Cada día, Gustavo Enrique Ortega Torres atraviesa buena parte de Ciudad Juárez para llegar a la UACJ. Sale desde Tierra Nueva, en el suroriente, y el trayecto puede consumirle una hora o hasta una hora con 20 minutos. Lo hace en automóvil cuando puede y, cuando no, utiliza el transporte público. Al final del recorrido lo espera la Licenciatura en Música, la tuba y una historia que comenzó hace 13 años.
“Yo estudié algo que me apasiona, que me gusta. Mi estadía aquí en la universidad nunca la sentí como muy presionada. Me sentía muy cómodo, muy a gusto, porque me gustaba mucho lo que aprendo aquí”, relató el universitario.
Gustavo llegó a la tuba casi por casualidad. Cuando era niño ingresó a un proyecto comunitario de iniciación musical y su maestro consideró que tenía las condiciones físicas necesarias para un instrumento que exige una importante capacidad respiratoria. Permaneció cinco años en aquel programa, conoció al maestro José Manuel Ibarra Leurín y finalmente decidió estudiar profesionalmente aquello que ya formaba parte de su vida.
“Me dijo ‘él está bueno para la tuba’, y pues ahí empecé. Fueron cinco años que fui alumno del proyecto y ahí conocí al maestro Ibarra Leurín, hoy coordinador de la Licenciatura en Música y de la Especialidad en Educación Musical de la Universidad Autónoma de Ciudad Juárez (UACJ). Ya por medio de él también yo pude llegar aquí a la licenciatura”, recordó Ortega Torres, quien actualmente forma parte de la Orquesta Sinfónica de la UACJ.
El lado social de la enseñanza
La música también lo llevó de alumno a maestro. Desde hace alrededor de siete años se dedica a la docencia y actualmente dirige una banda sinfónica dentro del mismo proyecto comunitario donde comenzó. Su trabajo se desarrolla en la colonia Francisco Madero, donde enseña a niños y jóvenes clarinete, saxofón, flauta, oboe, fagot, trompeta, tuba, barítono, corno y percusiones.
“Sí vienen algunos niños con sus mañas de ahí afuera, pero he tenido la fortuna de que estando ahí dentro las cosas han podido fluir, la convivencia ha podido llevarse a cabo. Sí me han tocado momentos muy complicados con los chicos, pero dentro de lo que podemos llamar normal”, explicó. La disciplina necesaria para tocar juntos, considera, termina exigiendo atención y respeto hacia los demás.

Ese trabajo social no se ha limitado a Francisco Madero. Gustavo ha dado clases en Riberas del Bravo, Tierra Nueva y otros sectores de Juárez. Buena parte de sus alumnos son niños de primaria, aunque también recibe adolescentes. En esas colonias ha visto cómo la enseñanza musical puede convertirse en una posibilidad concreta de desarrollo.
“Yo he visto que ha impactado mucho últimamente en algunos chicos de aquella zona en quererse profesionalizar en el área. Ahorita justamente uno de los que fueron mis exalumnos del semestre pasado ya se encuentra aquí estudiando la licenciatura”, señaló el tubista.
Otros alumnos han tomado caminos diferentes. Algunos forman pequeños grupos de música norteña con sus amigos; uno llegó a China, otro ingresó a la Orquesta Escuela Carlos Chávez y uno más se dedica a tocar profesionalmente en agrupaciones y ha compartido espacios con artistas conocidos. Para Gustavo, profesionalizarse no es la única medida del efecto que puede tener aprender un instrumento.

“El hecho de enseñarle música a un niño yo creo que da un impacto muy positivo en su vida, ya sea que pueda llegar a profesionalizarse o simplemente que a manera de hobby lo esté implementando”, expresó. Aprender obliga a estudiar, dedicar horas al instrumento, convivir y concentrarse en una actividad que puede acompañarlos incluso si finalmente eligen otra profesión.
Su propio crecimiento también ocurrió dentro de una orquesta. Gustavo explica que tocar no consiste únicamente en ejecutar correctamente las notas. Hay que escuchar los otros instrumentos, saber cuándo intervenir y cuándo ceder espacio. Esa dinámica terminó trasladándose a su manera de relacionarse con otras personas.
“Así como en la música hay que ceder para que a uno se le dé, pues así en la misma vida. Yo ayudo, apoyo a la gente”, afirmó Ortega Torres, quien considera que escuchar y respetar lo que hacen los demás ha sido una de las enseñanzas que la práctica musical dejó en su formación personal.
Su carrera comienza también a salir de Juárez. Desde el año pasado pertenece a la Orquesta Sinfónica profesional de la UACJ y en febrero recibió una invitación para tocar en Chihuahua con la Orquesta Filarmónica del Estado, una experiencia que agregó otro escenario a los recorridos que comenzó cuando era apenas un niño aprendiendo tuba.

“Yo recomiendo siempre que busquen lo que les guste, acordeón, guitarra… Yo creo que de todo se podría encontrar. Hay muchos lugares donde se podrían acercar a aprender música y es un camino bien bonito”, recomendó a los adolescentes interesados en comenzar, al destacar que internet y las redes sociales facilitan ahora encontrar proyectos de formación en la ciudad. Texto pegado
Gustavo está por concluir la licenciatura, pero su siguiente objetivo permanece ligado a las aulas. Quiere cursar la especialidad en Educación que ofrece la propia UACJ y después estudiar una maestría en esa área. Durante siete años como docente ha preparado alumnos para audiciones y encuentros nacionales, acompañándolos desde los ensayos hasta verlos seleccionados para viajar y tocar fuera de Juárez.
“Me gustaría continuar especializándome, me gustaría hacer una maestría en educación. Siento que el área de la educación es como lo que a mí más se me ha dado”, dijo. Y así, entre el viaje diario desde Tierra Nueva, la universidad, los ensayos, la orquesta y las clases en colonias de la periferia, la música que alguna vez llegó hasta él mediante un proyecto comunitario ahora regresa a otros niños a través de sus propias manos.

