La cámara se apaga y queda el eco de una silueta que cambió para siempre la manera de mirar el deseo en la pantalla. Brigitte Bardot murió a los 91 años en su casa del sur de Francia, cerrando un plano definitivo en la historia del cine europeo. La noticia fue confirmada a Associated Press por Bruno Jacquelin, representante de la Fundación Brigitte Bardot para la Protección de los Animales, quien precisó que no se ha informado la causa de la muerte ni los detalles de los servicios funerarios. La actriz había sido hospitalizada semanas atrás.
Bardot fue una estrella y un encuadre disruptivo en una industria acostumbrada a domesticar la sensualidad femenina. Su irrupción en los años cincuenta y sesenta reconfiguró el lenguaje visual del cine francés y anticipó la revolución moral que estaba por venir. Roger Vadim, quien la dirigió y fue su primer esposo, entendió antes que nadie que aquel rostro y ese cuerpo contenían una narrativa nueva. Y Dios creó a la mujer no solo la lanzó al estrellato, también abrió una grieta por donde se colaron Jean-Luc Godard y François Truffaut, arquitectos de la Nouvelle Vague.
Según reseñas de Associated Press y EFE, Bardot encarnó como nadie el hedonismo y la libertad sexual de una época que aún no sabía cómo nombrarse. Fue deseada, imitada y juzgada con la misma intensidad. Simone de Beauvoir la analizó como fenómeno cultural en Brigitte Bardot y el síndrome Lolita, entendiendo que su magnetismo iba más allá del cine: Bardot caminaba como si la cámara la siguiera incluso fuera del set.
Pero detrás del mito hubo una mujer que nunca se reconcilió con la fama. La persecución mediática, el asedio constante y una maternidad vivida desde la fragilidad emocional la llevaron a romper con el sistema que la había convertido en ícono. A los 39 años abandonó el cine, en un gesto radical que hoy parece más político que escapista.
Su segundo acto fue igual de contundente, el activismo. Bardot dedicó décadas a la defensa de los derechos de los animales, fundando una organización que la convirtió en una figura influyente en ese terreno, aunque también polémica por sus posturas políticas y su cercanía con la extrema derecha francesa, un contraste que tensó su legado público.
En la memoria colectiva queda también su voz. En 1967, Serge Gainsbourg escribió para ella Je t’aime… moi non plus, una canción que desbordó los límites de la moral de su tiempo. Vetada, censurada y tachada de obscena, la pieza consolidó a Bardot como un símbolo de transgresión sonora y visual.
El presidente francés Emmanuel Macron escribió en X: “Estamos de luto por una leyenda”. Y no es una frase hueca. Bardot fue rostro de Marianne, emblema de la República, pero también fue contradicción, exceso y libertad filmada en primer plano. Su legado no se archiva, sigue proyectándose, en blanco y negro, cada vez que el cine recuerda que también puede ser un acto de ruptura.

