“Por amor al balón, y con sangre de campeón.”
(Fragemento del himno de Cobras)
En aquellos años todavía no sabíamos que una canción podía convertirse, con el tiempo, en una cápsula de la memoria. Para nosotros era solamente el himno de las Cobras. Lo cantábamos, lo escuchábamos en el estadio y seguramente nunca imaginamos que algún día esas palabras serían capaces de abrir una puerta hacia aquellos años. En México siempre se ha dicho que el futbol es el deporte nacional, aunque en nuestra frontera hubo épocas en que los verdaderos deportes oficiales parecían ser la fayuca, los volados y la supervivencia diaria.
Antes de las Cobras, el beisbol había ocupado buena parte de ese lugar. Los Indios de Ciudad Juárez habían conseguido el campeonato de 1982 con figuras como Rafael García y José “Peluche” Peña. Entre aquellos campeones ya lanzaba un zurdo que todavía no sabía que su brazo lo llevaría mucho más lejos: Teodoro Higuera. Tres años después debutaría con los Cerveceros de Milwaukee y, en 1986, se convertiría en el primer mexicano en ganar veinte juegos en una temporada de la Liga Americana.
La ciudad se había vuelto a enamorar de la pelota, pero la alegría duró poco. En 1984, después de perder la final contra los Leones de Yucatán, los Indios desaparecieron del circuito de verano. Los costos, las distancias y aquella vieja dificultad de vivir tan lejos del centro del país terminaron por hacer inviable el proyecto.
Y Juárez volvió a quedarse esperando. Hasta que apareció el futbol. Las Cobras llegaron a la frontera tras una historia que a nosotros nos importaba poco: habían venido de Querétaro, ascendieron a Primera División en 1986, descendieron un año después y terminaron en manos de la familia De la Vega, encabezada por don Federico, quien decidió trasladar la franquicia a nuestra ciudad. Para nosotros no había tanta vuelta que darle; había algo mucho más sencillo: las Cobras eran nuestras.
Detrás de aquel proyecto estaba también una figura que, con apenas unos cuantos años más que muchos de nosotros, terminaría haciendo historia en el futbol mexicano. Alejandra de la Vega, hija de don Federico, filántropo y visionario juarense, se convirtió a los 23 años en presidenta de las Cobras y en una de las primeras mujeres en ocupar una posición de ese nivel dentro del futbol profesional mexicano. Mucho antes de que fuera común ver a una mujer tomando decisiones en un mundo que parecía reservado exclusivamente para los hombres, ella ya estaba ahí.
En una ciudad acostumbrada a recibir equipos, productos, películas, modas y hasta sueños provenientes del otro lado de la frontera, aquello tenía un significado especial. Por fin algo no venía de fuera para entretenernos; por fin algo llevaba nuestro nombre.
La Segunda División de aquellos años era una verdadera aduana de asfalto, calor y kilómetros. Tapatío, Coras de Tepic, Leones de la UAQ, SUOO y Zacatepec formaban parte de aquel duro recorrido. Sin embargo, había un rival diferente: Santos Laguna. Cuando Santos llegaba al Estadio Benito Juárez, las gradas se partían en dos. No era casualidad: durante años, miles de familias habían llegado a la frontera desde Torreón, Gómez Palacio y Ciudad Lerdo buscando trabajo y una vida mejor, trayendo consigo sus costumbres y a su equipo. Las porras se respondían desde las tribunas, los gritos iban y venían y, al calor de las cervezas, tampoco faltaban los guamazos.
Viendo aquellos duelos entendí que algo había cambiado: ya no éramos simples espectadores; Juárez tenía un equipo y nosotros teníamos por quién dejar la garganta y, si hacía falta, hasta la piel.
Y entonces llegó el inolvidable verano de 1988. Las Cobras, dirigidas por Joaquín Mendoza, llegaron a la final de la Segunda División contra el León. El primer partido en Juárez, el 2 de julio, terminó en un tenso 0-0. Todo se decidiría en el Nou Camp.
Yo estuve ahí aquella tarde y todavía puedo regresar a ese momento. Lo primero que recuerdo es la lluvia: no un chubasco pasajero, sino una tormenta constante e insistente que se metía en la ropa hasta hacerte olvidar si alguna vez iba a parar. La cancha y las tribunas estaban empapadas, pero nadie se movía. León se puso arriba y el tiempo comenzó a jugar en contra; cada minuto que pasaba parecía llevarse un pedazo del sueño.
De pronto, la oportunidad: penal a favor de Juárez. Rogelio Romero tomó el balón. Uno imagina que en esos momentos el estadio se queda en silencio, pero no es cierto; aquello era una mezcla de gritos, lluvia y nervios deshechos. Romero se perfiló, disparó… y la pelota se fue por encima del travesaño, descalabrando al vendedor de cerveza de la décima fila. Por un instante pareció que todo estaba perdido. El sueño se había quedado suspendido entre la lluvia y aquella pelota que había terminado perdida en la tribuna. Pero aún quedaba aliento. Y entonces apareció Enrique Guzmán. Todavía puedo verlo: en medio de aquella lluvia inclemente, se levantó del suelo, se suspendió en el aire y conectó el balón de media tijera.
Gol: 1-1.
No sé cuánto duró aquel instante —quizá apenas unos segundos—, pero hay momentos que valen una vida entera. Para mí, esa jugada fue la prueba de que las Cobras se negaban a morir. Habían fallado un penal, habían estado contra las cuerdas bajo un aguacero interminable y seguían vivas. El resultado obligaba a un tercer partido en terreno neutral y apareció el escenario más grande imaginable: el Estadio Azteca. El 12 de julio de 1988, las Cobras y el León se encontraron por última vez. Para un equipo que apenas llevaba un año en Juárez, el Coloso de Santa Úrsula parecía un lugar reservado solo para los gigantes del futbol mexicano. Pero ahí estaban nuestras Cobras, y nosotros con ellas a través de la pantalla de Televisa.
El partido fue cerrado, durísimo, de esos donde cada balón pesa una tonelada. León tomó la iniciativa, pero Juárez resistió con el cuchillo entre los dientes hasta que llegó la jugada decisiva: Mauricio “Kalimán” Baeza mandó un centro venenoso al área, la presión de la delantera provocó el pánico en la zaga leonesa y Juan Lino terminó metiendo el balón en su propia portería. 1-0.
Y ahora tocaba aguantar. Aguantar todo el partido, todo el estadio, todo el sueño. Para eso estaba Jorge “Wama” Núñez. El portero de las Cobras firmó una de esas actuaciones que convierten a un jugador en leyenda. León se fue encima con todo, pero el “Wama” parecía multiplicarse en el aire. Una atajada, otra y otra más. Cada vuelo suyo mantenía con vida el marcador; cada manotazo desviaba también un poco de nuestra angustia.
Se agotaron los minutos, luego los segundos y, finalmente, cuando ya no nos quedaban uñas que seguir comiendo, llegó el silbatazo final.
Las Cobras eran campeonas.
Juárez ascendía a la máxima categoría.
Aquella noche la frontera explotó. Imagino las casas, los radios y los televisores siendo testigos de abrazos, gritos y llamadas emocionadas. Aquello no era solo futbol: era Juárez ganándole una batalla a esa vieja sensación de estar siempre en el olvido.
A partir de entonces, los colosos del país tuvieron que venir a rendir cuentas al Benito Juárez. América, Chivas, Cruz Azul y Pumas pisaron nuestro césped, mientras a nosotros nos tocaba visitar plazas míticas como el Estadio Jalisco o el Azulgrana. Por primera vez, Juárez no veía el futbol nacional por televisión: estaba en el centro de la fiesta.
Eso hacía el cuadro ofidio: le daba a la ciudad un motivo para abrazarse. Durante noventa minutos, el obrero de la maquila se sentaba junto al del taller, el del mostrador junto al de la oficina y todos hablaban el mismo idioma. Y cuando las cosas salían mal, existía una certeza profundamente democrática: el árbitro y su mamá siempre tenían la culpa.
Después vendrían otros tiempos. Las Cobras desaparecerían con los años, como tantas cosas que parecieron destinadas a durar para siempre. Los jugadores siguieron sus caminos, los estadios envejecieron y nuevas generaciones encontraron otros héroes.
Pero hay escenas que se quedan atrapadas en la memoria: la lluvia en León, el penal fallado, el silencio de un segundo y Enrique Guzmán flotando en el aire para rescatar la fe. Y después, el Azteca: el centro del “Kalimán”, la pelota en la red, los vuelos providenciales del “Wama” Núñez y aquel silbatazo que nos dijo que la historia también podía escribirse desde este rincón del mapa.
El equipo no duró para siempre, pero no tenía que hacerlo. Durante un breve instante consiguieron algo más difícil que ganar una final: consiguieron que una ciudad entera creyera en sí misma. En aquellos días de julio de 1988, Juárez dejó de mirar hacia el centro del país y fue el centro del país, por esta ocasión, el que tuvo que voltear a vernos a nosotros.
Por eso, cuando pienso en las Cobras, no recuerdo solamente un trofeo, sino a una ciudad unida, una lluvia que no quería parar, una media tijera suspendida en el tiempo y aquel enorme estadio que parecía pertenecerle a otros… hasta que llegamos nosotros. Y por una tarde, bajo el cielo inmenso de Santa Úrsula, aquel campo donde caminaron gigantes también fue nuestro.

