El 20 de febrero de 2026, Kurt Cobain cumplió 59 años. Pero ya no es solo una fecha para recordar su música. Es otra vez una fecha para preguntarse qué demonios pasó realmente el 5 de abril de 1994.
A principios de febrero, un equipo independiente de investigadores forenses soltó una bomba que lleva 32 años enterrada. Brian Burnett, un especialista con décadas de experiencia en casos de sobredosis combinadas con heridas de bala, reexaminó los archivos de la autopsia y las fotos de la escena. Su conclusión, compartida por la investigadora Michelle Wilkins, es tajante, al asegurar que el caso no tiene que con un suicidio, como se ha manejado siempre, sino como un homicidio disfrazado.
Los detalles que señalan son escalofriantes, ya que el nivel de morfina en la sangre de Kurt era de 1.52 miligramos por litro, tres veces una dosis letal. Un cuerpo así no se levanta, no camina, no sostiene una escopeta de casi tres kilos. El informe forense original habla de necrosis en el cerebro y el hígado. Eso, explican los expertos, no ocurre por un disparo. Ocurre por una sobredosis que va matando el cuerpo lentamente por falta de oxígeno mientras la persona está inconsciente. Kurt habría estado en coma cuando alguien le disparó.
Luego está la escena, demasiado perfecta. Los casquillos alineados a sus pies como en una película, el recibo de la escopeta en el bolsillo y también el de los cartuchos. La mano izquierda, la hábil, aparece limpia, sosteniendo el arma sin una sola mancha de sangre. Además, la nota: las últimas cuatro líneas, donde menciona el suicidio, no coinciden con su caligrafía. La parte superior parece escrita por Kurt, despidiéndose de la música y de la banda; la inferior da la impresión de pertenecer a otra mano.
La policía de Seattle dice que no, que el caso sigue cerrado. Courtney Love, dicen fuentes cercanas, no quiere entrar en ese pozo otra vez después de tres décadas escuchando que ella tuvo la culpa. Pero la pregunta ya está otra vez en el aire. Y los fans, los mismos que nunca dejaron de hacérsela, ahora tienen más razones para no callar.
Los investigadores, al presentar sus hallazgos, recibieron la misma respuesta de siempre. La policía no moverá un dedo. Michelle Wilkins, una de las investigadoras, lo resumió así: «Si estamos equivocados, que nos lo demuestren. Eso es todo lo que pedimos» .
***
Yo no conocí a Kurt. No soy investigador, no soy forense, no tengo acceso a los archivos. Lo único que tengo es lo que me dejó.
Y lo que me dejó fue enorme.
Lo conocí como lo conocieron los morros de mi generación: por la tele, por los discos, por la playera que todos querían tener. Pero para mí Kurt no fue solo el tipo que gritaba como si se le acabara el mundo. Kurt fue el que me llevó de la mano a otro lugar.
En esos años las lealtades se definían como en Inglaterra con Oasis y Blur. Acá era Kurt o era Eddie Vedder. Mi primo era de Pearl Jam. Yo era de Nirvana. Él defendía a Vedder, su voz grave, sus letras más directas. Yo me iba con Kurt, con esa mezcla de fragilidad y furia que no encontraba en ningún otro lado. Discutíamos horas. Nos prestábamos los discos con desdén, como quien presta un arma al enemigo. Pero al final los dos sabíamos que estábamos del mismo lado: el del rock que dolía, el de las guitarras que sonaban a desgarro, el de las letras que hablaban de lo que no se podía decir en voz alta.
Kurt fue el que me llevó de la mano a otro lugar. A un lugar donde vivía un tipo llamado Daniel Johnston.
Fue en el verano del 93. Kurt salía en una foto con una playera blanca que tenía un sapo raro y un título que decía “Hi, How Are You”. Yo no sabía quién era ese sapo, pero Kurt no se quitaba esa playera. La usó en los MTV Awards de 1992 cuando Nirvana ya era el fenómeno más grande del planeta. Y resulta que ese sapo era obra de un tipo de Texas que grababa sus canciones en casetes en el garaje de sus padres, que dibujaba ojos sin córneas, que vivía con sus papás porque su cabeza no le daba tregua.
Un periodista le había regalado esa playera a Kurt en 1989 cuando Nirvana todavía era una banda local de Aberdeen. Y Kurt la hizo famosa sin querer, o queriendo. Porque Kurt siempre supo que estaba construyendo algo incluso cuando no había nadie mirando.
Como esa vez en enero del 88, un día después de grabar su primer demo con Jack Endino. Se metió con Krist y Dale Crover a un Radio Shack de Aberdeen. La banda todavía se llamaba Ted Ed Fred. No había público, no había cámaras de MTV, no había nada. Solo una tienda de electrónica vacía y ellos tres haciendo playback frente a una cámara prestada. Las guitarras no estaban conectadas a nada. Kurt entraba en escena de un salto como si ya estuviera en el estadio cuando en realidad el único espectador era el empleado de la tienda. Después de la falsa tocada se encerró en un cuarto oscuro a jugar con bolas de plasma.
Esa imagen me persigue: Kurt construyendo su personaje cuando no había nadie. Kurt sabiendo que algún día iba a importar.
Daniel Johnston, el del sapo, murió en 2019 de un infarto. Tenía 58 años. Nunca fue una estrella, nunca vendió millones, nunca dejó de batallar con sus demonios. Pero su música, su honestidad brutal, su fragilidad sin filtro, llegó a millones gracias a esa playera blanca que Kurt usó.
Yo le debo eso a Kurt. Y le debo más. Le debo los jeans rotos, el peróxido en el pelo, los rasgueos furiosos de guitarra. Le debo la certeza de que la rabia también puede ser poesía y de que el dolor no es algo de lo que haya que esconderse.
Ahora 32 años después nos enteramos de que quizá su muerte no fue como nos la contaron. Quizá alguien más estuvo en ese cuarto. Quizá la escena fue armada. Quizá Kurt no tuvo el control ni siquiera de su final.
Y yo desde mi rincón sin pruebas sin certezas solo puedo pensar en esa imagen, la del tipo que entraba de un salto en un Radio Shack vacío construyendo su leyenda sin testigos. El mismo tipo que después en una gira por Brasil se quejaba de la música metal y hablaba de política como cualquier morro de 26 años. El mismo que le regaló al mundo una canción como “Rape Me”, esa versión del Live and Loud del 93, cuatro minutos con cincuenta segundos de los golpes más honestos que ha dado el rock. Un cántico a la confidencia absoluta, a la rendición, a la posibilidad de decirlo todo aunque duela: “Rape me, rape me my friend, rape me, rape me again, I’m not the only one”.
Kurt cumpliría 59 este 20 de febrero. No está. Pero yo sí.
Y no solo yo.
Hace un par de años empecé a ponerle Nirvana a mi hijo en el carro. En las idas a la escuela, en los paseos, en cualquier viaje. Todos los niños pedían su canción. Él siempre pedía la misma: “Something in the Way”. No es la más obvia para un morro de 8 años. Es lenta, es triste, es fantasmal. Pero él la adoptó y la hizo suya. Nunca supe bien por qué, pero lo respeto. Es su canción.
Eso es lo que hace Kurt todavía. Conecta personas, abre puertas, siembra semillas que después crecen solas. Sin estadios, sin discos de oro, sin aplausos. Solo un padre y un hijo en un carro, y una canción que ya es de los dos.
Una vez más, gracias Kurt. Por la música, por la rabia, por la poesía, por Daniel, por esto.

