Estaba en Pachuca, en ese autobús de regreso de la Feria Universitaria del Libro de Hidalgo, cansado y con la única urgencia de llegar a casa. De pronto, subió un tipo y se armó un revuelo; todos parecían conocerlo. El tipo, aún sin nombre, buscaba dónde colocar una maleta y todos padecieron de una parálisis reverencial que no les permitía ayudarlo ni hacer nada por su maleta. Así que, con la irreverencia y descaro de quien no sabe a quién tiene delante, acomodé su maleta, regresé a mi asiento y pensé que nunca más volvería a verlo.
Pero al bajar, mientras esperaba un taxi en la puerta del restaurante donde nos resguardamos de la lluvia, me lo topé y le pregunté directamente «¿Quién eres tú, a qué se debía tanto alboroto?». «No, pues un argentino ahí», me respondió sonriendo. Ese «argentino ahí» era Claudio LoMenzo, quien más tarde, tras escucharlo leer en la Casa de Marie José y Octavio Paz, en la Ciudad de México, pude preguntarle por sus artes y me confirmaría su secreto: Claudio corrige en voz alta y poda, implacable, cualquier sílaba que interrumpa el ritmo.
Claudio LoMenzo nació en Buenos Aires en 1962 y estudió Filosofía en la Universidad del Salvador (USAL). Fue redactor del suplemento Ámbito de los libros del diario Ámbito Financiero y lleva treinta años codirigiendo, junto a Javier Magistris, la Revista Nacional de Poesía La Guacha. Es autor de los poemarios Doble latido, Ciudad del presente y Prisionera tempestad.
Abrimos con una advertencia: estos poemas deben leerse en voz alta. El autor los ha pulido hasta la saciedad para que la voz fluya sin obstáculos inintencionados, de modo que si algo lo obliga a detenerse, hágalo y pregunté «¿Qué hay ahí, a qué se debía tanto alboroto?» , pero si no, déjese llevar primero por la claridad sonora.y como muestra un botón, bueno, mejor un verso
«El silencio desea la palabra».
Once sílabas, ni una de sobra. Esa fue mi puerta de entrada a su obra, y le aseguro que después de leerlo en voz alta es difícil no seguirse de largo.
I
El silencio desea la palabra.
Dentro de una gota de tempestad
oscilo junto a imágenes veladas.
La noche tenebrosa, astuta, fría,
pretende ser quimera, pero es aire negro.
Polvo de despojos que inunda lo anterior,
y lo que ni siquiera es todavía.
Presiento el destino, me incorporo
como anunciando mi presencia.
Tras la puerta se abre la cáscara
y la inmensidad late desaforada.
Sin palabras no habrá calma.
Con ella entre los dientes, me aliento
a mirar de frente la intemperie.
La hoja blanca está cerca de esta mesa.
Cerca también, el mundo se cuece en su tinta.
(Prisionera tempestad, Ediciones del Dock, 2025)
Ella
La noche la encontraba quieta, casi blanca y acechada,
como la tímida niebla que rodea a un pueblo de mar.
Ella oyó fuego en desnudos bosques arcanos
y abrió sus ojos labiales.
Confió en que el mar acunaría
sus nocturnas esperanzas.
En su anaquel de aromas fugaces,
mentía peldaños de mármol,
para escalar deseos imposibles.
Ella nunca volvió desde donde nunca,
no podría, pero acaso
¿fue el silencio el que crepitó en su cofre de bronce y vidrio?
(Ciudad del presente, Ediciones del Dock, 2018)
Retorno
Parece haber pasado pronto la noche por tu piel.
Volviste sola como un fulgor,
a buscarte en esta casa devastada.
Al cerrar la puerta con llave
la última claridad se la bebieron mis ojos.
¿Qué habrás pensado ayer al recorrer las habitaciones?
¿Qué te habrán dicho las cosas ahí perplejas
luego de diez años?
¿Por qué ese beso ácido que erosionó mi sueño?
Ahora la histeria amorosa de tus piernas pisa el patio,
y un antiguo gesto felino
renace desde dentro del vestido blanco.
Y golpeamos contra el damero
con impacto seco. Rebeldes,
embestimos al tiempo,
y rodamos imprevistos,
como cardos rusos por el mediodía.
(Ciudad del presente, Ediciones del Dock, 2018)
Tres preguntas seguidas y luego un choque en seco. Y guarde la última imagen: esos amantes que ruedan como cardos rusos (plantas rodadoras, tumbleweeds) sí, los mismos que en el desierto vemos cruzar la carretera con el viento. Pocas veces un reencuentro ha sonado tan a western solitario.
Poética
Fuego transparente,
hogueras de tiempo
en el centro móvil
del poema,
el poeta.
Mientras teje sus versos,
sus manos
son mis ojos.
Cicatriza las heridas.
Y en su centro móvil
el vértigo es calma.
Resplandecen las palabras
en la intemperie.
El poeta teje su telaraña de tiempo
y con tensos hilos de seda,
instaura el mundo.
Mientras sangran despedidas.
(Ciudad del presente, Ediciones del Dock, 2018)
Versos cortitos, afeitados al ras: el sujeto tarda cinco versos en aparecer, y «el poeta» llega al final, como quien entra tarde a su propia fiesta. Ojo con el último verso, que va solo y le cambia el tono a todo lo anterior.
XVI
A oscuras se defiende la intemperie
con su palabra negra.
Pintura fresca sobre esta pared
interminablemente negra.
¿Quién sabrá leer aquello que no se oye?
En silencio escribo sobre lo inmenso,
las preguntas siempre desoídas.
Deletreo estrellas con voz parpadeante,
palabras luz que se disgregan desoídas.
¿Quién sabrá escuchar aquello que no se ve?
De la mano, del miedo y el talismán,
me adentro en este lienzo espeso.
Humo quieto que yace secreto
en el rocío, y que en breve será espeso.
Y la madrugada eternidad repta
disuelta en la neblina.
(Prisionera tempestad, Ediciones del Dock, 2025)
Fíjese en los finales: «negra» y «negra», «desoídas» y «desoídas», «espeso» y «espeso». El poema se repite como un eco en un cuarto a oscuras. Y las dos preguntas cruzan los sentidos, leer lo que no se oye, escuchar lo que no se ve, para que usted no sepa bien con qué está leyendo.
XXIII
(abrir juego)
Ellas seducen, y se esconden
en su zona sagrada.
Abro el juego, avanzo.
Escribir es hacer visible
lo que ni digo ni veo.
Crear es ver,
no hay afuera.
Crear es verse creado,
afuera es adentro.
En mi mesa escribo,
la hoja se abre,
la noche se cierra.
(Prisionera tempestad, Ediciones del Dock, 2025)
Para cerrar, casi aforismos que se contradicen a propósito: «no hay afuera», «afuera es adentro». Lea despacio los dos últimos versos y oirá cómo el poema también se cierra con la noche.
Si usted escribe y busca su propio ritmo, la poesía de LoMenzo es un laboratorio sobre cómo los golpes de voz articulan la música del verso. La recomendación es hacer tres pasadas: una primera en voz alta solo para escuchar la sonoridad sin detenerse a entender; una segunda para entrar en el sentido; y una tercera, reservada para los muy cafeteros, con lápiz bicolor en mano para marcar las sílabas tónicas y átonas, y disfrutar el juego.
El verso que me llevé:
El silencio desea la palabra.
***

José Antonio Pérez-Robleda (Sevilla, 1980) Es educador, poeta, filósofo, papá y empecinado cocinero. Español de nacimiento y mexicano de adopción; es Licenciado en filosofía (Universidad de Sevilla, 2006), Accésit del premio Adonais de poesía joven ( España, Comité premio Adonais, 2014) Que le permitió publicar su poemario Mitología íntima (Rialp 2015). Es también autor del album ilustrado Malintzin, la mujer palabra (ladue – edelvives 2023) Ha participado en de Cuenca, L. A. (2016). Séptima antología de Adonais.) Desde entonces, Ha publicado en múltiples revistas electrónicas (Google les dirá todo). Es cofundador de la videorevista de poesía El noticiero de poesía y actualmente es presentador de Nada dos veces, el podcast de poesía.

