Cruz Pérez Cuéllar empieza a acomodarse y a centrarse en un discurso que, todo indica, será la principal plataforma de su fuerza en los recorridos que realice de aquí a que Morena defina quién competirá por la gubernatura de Chihuahua.
Las campaña, dicen los que dicen saber, también tienen estaciones del año: primero la euforia, luego el acomodo y, finalmente, la repetición de aquello que mejor conecta con la memoria de los electores. Lo saben quienes han ganado elecciones.
Hasta ahora, el alcalde juarense con licencia, parece haber encontrado un hilo conductor. No es el de las promesas que caben en una lona de crucero ni el de las frases que duran un ciclo de noticias. Habla de experiencia, de resultados y de una palabra que suele ser menos espectacular, pero más rentable: gobierno.
No presume haber descubierto el agua tibia. Insiste en lo que hizo. En seguridad recuerda que Juárez dejó de aparecer entre las cinco ciudades más violentas del mundo. En educación -un asunto que en realidad no correspondía atender al Municipio- enumera las más de seiscientas escuelas intervenidas. Habla de inversión, aunque muchas veces el aplauso no correspondiera exclusivamente al municipio.
Hay otra idea que empieza a repetirse con mayor frecuencia, y es el conocimiento del territorio. Cruz insiste en que Chihuahua no puede administrarse con un solo molde. Que la Sierra no es la frontera, que la frontera no es la capital y que cada región lleva décadas esperando un plan que la mire como algo más que un punto en el mapa.
Quizá ahí esté el verdadero centro de gravedad de su narrativa, el de terminar con el viejo divorcio entre el Gobierno del Estado y el Gobierno de la República. Un pleito que comenzó en los tiempos de Javier Corral, se prolongó con María Eugenia Campos y que, según su diagnóstico, ha terminado costándole más a los ciudadanos que a los políticos que lo protagonizan.
Hay algo profundamente mexicano, casi igual que la ola que aparece en los juegos del Mundial, en esa costumbre de pelearse con quien tiene la llave del presupuesto y luego culparlo por la falta de agua en la casa. Mientras unos convierten la confrontación en identidad política, las obras esperan turno y las regiones siguen aprendiendo a sobrevivir con lo indispensable.
Durante los primeros cinco días de campaña interna, Cruz ha preferido caminar antes que encerrarse. Cruceros, reuniones vecinales, entrevistas con medios de la capital y parques donde la conversación ocurre sin templetes. No parece casual. Hay candidatos que buscan auditorios; otros prefieren banquetas porque ahí todavía sobreviven las preguntas incómodas.
Este fin de semana estuvo en la capital del estado y ayer cerró la semana en Ciudad Juárez. Pérez Cuéllar recorrió los parques Copey y Satevó, donde dialogó con decenas de familias sobre su proyecto rumbo a la Coordinación Estatal de la Defensa de la Cuarta Transformación y la Soberanía Nacional.
Acompañado por la diputada federal Mayte Vargas, escuchó las inquietudes de los vecinos y planteó una propuesta centrada en la justicia social, el desarrollo regional y el bienestar de las familias chihuahuenses.
Del otro lado, el fin de semana tuvo una imagen distinta. Mientras la senadora con licencia Andrea Chávez permanece en la etapa final de su embarazo, fue su padre José Luis Chávez Vigueras, quien encabezó algunas asambleas informativas acompañadas de la entrega de lentes. Las fotografías dejaron ver algunas sillas vacías.

Concluirá el Mundial el 19 de julio y el mismo 20 comenzará Morena con la organización del as encuestas. Pero las campañas internas siempre empiezan revelando algo más importante que un ganador: el relato con el que cada aspirante pretende convencer a los suyos. Cruz parece haber elegido el de los resultados, terminar con el divorcio entre el Estado y la Federación y el desarrollo regional
La pareja tóxica del prianismo quiere regresar
En lo oscurito, el Partido Acción Nacional y el Partido Revolucionario Institucional preparan un nuevo amorío en Chihuahua, con el fin de enfrentar a un poderoso Morena que no han podido alcanzar en las encuestas.
No lo dirán así, por supuesto. Le llamarán plataforma, foro regional, defensa de México, Chihuahua fregón o cualquier otro nombre de esos que suenan a carpeta ejecutiva recién impresa y a café frío de hotel.
Pero detrás del discurso se asoma la vieja fotografía: el PAN y el PRI mirándose otra vez como quienes juraron no volver y ya están revisando si todavía guardan la llave del departamento, una cerveza olvidada en el refrigerador y aquella caja de condones que nunca se atrevieron a tirar.
La corrupción del gobierno de María Eugenia Campos, el desgaste político y esa acusación de traición a la patria que todavía le pesa al panismo chihuahuense, obligan al PAN a aceptar el regreso del esposo golpeador: el PRI que le rompió los platos, le vació la despensa y luego prometió cambiar.
Es la pareja tóxica de la política chihuahuense. Se insultan en público, se niegan tres veces antes del canto del gallo electoral y, cuando llega Morena con ventaja, terminan abrazados en la cocina, diciendo que ahora sí será diferente.
Por separado, ya empezaron a simular independencia. El PAN anuncia sus “111 Soluciones para México”; el PRI convoca a sus “Defensores de México”. Dos nombres distintos para la misma nostalgia: volver al poder como sea.
En Juárez habrá foros panistas; el PRI hará los suyos en julio. Unos hablarán de seguridad, salud y economía familiar; otros de planes de gobierno y candidaturas. Todos criticarán a la 4T con calumnbiss y lo llamarán narco gobierno; dirán que escuchan al pueblo, aunque hace años dejaron de reconocer su voz.
Entre sus líderes ya se comenta el regreso de la “pareja ideal”: el PRIANismo que durante años negaron con la solemnidad de quien esconde una carta de amor en el libro de civismo. La historia, que siempre cobra intereses, los alcanzó. Aquellos que juraron ser distintos terminaron juntos en el mismo retrato. No por amor, sino por miedo. No por proyecto, sino porque solos no les alcanza.

