La neblina inundó el lugar mientras las luces barrían la pista en todas direcciones. A nuestro alrededor había robots que parecían sacados de Terminator y, suspendida sobre la pista principal, una especie de araña con cabezas de robot en la punta de cada pata escupía destellos mientras se abría lentamente, como si estuviera despertando de un largo sueño. Todo ocurría al ritmo del intro de O Fortuna, en aquella versión de Apotheosis que parecía hecha para anunciar que algo extraordinario estaba a punto de comenzar. Mientras nosotros intentábamos procesar todo aquello, unos personajes vestidos de monjes entraron a la pista. Caminaban lentamente, casi en procesión, y la música hacía que el ambiente adquiriera un aire de misterio.
Entonces llegó el momento. El intro dio paso a la canción completa: los coros teatrales y operísticos se mezclaron con aquellos sintetizadores que solo el techno de los noventa parecía saber utilizar de esa manera. Los monjes se quitaron las túnicas, revelaron sus atuendos de bailarines y comenzaron la coreografía. Era el ballet de Vértigo. Yo no sabía exactamente qué estaba viendo, pero sí sabía que quería seguir mirando. Después de unos minutos, ellos mismos fueron los encargados de abrir la pista, jalando a bailar a quienes estaban alrededor. Ahí comenzó oficialmente la tardeada.
Era nuestra primera vez en aquella maravillosa discoteca, uno de los grandes emblemas de la vida nocturna de Ciudad Juárez durante los noventa y parte de los dos mil. El lugar ya tenía tiempo funcionando, pero aquella ocasión fue especial: por primera vez habían abierto sus puertas a los adolescentes para convertir las tardes de domingo en una fiesta que, para nosotros, parecía no tener límites. Juárez siempre ha tenido lugares capaces de sorprender; durante aquellos años estaban el Electric Q, el Cosmos y otros sitios que competían por tener las luces más espectaculares, los mejores equipos de sonido y la tecnología más novedosa. Pero Vértigo tenía algo diferente: tenía personalidad, tenía alma. Por algo su lema era “La explosión de tus sentidos”, y para quienes entrábamos ahí por primera vez no era ninguna exageración. Mis sentidos realmente explotaron aquella tarde.
A partir de entonces, Vértigo se convirtió en uno de mis lugares favoritos. Los domingos, alrededor de las cinco de la tarde, asistíamos religiosamente a olvidar durante unas horas los problemas de la adolescencia y a sacar toda nuestra energía al ritmo de The Cure, Erasure, Depeche Mode y lo mejor del techno que llegaba de Europa y Estados Unidos. Las puertas abrían casi una hora antes del inicio oficial de la tardeada. Mi amigo Tony y yo llegábamos justo en cuanto nos permitían la entrada; dicho de otra manera, llegábamos a barrer. No nos importaba: éramos de los primeros en entrar y, durante unos minutos, la pista prácticamente nos pertenecía. Pero no llegábamos tan temprano para bailar; el verdadero motivo eran aquellas impresionantes pantallas gigantes donde proyectaban videos musicales con lo mejor de la época. Podíamos quedarnos ahí, hipnotizados, viendo a nuestros artistas favoritos aparecer a un tamaño que jamás habíamos imaginado posible. Para nosotros aquello también formaba parte del espectáculo, porque ahí dentro todo parecía más grande: la música, las luces, la pista, las pantallas, las emociones… hasta nosotros mismos. Por unas horas, las diferencias parecían importar menos; ahí cabíamos todos, desde los que llegaban con ropa comprada en El Paso hasta los que habían encontrado la suya en alguna tienda del centro; los que ya sabían bailar y los que todavía parecían estar negociando con sus propios pies.
Claro que había reglas. Existía un protocolo de entrada y se reservaban el derecho de admisión: la camisa era obligatoria y tenía que ir fajada, el pantalón podía ser de vestir o de mezclilla, y estaba la famosa barra libre de refresco. Para nosotros era más que suficiente: no necesitábamos alcohol para sentirnos invencibles. Nos bastaban una pista llena, una buena canción y la certeza de que nuestros padres habían aceptado que saliéramos aquella tarde. Además, había algo maravilloso en saber que todavía teníamos que regresar a casa, porque uno podía sentirse adulto dentro de ese lugar, pero afuera seguíamos siendo adolescentes.
Las horas pasaban demasiado rápido. A las cinco de la tarde parecía que teníamos toda la vida por delante, pero conforme se acercaban las nueve comenzaba a aparecer una ansiedad que nadie confesaba. Uno quería detener el reloj o, por lo menos, convencerlo de avanzar un poco más despacio, porque sabíamos lo que venía: la música lenta. Esa era la señal del principio del fin. Cuando comenzaban las baladas, la energía de la pista cambiaba; las luces parecían menos agresivas, las conversaciones se volvían más íntimas y aparecía una posibilidad que durante toda la tarde había estado flotando en el aire: bailar con alguien. A veces era una persona que habías conocido apenas unas horas antes. Una mirada, una sonrisa, una canción, un tímido “¿Bailamos?”, y de pronto aquella tarde podía terminar con un número telefónico escrito en la palma de la mano. Después vendrían las llamadas, una amistad o tal vez algo más. Y si no ocurría nada de eso, tampoco importaba demasiado: habíamos bailado, habíamos reído, habíamos estado juntos. Durante unas horas, el mundo había sido nuestro.
Dentro también había un lugar al que se llegaba bajando unas escaleras: el bar Laberinto. Era una especie de refugio para quienes preferían alejarse un rato del estruendo de la pista; allí la música era más tranquila y el volumen permitía conversar sin tener que gritarle al oído a la persona que estaba frente a ti. Era el sitio perfecto para seguir conociendo a alguien, platicar con los amigos o simplemente descansar un rato antes de regresar a la pista. En aquellos años no sabíamos que estábamos viviendo una época que algún día extrañaríamos. No pensábamos en eso; los adolescentes rara vez vemos hacia el futuro cuando estamos felices. Creíamos que siempre habría otro domingo, otra tardeada, otra canción, otra oportunidad para encontrarnos bajo aquellas luces. Y quizá esa era la verdadera magia: no saber que algo es irrepetible mientras está ocurriendo.
Aunque para nosotros todo aquello parecía eterno, naturalmente no lo era. Los domingos, las tardeadas y las canciones terminaban, mientras nosotros también comenzábamos a crecer. Alguna de aquellas fue la última tarde que bailamos en ese lugar, pero ninguno lo sabía. Llegaron los estudios, el trabajo, las responsabilidades, las relaciones, las ciudades nuevas y todos esos asuntos que poco a poco van ocupando el espacio que alguna vez perteneció a las tardes de domingo. Sin darnos cuenta, dejamos de preguntar qué canción estaba sonando y comenzamos a preocuparnos por cuántas horas dormiríamos antes de levantarnos al día siguiente. La vida adulta tiene esa costumbre: uno no abandona la juventud de golpe, la va dejando en pequeñas cosas. Un domingo al que ya no vas, una canción que escuchas por casualidad, un amigo al que hace meses no ves, un lugar al que prometes regresar algún día. Vértigo, mientras tanto, siguió ahí, como si nos estuviera esperando… hasta que un día dejó de estarlo.
Cuando cerraron, yo estaba lejos de Ciudad Juárez. La noticia me llegó con esa melancolía extraña que producen las cosas que uno sabe que algún día tendrán que desaparecer, pero que, en el fondo, espera que permanezcan para siempre. Porque cerrar una discoteca no parece, desde afuera, una tragedia: no es una casa demolida donde vivió una familia, no es una escuela que desaparece ni una calle que cambia de nombre; es solamente un negocio que cierra. Pero para quienes estuvimos ahí no era solamente un negocio: era un pedazo de nuestra adolescencia. Era el lugar donde aprendimos a bailar, a mirar, a acercarnos, a alejarnos, a esperar una canción, a esperar una mirada y a descubrir que una tarde podía parecer interminable y, al mismo tiempo, terminar demasiado pronto. Quizá por eso la noticia me dolió más de lo que esperaba: no estaba desapareciendo solamente un edificio, estaba desapareciendo el escenario donde alguna vez fuimos jóvenes.
Hoy puedo recordar aquella primera tarde con una claridad que me sorprende. La neblina, las luces, los robots, la araña mecánica abriéndose sobre la pista, los monjes caminando lentamente, el golpe de entrada de O Fortuna, los sintetizadores, los amigos, las primeras miradas y la sensación de estar entrando en algo que no comprendíamos del todo, pero que nos parecía extraordinario. Y nosotros, adolescentes, convencidos de que aquello duraría para siempre. Pero quizá eso es precisamente lo que hace que algunos lugares se vuelvan inolvidables: no porque hayan durado para siempre, sino porque, mientras estuvimos dentro, nosotros creímos que así sería.
Vértigo desapareció y nosotros también crecimos, pero todavía puedo cerrar los ojos y escuchar aquella música. Durante unos segundos vuelvo a tener la edad de entonces, vuelvo a estar frente a la pista, a escuchar los primeros compases, a mirar las luces, a sentir aquella mezcla de emoción y miedo que solo existe cuando uno todavía no sabe qué va a pasar esa tarde. Y entonces comprendo que quizá eso era aquel lugar: no solamente una discoteca, sino una pausa en el tiempo. Un lugar donde podíamos entrar siendo adolescentes y salir sintiéndonos un poco más grandes; un lugar donde aprendimos que una canción podía cambiar una noche, que una mirada podía quedarse en la memoria durante años y que una tarde cualquiera podía convertirse, sin avisarnos, en un recuerdo para toda la vida.
Porque la juventud se parece mucho a una buena tardeada: uno entra pensando que tiene toda la vida por delante, baila, ríe, conoce gente, se enamora un poco, se equivoca otro tanto y por un momento cree que aquello no va a terminar nunca… hasta que cambian la música, hasta que empiezan las baladas, hasta que las luces se encienden y uno descubre, demasiado tarde, que el tiempo pasó volando. Quizá por eso lo sigo recordando con una emoción difícil de explicar, porque aquel lugar no solamente hizo explotar nuestros sentidos: nos enseñó, sin que lo supiéramos, que la vida también tiene sus tardeadas. Que algunas canciones duran apenas unos minutos, que algunas personas permanecen, que otras se van y que algunos lugares desaparecen.
Pero mientras la música siga sonando dentro de nosotros, podemos regresar. Vértigo: la explosión de tus sentidos. El lugar donde dejamos algunas de las mejores tardes, las primeras ilusiones y, por supuesto, los mejores pasos prohibidos. Y aunque las luces se hayan apagado hace mucho tiempo, todavía puedo escuchar la música, todavía puedo ver la pista, todavía puedo sentir la neblina… y por unos minutos, solo por unos minutos, Vértigo vuelve a abrir sus puertas.
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Miguel Ángel Gámez Castillo nació el 9 de septiembre de 1974 en San Luis Potosí. Es profesor desde 1996 y ganador del Premio Voces al Sol 2026, de la UACJ. Su trayectoria combina más de tres décadas dedicadas a la enseñanza con su trabajo en la literatura.

