Este 11 de septiembre se cumplen 53 años de una de las jornadas más dolorosas de la historia latinoamericana. En 1973, el Palacio de La Moneda fue bombardeado y el gobierno constitucional de Salvador Allende llegó violentamente a su fin. Con él terminó también el proyecto de la Unidad Popular, que había intentado construir por la vía electoral un modelo socialista basado en una mayor intervención del Estado, redistribución de la riqueza, ampliación de derechos sociales y una intensa participación política y cultural.
Allende había llegado a la Presidencia en 1970 después de ganar las elecciones como candidato de la Unidad Popular. Su experiencia adquirió relevancia mundial porque proponía avanzar hacia el socialismo manteniendo las instituciones democráticas, las elecciones y el orden constitucional. Fueron años de profundas reformas, movilización popular y efervescencia cultural, pero también de creciente polarización, enfrentamientos políticos, desabasto, inflación y una severa crisis económica.
Desde antes de que Allende asumiera el poder, su proyecto encontró una poderosa resistencia interna y externa. Documentos desclasificados décadas después confirmaron que el gobierno estadounidense de Richard Nixon intervino para impedir su consolidación, financió a sectores opositores y promovió acciones destinadas a debilitar políticamente a su administración. La evidencia histórica sobre Estados Unidos es amplia respecto de esas operaciones de desestabilización, aunque sigue existiendo discusión entre especialistas acerca de su participación directa en la planificación operacional del golpe del 11 de septiembre.
Aquella mañana, las Fuerzas Armadas y Carabineros se levantaron contra el gobierno. La Armada controló Valparaíso, mientras unidades militares ocuparon puntos estratégicos del país. En Santiago, los golpistas exigieron la renuncia inmediata del presidente. Allende rechazó abandonar el cargo y permaneció dentro de La Moneda junto con colaboradores y miembros de su seguridad.
Poco después, aviones Hawker Hunter de la Fuerza Aérea bombardearon el palacio presidencial. Las imágenes de La Moneda envuelta en humo terminaron convirtiéndose en uno de los símbolos más reconocibles de los golpes militares que marcaron a América Latina durante el siglo XX. Allende murió ese mismo día dentro del edificio; las investigaciones judiciales chilenas determinaron posteriormente que se suicidó.
El golpe abrió paso a una junta militar y posteriormente a la dictadura encabezada por Augusto Pinochet, que permaneció en el poder hasta 1990. El Congreso fue disuelto, los partidos fueron proscritos o restringidos y miles de personas sufrieron prisión política, tortura, ejecución, desaparición o exilio. La ruptura democrática dejó una herida que continúa formando parte del debate político y de la memoria colectiva chilena.
Horas antes de morir, mientras las Fuerzas Armadas avanzaban y las estaciones partidarias del gobierno eran silenciadas, Salvador Allende habló por última vez a través de Radio Magallanes. Su mensaje sobrevivió al golpe y algunas de sus frases terminaron recorriendo el mundo, particularmente aquella en la que anticipaba que algún día volverían a abrirse “las grandes alamedas”.
Este fue su último discurso, pronunciado aquella mañana:
“Ésta será, seguramente, la última oportunidad en que me pueda dirigir a ustedes. La Fuerza Aérea ha bombardeado las torres de Radio Portales y Radio Corporación. Mis palabras no tienen amargura, sino decepción, y serán ellas el castigo moral para los que han traicionado el juramento que hicieron: Soldados de Chile, comandantes en jefe y titulares…, el almirante Merino… más el señor Mendoza, general rastrero que sólo ayer manifestara su solidaridad y lealtad al gobierno, también se ha denominado director general de Carabineros.
Ante estos hechos sólo me cabe decirles a los trabajadores: Yo no voy a renunciar. Colocado en un tránsito histórico, pagaré con mi vida la lealtad del pueblo. Y les digo que tengo la certeza de que la semilla que entregáramos a la conciencia digna de miles y miles de chilenos no podrá ser segada definitivamente. Tienen la fuerza, podrán avasallarnos, pero no se detienen los procesos sociales ni con el crimen ni con la fuerza.
La historia es nuestra y la hacen los pueblos.
¡Trabajadores de mi Patria!: Quiero agradecerles la lealtad que siempre tuvieron, la confianza que depositaron en un hombre que sólo fue intérprete de grandes anhelos de justicia, que empeñó su palabra en que respetaría la Constitución y la ley, y así lo hizo. En este momento definitivo, el último en que yo pueda dirigirme a ustedes, espero que aprovechen la lección.
El capital foráneo, el imperialismo, unidos a la reacción, crearon el clima para que las Fuerzas Armadas rompieran su tradición: la que les señaló Schneider y que reafirmara el Comandante Araya, víctimas del mismo sector social que hoy estará en sus casas esperando, con mano ajena, reconquistar el poder para seguir defendiendo sus granjerías y sus privilegios…
Me dirijo sobre todo, a la modesta mujer de nuestras tierras, a la campesina que creyó en nosotros, a la obrera que trabajó más, a la madre que supo sobre la preocupación por los niños.
Me dirijo a los profesionales de la Patria, a los profesionales patriotas que siguieron trabajando contra la sedición auspiciada por los colegios profesionales, colegios de clases para defender también las ventajas de una sociedad capitalista de unos pocos.
Me dirijo a la juventud, a aquellos que cantaron y entregaron su alegría y espíritu de lucha. Me dirijo al hombre de Chile, al obrero, al campesino, al intelectual, a aquellos que serán perseguidos, porque en nuestro país el fascismo ya estuvo hace muchas horas presente; en los atentados terroristas, volando los puentes, cortando las vías férreas, destruyendo lo oleoductos y los gaseoductos, frente al silencio de quienes tenían la obligación de proceder. Estaban comprometidos. La historia los juzgará.
…Seguramente Radio Magallanes será acallada y el metal tranquilo de mi voz no llegará a ustedes. No importa, la seguirán oyendo. Siempre estaré junto a ustedes. Por lo menos mi recuerdo será el de un hombre digno que fue leal con la Patria.
El pueblo debe defenderse, pero no sacrificarse. El pueblo no debe dejarse arrasar ni acribillar, pero tampoco puede humillarse.
¡Trabajadores de mi Patria!: Tengo fe en Chile y en su destino. Superarán otros hombres este momento gris y amargo donde la traición pretende imponerse. Sigan ustedes sabiendo que, mucho más temprano que tarde, de nuevo abrirán las grandes alamedas por donde pase el hombre libre, para construir una sociedad mejor. ¡Viva Chile!, ¡Viva el pueblo!, ¡Vivan los trabajadores!
Éstas son mis últimas palabras, teniendo la certeza de que mi sacrificio no será en vano. Tengo la certeza de que, por lo menos, habrá una sanción moral que castigará la felonía, la cobardía y la traición”.

