juárez sigue esperando el transporte prometido
Han pasado meses de anuncios, reuniones, promesas y declaraciones sobre otra posible Ruta Troncal 4 del BRT para Ciudad Juárez, pero en las calles la realidad sigue siendo exactamente la misma: miles de personas continúan esperando camiones bajo el sol, caminando largas distancias o gastando más dinero porque el sistema de transporte sigue incompleto.
Se nota que hace falta más decisión política para entrarle de lleno a un proyecto que la ciudad necesita desde hace años. Mientras el Gobierno del Estado sigue “analizando” rutas, trazos y posibilidades, los juarenses siguen atrapados en un transporte público insuficiente, desgastado y desigual dependiendo de la zona donde vivan.
La futura Ruta 4 podría convertirse en una de las obras más importantes para el suroriente y sectores de crecimiento acelerado de la ciudad. Ahí viven miles de trabajadores, estudiantes y familias que diariamente pierden horas enteras entre trasbordos, esperas eternas y unidades saturadas. Pero hasta ahora todo permanece en el terreno de las intenciones.
Y la duda inevitable comienza a crecer: ¿por qué tanta tardanza? Porque si algo ha demostrado el BRT en Juárez es que cada nueva etapa implica caos vial, cierres, molestias y desgaste político. Las obras incomodan, generan enojo y obligan a enfrentar críticas durante meses. Tal vez ahí está el verdadero freno. Quizá simplemente no quieren aventarse el tiro político de una obra de largo alcance en una ciudad donde las campañas pesan más que la planeación urbana.
Mientras tanto, la ciudad sigue creciendo sin que el transporte avance al mismo ritmo. Y eso termina golpeando siempre a los mismos: a quienes dependen diariamente del camión para llegar al trabajo, a la escuela o regresar a casa.
Lo más grave es que el retraso no solo afecta la posible Ruta 4, porque también las famosas rutas alimentadoras permanecen prácticamente desaparecidas del debate público. Fueron prometidas como la pieza clave para conectar colonias alejadas con las troncales principales, pero en decenas de sectores simplemente nunca llegaron o funcionan de manera insuficiente.
Ahí está el verdadero cuello de botella del sistema. Sabemos que de poco sirve hablar de modernización si miles de usuarios todavía tienen que caminar kilómetros para alcanzar una estación o esperar unidades que pasan cada hora. El Juárez Bus sigue operando con enormes huecos que afectan sobre todo a las zonas más vulnerables de la ciudad.
Juárez necesita infraestructura, sí, pero también voluntad política. Porque mientras los proyectos siguen guardado entre escritorios y declaraciones, la ciudad continúa moviéndose a medias.
La movilidad incluyente sigue sin llegar
Y a propósito del inconcluso transporte público en Ciudad Juárez, que depende directamente del Gobierno del Estado, ayer volvió a quedar exhibido otro de los enormes vacíos del sistema: la falta de accesibilidad para personas con discapacidad.
Durante la sesión previa de Cabildo, el secretario del Ayuntamiento, Héctor Rafael Ortiz Orpinel, presentó los temas que serán discutidos esta semana y entre ellos apareció un exhorto dirigido al Estado para que garantice algo tan básico como el derecho a la movilidad de quienes utilizan silla de ruedas, muletas o andadores.
El simple hecho de que el Cabildo tenga que pedir sensibilidad evidencia el tamaño del problema, porque ya sabemos cómo se las gasta el Gobierno estatal que presume modernización, rutas troncales y proyectos futuros, pero para desgracia de Juárez, hay personas que ni siquiera pueden subir dignamente a un camión.
Las quejas son constantes. Unidades sin espacio suficiente, operadores que no esperan, estaciones poco adaptadas y usuarios obligados a depender de terceros para moverse por la ciudad. En otras palabras: un sistema de transporte que sigue dejando fuera a una parte importante de la población.
Y ahí está nuevamente el verdadero problema del Juárez Bus: se planeó pensando en la infraestructura, pero no necesariamente en las personas. Mucho menos en quienes enfrentan diariamente mayores dificultades para desplazarse.
Así que mientras el Estado sigue hablando de futuras rutas y expansiones, la movilidad incluyente continúa atorada en el mismo sitio que muchas unidades: a mitad del camino.

