Miles de personas se darán cita este sábado en la Plaza de la Mexicanidad, convocadas por “Los compas de Cruz”, una celebración política presentada bajo el discurso de la Transformación en todo Chihuahua.
Será una vitrina para medir fuerzas en la contienda interna de Morena, donde Pérez Cuéllar y Andrea Chávez, se disputan las Coordinación de los Comités de Defensa de la Cuarta Transformación, esa figura que, sin decirlo abiertamente, funciona como la antesala de una candidatura formal; lo que en otros partidos, sin rodeos, se llamaría precandidatura.
La intención es replicar, y, si es posible, superar lo ocurrido en la ciudad de Chihuahua el pasado 21 de marzo, cuando la “Red de Amigos de Cruz Pérez Cuéllar” reunió a más de siete mil personas en el Centro de Convenciones. En la frontera, la meta apunta a duplicar esa cifra, confiando, en el probado poder de convocatoria del alcalde juarense.

Esa tarde estará a prueba la capacidad real de movilización: un músculo político que no se mide en discursos, sino en cuerpos presentes, en plazas llenas y en la energía colectiva que se construye desde abajo… o, al menos, eso es lo que se busca proyectar.
La escena, además, tendrá una carga simbólica difícil de ignorar. Todo ocurrirá frente a la emblemática “X” de Ciudad Juárez, esa estructura monumental levantada en 2013 por el escultor Enrique Carbajal González, mejor conocido como Sebastián. Una “X” que, leída sin demasiada ingenuidad, también es una cruz: la misma palabra que nombra al alcalde de Juárez, proyectada en acero como telón de fondo de un acto donde política y símbolo parecen alinearse con precisión.
Y como en toda fiesta política que busca parecer espontánea, el ambiente será, dicen, completamente familiar: música, antojitos y la presentación de la banda norteña La Zenda. La cita es a las seis de la tarde, aunque en estos casos lo importante no es la puntualidad, sino la fotografía final.
Más allá de la música y los discursos, lo que estará en juego es la narrativa: demostrar que el movimiento que encabeza Cruz en el estado no solo existe, sino que tiene tamaño, forma y, sobre todo, capacidad de inclinar la balanza de una vez por todas en las internas de Morena.
Aplausos internacionales y rabietas prianistas
La aparición, por segundo año consecutivo, de Claudia Sheinbaum en la lista de las 100 personas más influyentes de Time trasciende lo ornamental y se convierte en una señal política que no se interpreta igual en todos los frentes y que, ayer, los prianistas asumieron como agravio.
Resulta importante que este reconocimiento llegue en medio de uno de los temas más delicados para cualquier gobierno, la seguridad. Durante años, el discurso opositor insistió en que México caminaba hacia el abismo sin retorno.
Sin embargo, la narrativa internacional empieza a contar otra historia. No una idílica, nadie sensato podría sostener eso, pero sí una donde el Estado mexicano muestra ya capacidad de respuesta, inteligencia operativa y, sobre todo, control político de las crisis.
El propio Ioan Grillo, especializado en crimen organizado, en su artículo en Time, lo deja entrever al destacar no sólo la popularidad de Sheinbaum, sino su manejo de las presiones externas. Sabe que gobernar México hoy implica también gobernar la mirada de Washington. Y ahí aparece la figura incómoda de Donald Trump, ese viejo conocido cuya retórica amenazante (aranceles, intervenciones, desplante, bla, bla…), ha sido un horrible lugar común.

Frente a ese vendaval, la presidenta no optó por la estridencia que tanto seduce a la política doméstica, sino por una diplomacia quirúrgica. En tiempos donde el grito sustituye al argumento, sostener la serenidad se vuelve una forma de poder. Y ese manejo fino de la relación bilateral, según la lectura internacional, evitó escenarios que habrían sido catastróficos para la soberanía nacional.
Aunque los prianistas hubieran preferido otro desenlace y, por cálculo político, apostaran al desastre nacional, la realidad terminó siendo distinta. De ahí que ayer se les viera enronchados y desbordados en las redes sociales, como loquitos, pues.
El golpe al crimen organizado terminó por colocar a México en el radar. La caída de Nemesio Oseguera Cervantes, líder del Cártel Jalisco Nueva Generación, representó un hito operativo y un mensaje político hacia dentro y hacia fuera. La reacción violenta fue brutal, como suele serlo el reacomodo del poder criminal, y al mismo tiempo evidenció que el Estado, cuando decide actuar, tiene con qué hacerlo.
Y aquí es donde la lectura internacional se separa de la doméstica. Afuera se pondera la capacidad de ejecutar un operativo de ese calibre y sostener el control en medio del caos. Adentro, en cambio, la oposición se aferra a los efectos inmediatos de la violencia para negar cualquier avance. Es una diferencia de enfoque: unos miran la tendencia, otros se quedan en la coyuntura.
Por eso no sorprende la irritación digital de los prianistas. La validación externa desmonta, pieza por pieza, el relato de fracaso absoluto que han querido instalar. Y si algo duele en política no es perder, sino perder la narrativa. La imagen de una presidenta reconocida globalmente, mientras ellos insisten en el desastre total, genera una disonancia difícil de sostener incluso para sus propias audiencias.
Chávez deja el Senado
La senadora Andrea Chávez decidió separarse del Senado en un movimiento que, nos dicen los que dicen saber, responde a la necesidad de reencauzar una precampaña que no ha logrado despegar como su equipo esperaba.
Sus números en la interna de Morena se habrían quedado estancados en la carrera parejera que sostiene con Cruz Pérez Cuéllar, obligándola a ajustar el ritmo y concentrarse de lleno en la disputa.
La licencia le libera agenda y le permite entrar de lleno a la operación política en territorio, donde realmente se están midiendo las fuerzas. En un proceso interno que exige presencia constante, estructura y narrativa, quedarse en el Senado, analizpo su equipo cercano, implicaba ceder espacio frente a un adversario que ha apostado precisamente por la movilización y el contacto directo.
El factor personal también jugó un papel importante en su decisión. Con siete meses de embarazo, la decisión también era inevitable en algún punto. Aun así, el desafío inmediato será otro: vienen meses complejos en los que tendrá que recorrer el estado, posicionarse y tratar de destrabar una contienda interna que hoy se mantiene cerrada.

