Si las teorías de conspiración dieran votos, el PAN ya tendría resuelta la elección de 2027. Daniela Álvarez ha convertido cada diferencia interna en una supuesta operación de Morena. El problema es que, mientras busca culpables afuera, las candidaturas se disputan desde adentro.
La dirigente estatal asegura que el partido guinda intenta sembrar división en el panismo. Suena conveniente. Después de todo, siempre resulta más sencillo responsabilizar al adversario que reconocer que las tensiones existen desde hace meses entre quienes aspiran a quedarse con las principales candidaturas.
Porque, si algo ha caracterizado al PAN en las últimas semanas, no ha sido precisamente la serenidad. Las diferencias han salido de los cafés políticos para instalarse en entrevistas, columnas, redes sociales y conversaciones de pasillo. No hace falta que nadie meta la cuchara cuando la olla ya está hirviendo sola.
Sin embargo, da la impresión de que Daniela Álvarez disfruta mantenerse en el centro de la conversación pública. Siempre aparece una nueva hipótesis, un nuevo enemigo o una nueva advertencia. La política también tiene algo de espectáculo y ella parece haber entendido que el reflector nunca sobra. Es como la tía panista que sufre de paranoia.
Mientras tanto, en la carrera por la candidatura de la capital del estado empiezan a moverse piezas que poco tienen que ver con Morena. En el propio panismo se comenta que existe interés por evitar que César Jáuregui termine convertido en el abanderado de la eventual alianza PRIAN. Esa resistencia, según las versiones que circulan en los círculos políticos, nace mucho más cerca de casa que de cualquier oficina morenista.
Jáuregui carga además con un escenario complicado. Su paso por la Fiscalía General del Estado lo colocó en el centro de temas de seguridad que hoy inevitablemente pesan sobre cualquier aspiración electoral. Pensar que su candidatura está resuelta o que solo depende de ataques externos parece una lectura demasiado optimista para un proceso que apenas comienza.
Por eso sorprende que la dirigente prefiera hablar de conspiraciones antes que de consensos. Los partidos se fortalecen cuando resuelven sus diferencias con política, no cuando convierten cada desencuentro en una novela de espionaje. A veces la explicación más sencilla suele ser la correcta: las disputas internas son consecuencia de intereses internos.
Al final, el mayor desafío del PAN no consiste en demostrar quién mueve los hilos desde enfrente, sino en convencer a los ciudadanos de que puede poner orden dentro de su propia casa. Dicen los que dicen saber, que ningún adversario divide tanto a un partido como la incapacidad de sus dirigentes para reconocer que los problemas empiezan, casi siempre, frente al espejo.
Cuando el presupuesto se fue por la ventana
Los gobiernos también tienen pasatiempos. Algunos coleccionan resultados; otros prefieren inaugurar maquetas, renders y megaproyectos. Mientras tanto, las dependencias aprenden el viejo deporte de sobrevivir con menos recursos y más discursos sobre la austeridad obligatoria. Chihuahua parece haberse inscrito, desde hace tiempo, en esta última competencia.
Ahora la gobernadora María Eugenia Campos anuncia ajustes, recortes y la salida de trabajadores porque, asegura, la Federación redujo las participaciones para castigar a los estados gobernados por la oposición. El argumento podrá servir para la disputa política, hay que preguntarle a la panista: ¿quién decidió en qué se gastaría primero el dinero de los chihuahuenses?
Ahora resulta que cuando el presupuesto parecía abundante, nunca faltaron recursos para proyectos monumentales. Ahí está la Torre Centinela, convertida en el emblema de una administración que apostó por una obra multimillonaria cuya utilidad sigue siendo motivo de debate. Las grandes inversiones siempre encontraron espacio; las necesidades cotidianas, al parecer, debían esperar.
Campos parece no entender o se hace la que no entiende, que administrar un gobierno no consiste solamente en conseguir recursos, sino en establecer prioridades. Cada contrato firmado, cada peso destinado a proyectos de relumbrón y cada decisión presupuestal representan una renuncia a otras posibilidades. Si hoy las secretarías enfrentan recortes y despidos, es inevitable preguntarse si el dinero estuvo realmente donde más se necesitaba o donde más convenía políticamente.
También queda la impresión de que, alrededor de estas grandes obras, siempre aparecen los mismos beneficiarios. Las constructoras cercanas al poder, los contratos que terminan en los círculos de confianza y los proyectos que crecen en costo mientras disminuye la capacidad financiera del gobierno alimentan una percepción difícil de ignorar. No basta con decir que no hay dinero cuando antes sí lo hubo para aquello que lucía mejor en las fotografías oficiales.
Los gobiernos también dejan memoria en sus presupuestos. Las obras permanecen inmóviles; los trabajadores se van, los programas desaparecen y las justificaciones se renuevan. Al final, las prioridades sobreviven a los discursos y terminan contando una historia muy distinta a la que pretendían inaugurar.

