Ser músico en Ciudad Juárez ya no consiste únicamente en dominar un instrumento y subir a un escenario. Para quienes deciden convertir la música en profesión significa aprender a vivir de ella, entender de tecnología, buscar oportunidades, emprender, enseñar y abrirse espacio en un mercado que exige mucho más que talento. Y antes de obtener el primer ingreso, hay que invertir tiempo y dinero.
“Ya ahorita el músico ya no solamente es un ejecutante o un talento artístico, sino también ya tiene que hablar de un tema de negocio, un tema de cómo manejar herramientas tecnológicas también, cómo va a emprender en este camino”, explica José Manuel Ibarra Leurín, coordinador de la Licenciatura en Música y de la Especialidad en Educación Musical de la Universidad Autónoma de ciudad Juárez (UACJ).
La profesión, agrega el maestro universitario, también comienza con una inversión considerable. Un instrumento puede costar, “bajita la mano”, unos 30 mil pesos, señala Ibarra. Los estudiantes deben conseguir recursos para comprarlo, continuar sus estudios y mantener un rendimiento académico adecuado. Algunos saben desde que ingresan que estudiar música también implica aprender a administrar sus propios recursos.
“Sigue siendo un estigma, claro que sí, sigue siendo un estigma, sobre todo la Licenciatura en Música”, reconoce Ibarra. Aquella frase de “te vas a morir de hambre” continúa apareciendo cuando un joven anuncia en casa que quiere estudiar música. La Universidad trata de combatir esa idea mostrando a las familias las distintas posibilidades laborales que existen actualmente.
El panorama ha cambiado en dos décadas. La Licenciatura en Música de la UACJ acaba de cumplir 20 años y actualmente reúne entre 150 y 160 estudiantes. Cada año ingresan alrededor de 40 o 50. Cuando Ibarra estudiaba ahí, recuerda, eran apenas unos 20 o 25 matriculados y generalmente llegaban después de los 20 años. Ahora algunos comienzan su formación desde los 12 o 15 años y entran a la carrera prácticamente al terminar la preparatoria.
“Tenemos chicos que vienen de estas zonas, de Riberas del Bravo, de las zonas del poniente también, que pues han dado su vida al arte”, relata. Para algunos, estudiar implica además recorrer grandes distancias dentro de una ciudad extendida para llegar a la universidad. Ibarra los ha visto comenzar en proyectos comunitarios y encontrarlos años después estudiando profesionalmente.
Los egresados pueden convertirse en docentes, integrarse a proyectos comunitarios, dirigir agrupaciones, participar en orquestas o formar nuevos músicos. Ibarra vivió ese proceso como fagotista y posteriormente como profesor. Le correspondió formar lo que describe como la primera camada de fagotistas de Ciudad Juárez y hoy algunos de sus antiguos alumnos trabajan enseñando a nuevas generaciones.
“Tengo el caso de un alumno directo mío… mostré yo mi instrumento y se enamoró desde el primer momento de él, y hasta la fecha ahorita es mi compañero, mi colega en la orquesta”, recuerda Ibarra. El alumno terminó formando a otros jóvenes y dirigiendo una banda sinfónica. El maestro terminó compartiendo escenario con quien alguna vez comenzó frente a él como estudiante.
Así funciona parte del ecosistema musical juarense. Un joven aprende un instrumento, estudia una carrera y después puede convertirse en profesor de otro muchacho que comienza exactamente donde él empezó. Las bandas, orquestas y proyectos comunitarios funcionan también como espacios de formación y como posibles fuentes de trabajo.
“Nosotros forjamos una comunidad musical. Entonces, cuando nosotros tenemos una banda o una orquesta, el chico no quiere salir de ahí, el niño o la niña no quieren salir de eso”, explica. Ibarra considera que pertenecer a estas agrupaciones desarrolla disciplina y organización, porque los jóvenes deben combinar ensayos, escuela y responsabilidades personales.
Pero profesionalizarse no significa abandonar la parte sensible del oficio. Para Ibarra, un músico tampoco puede limitarse a reproducir correctamente una partitura. Debe interpretar, encontrar una expresión propia y transmitirla. Esa capacidad adquiere un valor particular en una sociedad donde las pantallas y otros distractores ocupan cada vez más tiempo entre los jóvenes.
“Creo que estamos nosotros en una misión de poder convertir a Ciudad Juárez en una ciudad realmente musical y sobre todo sensible a todas las expresiones artísticas”, señala.
Para quienes ahora tienen una banda de rock o tocan en la rondalla en la preparatoria, cargan una guitarra entre clases o todavía dudan si pueden convertir esa afición en profesión, Ibarra tiene como referencia su propia historia. Él también fue aquel adolescente que llevaba la guitarra a la escuela, participaba en rondallas y pertenecía a una orquesta comunitaria.
“Que no desistan, que no se rindan… realmente es un sueño el estudiar música, el dedicarte a esto, pues que lo persigan”, expresa. La música lo llevó después a tocar en Canadá, Estados Unidos, España y Alemania, además de convertirse en docente y gestor educativo.
Ser músico en Juárez significa entonces aprender a tocar, pero también descubrir cómo pagar un instrumento, conseguir trabajo, enseñar, emprender y adaptarse a nuevas tecnologías. El viejo temor de “morirse de hambre” todavía acompaña a la profesión, pero dos décadas de formación universitaria y nuevas generaciones de músicos están construyendo otros caminos para responder una pregunta mucho más práctica: cómo hacer del arte una forma de vida.

