I
— ¡Ella traicionó a su compañero! ¡Lo arrojó a las fieras para que lo devoren, eso fue muy osado!
— ¡Pero fue todavía más atrevido, organizar una gira de medios en la ciudad de México, para reírse ante las cámaras y contar a detalle lo que hizo!
Comenzaron a alzar la voz. Las palabras que se juntaban una junto a la otra, abandonaron el terreno de la razón y se mostraron viscerales. Eran las vísceras las que hablaban. Los comensales de la mesa de enseguida los miraron de reojo. Era uno de esos restaurantes de la capital, donde los políticos se reúnen a tomar café y tratan de juntar los pedazos de un mundo que se rompe a cada rato.
II
— ¿Marco?
— No. No marques. No estoy en condiciones de contestar el teléfono.
Los mensajes de whatsapp dejaron de sonar. La gobernadora se sorprendió. No supo, si agarró al candidato a sucederla en el baño, con los pantalones abajo. O si todavía no terminaba de entender que era parte de una intriga, de una telaraña que volvía oscuro el horizonte.
III
Cuando el candidato despertó, la gobernadora todavía estaba ahí. Era una de esas horas imprecisas en las que la noche devora la tranquilidad y la cordura. Desconcertado, se sentó al borde de la cama. Un sudor frío le recorría la espalda.
IV
Lo que María tejía de día, Eugenia lo destejía de noche. Era una Penélope, que a diferencia de la original, con premeditación, alevosía y ventaja, había lanzado a su Odiseo a las aguas de un mar embravecido.
Los hilos se tejían y destejían de una forma inexplicable. Mientras aquel hombre, flotaba y se hundía de forma repetida. Los que lo vieron de cerca, llegaron a decir que de su boca salían buches de agua salada con una fuerza descomunal. Eso era todo lo que podía decir.
V
Entre los estantes de las bibliotecas, dentro de algunos siglos se encontrarán los títulos de tres libros de no-ficción que estarán dando cuenta de los restos de un partido político, que una tal María Eugenia le heredó a un tal Marco:
— “El panismo en los tiempos de la cólera”.
— “La gobernadora si tiene quien le escriba”.
— “Cien días de lapidación”.
Esos libros escritos por un tal “Gabriel”, que nunca se apellidó “García” y que jamás supo nombrarse como “Márquez”, darán cuenta de un realismo que para nada fue mágico.
Posdata.- Entre los títulos que el escritor de estas piezas de micro-realismo consideró anotar, está el libro: “Memorias de los panistas tristes”. Pero ese es el libro más malo de esta época aciaga de la política mexicana. Y de ninguna forma se iba a correr el riesgo de contravenir al canon.


