Resultó bastante evidente el planecito que armaron los panistas de Chihuahua, luego de varias horas de silencio por el asunto de César Jáuregui, detenido primero por la Fiscalía General del Estado y posteriormente por la Fiscalía General de la República.
Hubo tiempo para consultar asesores, repartir discursos y decidir quién saldría primero a escena. La función comenzó cuando los protagonistas encontraron el libreto adecuado para intentar salvar los muebles de la casa azul, ahora inundada.
Primero apareció la gobernadora María Eugenia Campos, con un discurso que difícilmente convencerá a quienes conocen las entrañas del panismo chihuahuense. Habló de legalidad, colaboración institucional y respeto a las investigaciones.
Su declaración fue bastante decorosa para alguien que también necesitaba defenderse de sus propios correligionarios, algunos de los cuales ya la consideran una traidora. En el PAN, por lo visto, las lealtades tienen fecha de caducidad.
La gobernadora tenía que decir algo, porque su silencio comenzaba a resultar demasiado costoso y las sospechas de una ruptura interna crecían conforme avanzaban las horas. Así que optó por la solemnidad institucional, ese recurso que permite pronunciar muchas palabras sin comprometer demasiado el futuro.
Después apareció Marco Bonilla, alcalde con licencia de Chihuahua y aspirante a convertirse en candidato del prianismo. Alguien debió escribirle un discurso para la ocasión, porque salió con una explicación que parecía confeccionada en el mismo taller donde prepararon las declaraciones de Daniela Álvarez, presidenta estatal del PAN.
Bonilla habló de persecución política, presunción de inocencia y utilización de la justicia contra los adversarios. Daniela Álvarez, en el mismo tono, fue todavía más lejos y calificó la intervención de la FGR como un espectáculo de cálculo político. Ambos parecían empeñados en discutir las intenciones de las autoridades federales antes de detenerse a explicar la gravedad de los señalamientos contra el exfuncionario.
Muy mal ellas y él, porque los chihuahuenses tienen suficiente experiencia con los discursos de sus gobernantes como para reconocer cuándo una explicación viene acompañada de instrucciones partidistas. No son tontos.
La estrategia consiste en trasladar la conversación hacia Morena, Claudia Sheinbaum y el Gobierno federal, con la esperanza de que el ruido político termine por sepultar las preguntas que verdaderamente importan, lo mismo de siempre.
Porque aquí existe un asunto que los panistas pretenden dejar fuera de sus discursos. La imputación federal por traición a la patria, cuya procedencia y sustento deberán determinar los tribunales, tiene implicaciones jurídicas de enorme gravedad.
Que nadie olvide que no estamos hablando de una crítica al combate contra el narcotráfico ni de una opinión incómoda para el Gobierno. Reducir semejante acusación a una disputa entre partidos constituye una maniobra demasiado burda.
Luego, Daniela Álvarez encontró conveniente desempolvar el repertorio completo de acusaciones contra Morena. Habló de los abrazos de AMLO, de territorios entregados al crimen organizado y de supuestas complicidades gubernamentales, bla, bla, bla…
Un catálogo de agravios que los panistas conocen de memoria y que utilizan hasta para vender enchiladas, y para casi cualquier circunstancia. Lo curioso es que ninguna de esas referencias responde, obvio está, directamente a los hechos que deberá examinar la justicia federal.
Marco Bonilla tampoco quiso quedarse atrás. Hasta encontró oportunidad para hablar de desapariciones, violencia, corrupción y deficiencias del sistema de salud. Temas importantes, desde luego, pero utilizados aquí para desviar la atención del expediente que provocó semejante movilización partidista.
La coordinación entre los tres personajes resulta evidente, en la que vemos cómo María Eugenia intenta conservar la compostura institucional, Bonilla procura construir una narrativa de persecución y Daniela llama a cerrar filas porque, según ella, el enemigo está afuera. Ahora sí está afuera, luego de que ella sabe que también adentro.
Eso de que el enemigo está afuera, sin duda, es una frase extraordinaria para describir a un partido que lleva años encontrando adversarios dentro de sus propias oficinas. La unidad panista suele aparecer con mayor entusiasmo cuando alguien necesita protección.
Conviene recordarles a las señoras y señores del PAN que una acusación de traición a la patria exige pruebas, una investigación rigurosa y una resolución judicial. También que la presunción de inocencia debe respetarse plenamente.
Precisamente por eso resulta indispensable conocer el expediente y permitir que las autoridades expliquen sus actuaciones. La propaganda partidista podrá multiplicarse cuanto quieran, pero ninguna conferencia de prensa sustituye las evidencias ni las decisiones de los jueces.
Al final, el planecito quedó bastante claro, después de que la gobernadora cumplió su papel, el aspirante ensayó su discurso y la dirigente estatal repartió acusaciones contra Morena. Todos encontraron algo que decir sobre la Federación y muy poco que aportar sobre el fondo del caso.
Ahora pretenden que los chihuahuenses acepten su versión y olviden la naturaleza de los señalamientos. Les convendría, entonces, recordar que la justicia se resuelve en los tribunales y que, por mucho que se esfuercen, una acusación de traición a la patria no desaparece porque tres panistas se pongan de acuerdo para cambiar de conversación.

