Al PAN de Chihuahua solo le falta salir a defender a Genaro García Luna y decir que Estados Unidos ha cometido una injusticia con el jefe policiaco del odiado expresidente blanquiazul Felipe Calderón. A ese ritmo, cualquier día veremos conferencias para explicar que García Luna fue víctima de un malentendido internacional, que las pruebas eran “percepciones” y que el jurado de Nueva York sucumbió a la propaganda de la 4T. La imaginación política tiene límites; el cinismo, por lo visto, no.
Ahora resulta que Ernesto Ruffo Appel es un perseguido político, un angelito que solo trabaja por la vida y el bienestar de los mexicanos. Jamás por sus intereses. La diputada estatal Rocío González Alonso lo presentó casi como un mártir de la democracia, mientras Alfredo Chávez desempolvó el viejo libreto donde todo expediente contra un panista es persecución y todo señalamiento contra un morenista es sentencia definitiva. La justicia, según esa lógica, depende del color del chaleco.
El panismo, alejado de los ciudadanos y cada vez más cercano solo al llamado círculo rojo, parece haberse especializado en la disciplina olímpica de convertir cualquier investigación sobre los suyos en una conspiración. Si un compañero enfrenta un proceso, es guerra sucia. Si el señalado pertenece a Morena, entonces basta una filtración, un audio o un rumor para dictar condena desde la tribuna. La presunción de inocencia cambia de domicilio según la militancia del acusado.
Resulta curioso escuchar hablar de persecución política a quienes durante años defendieron instituciones cuando éstas apuntaban hacia otros. Hoy la Fiscalía es sospechosa, los jueces son parciales y cualquier carpeta de investigación huele a complot. La confianza en las instituciones parece durar exactamente hasta que tocan la puerta de un aliado.
Y mientras el panismo enumera personajes de Morena como si leyera el directorio telefónico del Apocalipsis, guarda un silencio casi religioso sobre el caso que más daño hizo a su credibilidad: Genaro García Luna. Ahí no hay conferencias airadas, ni listas, ni comparaciones con la guerra sucia. Ahí reina un prudente mutismo, como si la memoria también pudiera archivarse.
Quizá el problema no sea defender a Ruffo Appel, porque toda persona tiene derecho a la presunción de inocencia. El problema aparece cuando ese principio se convierte en privilegio exclusivo para los propios y en lujo inalcanzable para los adversarios. Así funciona el nuevo manual del PAN chihuahuense: la justicia es impecable… siempre y cuando no toque a los de casa.
La “perrita de Trump” otra vez contra los vulnerables
Ricardo Salinas Pliego postea en X y Facebook desde la comodidad de un yate. El mar suele ofrecer una perspectiva privilegiada, porque desde ahí los problemas de los demás parecen puntos perdidos en el horizonte. Quizá por eso le resulta tan sencillo bromear con el dolor ajeno. La distancia siempre ha sido una excelente consejera para quienes nunca tendrán que cruzar un desierto.
Mientras presume una vida rodeada de lujos, champagne y fotografías de postal, encontró oportuno sugerir que el ICE hiciera su trabajo contra mexicanos que simplemente esperaban saludar a la Presidenta en Nueva York. Es un verdadero payaso, alguien a quien le gusta expresarse dessde el desprecio.
Es increíble que quien durante años dedicó más energía a combatir al fisco que a reconocer sus obligaciones tributarias ahora pretenda impartir lecciones de civismo. El hombre que convirtió los impuestos en una batalla personal parece convencido de que la ley sólo debe aplicarse a los demás. Cuando finalmente lo alcanza, entonces descubre las virtudes de la indignación.
Hay una extraña facilidad para golpear hacia abajo. Nunca contra quienes poseen el mismo tamaño económico o político. Siempre contra quienes limpian restaurantes, construyen edificios, cuidan niños o envían remesas para sostener familias enteras. Es más sencillo burlarse del jornalero que discutir con el balance financiero.
Los migrantes cruzan fronteras cargando mochilas. Algunos empresarios parecen cruzar únicamente los límites del decoro. Unos buscan trabajo; otros buscan aplausos en las redes sociales. Los primeros regresan con dólares ganados a fuerza de jornadas interminables. Los segundos coleccionan reacciones como si el escándalo pudiera cotizarse en la Bolsa.
Tal vez el dinero produzca una ilusión peligrosa, porque creer que el patrimonio concede autoridad moral, sin duda está equivocado. Pero las cuentas bancarias sirven para comprar embarcaciones, no para adquirir empatía. Esa sigue siendo un bien escaso incluso entre los multimillonarios. Quizá especialmente entre ellos.
Lo verdaderamente desconcertante, es que el ahora conocido como “la perrita de Trump”, es la insistencia con la recurre a este tipo de tonterías. Cada vez que parece haber alcanzado el límite, decide demostrar que todavía quedaba un peldaño más hacia abajo.
Los migrantes seguirán levantando ciudades que muchas veces ni siquiera los reconocen. Los impuestos seguirán siendo una obligación y no una sugerencia. Y los yates continuarán flotando sobre el agua. Lo único que suele hundirse con facilidad es la estatura moral de quien confunde el privilegio con el derecho de despreciar a los demás.

