El capitán Marcos volvió a hacerlo al señalar que el capitalismo se sostiene sobre la destrucción, la guerra y el despojo. Sus palabras llegan en un tiempo marcado por bombardeos, desplazamientos humanos, ciudades pulverizadas y gobiernos que hablan de democracia mientras financian conflictos alrededor del planeta.
Lo que ocurre en Palestina, las amenazas permanentes sobre Irán, las sanciones económicas contra Cuba o la tensión constante sobre Venezuela forman parte de un mismo modelo geopolítico donde el poder económico decide quién vive, quién resiste y quién debe desaparecer del mapa.
Marcos tiene razón cuando coloca a Donald Trump y a Benjamin Netanyahu como expresiones de algo mucho más profundo. No se trata únicamente de dos personajes polémicos. Representan una lógica política y económica donde la vida humana queda subordinada al control territorial, al negocio militar y a los intereses corporativos.
Basta observar Gaza convertida en ruinas, hospitales destruidos y miles de civiles atrapados entre ataques permanentes para entender que la guerra moderna ya no busca solamente derrotar enemigos: busca reorganizar territorios completos bajo una nueva lógica de control.

El problema es que el llamado “capitalismo salvaje” dejó de ocultarse. Durante décadas vendieron la idea de progreso, libre mercado y modernidad mientras crecían la desigualdad, la explotación laboral y el deterioro ambiental. Aquí los vimos con el prianismo, antes los programas y apoyos del Gobierno no llegaban como ahora.
Hoy el resultado está frente a todos: ciudades convertidas en mercancía, recursos naturales privatizados y gobiernos sometidos a intereses financieros que no conocen fronteras ni principios éticos. En el mundo capitalista el ser humano dejó de ocupar el centro de las decisiones económicas. Lo importante es la rentabilidad.
Por eso resulta tan poderosa la idea zapatista del territorio. Marcos insiste en que la tierra no es únicamente propiedad o superficie para explotar. Habla del agua, los bosques, el aire, la lluvia y la vida comunitaria como parte de un mismo equilibrio.
Esa visión choca frontalmente contra un sistema económico que mira montañas, selvas y mares como recursos disponibles para extracción inmediata. El capitalismo actual necesita desmontar comunidades enteras porque la organización colectiva estorba al modelo de acumulación.
En México todavía es visible esto y Chihuahua es un ejemplo. Comunidades indígenas desplazadas por megaproyectos, defensores ambientales asesinados y regiones enteras entregadas a intereses mineros, turísticos o energéticos. El desarrollo prometido rara vez llega para quienes viven en esos territorios.
Lo que sí llega es militarización, despojo y fragmentación social. Marcos entiende algo que muchos gobiernos se niegan a aceptar: defender la tierra se convirtió en una forma de resistencia contra un modelo económico dispuesto a sacrificar cualquier cosa por mantener ganancias.
También tiene razón cuando habla de la destrucción como negocio. Las guerras contemporáneas generan contratos multimillonarios para industrias armamentistas, reconstrucciones privadas y nuevos mercados de control político. El dolor humano termina administrado desde oficinas corporativas y centros financieros que jamás pisan los territorios devastados. Detrás de cada conflicto existen intereses económicos enormes que rara vez aparecen en los discursos oficiales.
El capitalismo salvaje ha terminado por erosionar incluso la idea básica de bienestar colectivo. Millones de personas viven atrapadas entre salarios insuficientes, sistemas de salud colapsados y jornadas laborales que consumen la vida completa. Mientras tanto, la riqueza se concentra cada vez más en pequeños grupos empresariales capaces de influir en gobiernos, elecciones y conflictos internacionales. La lógica del mercado terminó invadiendo todas las dimensiones humanas: educación, salud, vivienda, alimentación y hasta las relaciones personales.
Así, el mensaje zapatista sigue teniendo vigencia, porque Marcos habla desde Chiapas, pero sus palabras conectan con una sensación global de agotamiento frente a un sistema que convirtió la vida en mercancía.
Cuando afirma que la lucha contra el capitalismo es la lucha por la vida, no está utilizando una metáfora exagerada. Está describiendo un mundo donde la rentabilidad vale más que los seres humanos, donde la guerra se vuelve estrategia económica y donde la tierra misma comienza a agotarse bajo el peso de un modelo incapaz de detenerse.
Ayuso y el espejo de la ultraderecha mexicana
La visita de Isabel Díaz Ayuso a México terminó retratando con precisión a la derecha mexicana que todavía busca referentes en la ultraderecha internacional. La presidenta madrileña llegó con discursos provocadores sobre la historia, ataques contra la izquierda y reivindicaciones coloniales disfrazadas de “batalla cultural”.
El nivel de incomodidad fue tal que incluso el grupo izquierdista Más Madrid envió una carta de disculpas a la presidenta Claudia Sheinbaum y al pueblo mexicano por el “ridículo perpetrado” durante la gira de Ayuso.
Pero en México sí tuvo quien la aplaudiera. Ahí estuvieron la gobernadora de Chihuahua, María Eugenia Campos Galván y el empresario Ricardo Salinas Pliego, dos personajes que representan un conservadurismo obsesionado con el poder económico, los privilegios y la confrontación ideológica. Ambos llevan tiempo moviéndose como posibles figuras rumbo al 2030 dentro del prianismo, intentando construir liderazgo desde la polarización y el respaldo de grupos empresariales.
El problema es que México ya dejó claro hacia dónde se mueve políticamente. La elección donde ganó Sheinbaum confirmó que el discurso conservador tiene límites muy marcados. La narrativa ultraderechista, el clasismo y las campañas mediáticas no lograron ampliar significativamente su base electoral.
Ayuso vino a México buscando reflectores y terminó exhibiendo que quienes realmente se sienten identificados con ella son los sectores más radicalizados del conservadurismo mexicano.

