—A donde fuimos a buscarlo primero fue a una tienda especializada en trajes, ubicada en el estacionamiento de un “mall”. Llegamos Ricardo Muñoz (el fotoperiodista) y yo, y un empleado nos dijo que Anthony Quinn acababa de irse, después de comprar un traje… (Yo creo que Anthony Quinn necesitaba ir bien vestido para el homenaje que le iban a realizar en Chihuahua)… Eso quería decir que andábamos pisándole los talones…
Y entonces, como nos mencionaron que querían comer carne, recorrimos varios restaurantes, especialmente los que servían cortes al estilo mexicano… Nos metimos a los que están pegados al freeway y a los cercanos al hotel “Paso del Norte”, pero en ninguno lo encontramos…
Agüitados, nos devolvimos al hotel, pero en el estacionamiento nos topamos con ¡Anthony Quinn!, su esposa (una mujer joven y bellísima), su hija de 3 o 4 años y sus dos guaruras enormes…
Yo corro hacia el actor mexicoamericano, que caminaba rumbo al hotel. Vestía de manera muy sencilla: una pantalonera gris, tenis, camiseta blanca y una cachucha beisbolera… Su presencia imponía… A pesar de sus ¡85 años!, caminaba con frescura, con su niña en brazos…
Nomás me acerqué a dos metros y uno de los gorilas me paró en seco… Le grité: “¡Señor Anthony, concédame una entrevista!… Será breve”.
Enojado, dijo que no y me lanzó unos insultos en inglés y español, pero la que se puso muy furibunda fue su esposa… Una mujer con porte de italiana (que antes había sido su asistente)… Casi me agarra a bofetadas…
La comitiva aceleró su marcha y yo seguí tras ellos… Insistiendo.
Ya cuando estaban a punto de llegar a las puertas del hotel, le grito: “¡Señor Quinn, venimos desde la ciudad de Chihuahua! ¡Somos del Diario de Chihuahua!”.
(Lo cual no era cierto, pero tampoco mentira, ya que el dueño de Diario de Juárez también es propietario del Diario de Chihuahua… Y como sabíamos que al día siguiente le iban a realizar un homenaje, por eso medio mentí)…
En eso se para Quinn y me pregunta: “¿Vienes desde Chihuahua?”.
Le respondí que sí…
“Los espero en media hora en la alberca”, dijo…
Igmar, el fotógrafo y yo estábamos bien nerviosos, ya en la alberca, pues íbamos a entrevistar a una leyenda del cine mundial…
Como a Igmar le habían encomendado encontrar y entrevistar a Quinn, le pedí que lo entrevistáramos los dos, puesto que yo había logrado que nos concediera la entrevista… Igmar estuvo de acuerdo.
De pronto apareció Anthony Quinn acompañado de su hija (con la que se iba a dar un chapuzón)… El actor parecía un gigante junto a la niña.
Se sentó en una silla playera y comenzó la entrevista… Iniciamos el bombardeo de preguntas y, en eso, yo le pregunto cómo se llama la niña.
Orgullosamente contesta: “¡Antonia!”.
Y yo, de gracioso, le digo: “Qué bonita está Antonella”…
Quinn explotó contra mí: “¡Es Antonia! ¡Cuál Antonella! Es más, tú ya no me vas a entrevistar y vete de aquí”…
El cabrón me expulsó y me mandó al otro lado de la alberca, ¡castigado!…
Vecina, así que tengo el honor de haber hecho enojar a Anthony Quinn y de haber sido corrido por uno de los monstruos de la cinematografía.
—¿Pero salió la entrevista en el periódico?
—Sí… La entrevista, escrita por Igmar Prieto, ocupó tres partes en la portada de GENTE, y yo redacté una crónica donde cuento cómo anduvimos pescando a Quinn y cómo finalmente accedió a la entrevista… Con varias fotos exclusivas… Un año después, Anthony Quinn murió.
—¿Y al Piporro cómo lo entrevistó?
—Fue una entrevista muy peculiar… Yo soy fan del Piporro, que se presentó aquí, en el Lienzo Charro… Tengo tres CD con sus canciones y corridos.
—Mi padre también tenía discos de él y los tocaba a todo volumen.
—Bueno… Su representante me dijo que era imposible entrevistarlo, y menos al finalizar su espectáculo en el lienzo.
El show consistía en que un grupo de charros salía a ejecutar suertes de la charrería y luego aparecía el Piporro, a caballo, cantando…
En el intermedio anduve buscando su camerino y me dijeron que no tenía, sino que se acicalaba en una de las caballerizas…
Pronto doy con él… Estaba cambiándose de tamaulipeca, a un lado de su caballo…
Se asusta; lo calmo y le pregunto si me concede una entrevista.
Y me dice: “Pues ya qué”.


