Raleigh
Papá fumó con nostalgia la tarde;
no abrió esos ojos de esperanza
ni dio aquellos suspiros (tos
frente al espejo).
¿Mamá llegó a ser algo más efímero
que una bocanada de humo?
Era la pregunta
que mis hermanos y yo
nos hacíamos
al mirar los viejos ceniceros
de la casa.
Nunca supimos si aquella soledad
en nuestros sueños era de mamá
o de algún recuerdo ajeno.
Los días se disiparon, siluetas
breves del aliento, en el aire.
Papá aprendió a apagar el corazón
como se hace con un cigarro.
Hay verdades que mi hijo nunca escuchará de mi boca
Mi hijo, al igual que yo,
se quiebra la cabeza
al intentar comprender
la naturaleza dividida
de las cosas:
¿Por qué somos seres
fragmentados?
¿Por qué necesitamos dividirlo
todo?
¿Cómo puedo explicarle
que alguna vez
él se quebrará
ante algo que fue concebido
para ser distancia?
¿Cómo puedo explicarle
que aún escucho la voz
de mi padre
alejándose del corazón
de mi madre?
Trazo una línea
para formar la primera fracción
en su cuaderno:
la tarea no consiste
en entender
en cuántas partes está dividida
la figura;
la tarea consiste
en evitar
que se divida el corazón
de mi hijo.
Palabras y cifras
La palabra existencia
no duele tanto
cuando se pronuncia
con la voz absoluta
de los números:
las palabras que siempre
lastimaron
son viejas fracciones
que nunca anticipó
el tiempo.
Cada palabra
—tarde o temprano—
se transforma
en una cifra;
escribimos calculando
la desolación y el dolor
de la memoria.
——————-
Alkaíd Marino (Ciudad de México, 1980). Autor de libros de poesía (Tatuajes, 2014; Mal de
espejo, 2016; Deixis, 2018; Desencanto del héroe, 2021; La delgada costumbre de lo
vulnerable (o breve compendio de lo habitual), 2022); A las fracciones papá les llamaba
quebrados, algo tenía que romperse, 2025.

