Los números de la OCDE traen buenas noticias para México y, de paso, dejan mal parados algunos viejos y tercos pronósticos. En julio, el desempleo mexicano se ubicó en 2.7 por ciento, la segunda tasa más baja entre los países de la organización, solamente detrás de Japón.
Durante el neoliberalismo se encontró una fórmula bastante cómoda para presumir competitividad: trabajadores baratos, muchas ganancias y evasión fiscal. Se ofrecía mano de obra a precio de promoción permanente mientras el salario perdía capacidad de compra. Al trabajador se le pedía productividad, puntualidad, horas extras y paciencia. Mucha paciencia.
Con los gobiernos de la 4T comenzó una recuperación sostenida del salario mínimo y llegaron cambios en materia laboral, subcontratación, ampliación de las vacaciones y más protección social. Los augurios sobre cierres masivos de empresas y pérdida de empleos por mejorar los ingresos terminaron guardados junto con aquellos manuales económicos donde subir salarios parecía pecado, algo casi imposible.
Ahora aparece otro dato. Resulta que el desempleo promedio entre los países de la OCDE fue de 4.9 por ciento en julio, mientras México registró 2.7. Entre los jóvenes de 15 a 24 años alcanzó 6.2 por ciento, la tercera tasa más baja, frente al promedio de 11 por ciento dentro de la organización.
Todavía queda bastante por hacer, porque México registra un millón 678 mil personas desempleadas y las mujeres presentan una desocupación de 3 por ciento, superior al 2.5 por ciento de los hombres. Los jóvenes también enfrentan mayores dificultades para incorporarse al mercado laboral.
Durante décadas, cualquier beneficio para el trabajador parecía necesitar el visto bueno de los mercados, los economistas de corbata y del buen comer, y algún representante empresarial anunciando calamidades. Los salarios finalmente subieron, avanzaron los derechos laborales y, para sorpresa de los profetas del desastre, las empresas siguieron abriendo cada mañana.
México tiene hoy uno de los niveles de desempleo más bajos de la OCDE y trabajadores con mayores derechos. Falta avanzar en salarios, formalidad y oportunidades. Después de décadas en que la competitividad descansó demasiado sobre los hombros del trabajador, ya era hora de que la economía comenzara también a trabajar para él.
El trabajador mexicano desmonta viejos mitos
Y ya que andamos por estos lares laborales, resulta que el trabajador mexicano también se volvió más productivo. Según el Inegi, la productividad laboral creció 0.9 por ciento durante el segundo trimestre de 2026. Parece que aquello de mejorar las condiciones laborales no provocó la anunciada epidemia nacional de flojera.
Las actividades primarias avanzaron 1.1 por ciento, los servicios 0.9 y las actividades secundarias 0.5 por ciento respecto al trimestre anterior. En términos anuales, la productividad general aumentó 1.7 por ciento y acumuló tres trimestres consecutivos de crecimiento. El trabajador sigue haciendo su parte.
La productividad de las actividades primarias creció 7 por ciento anual, mientras los servicios avanzaron 2 por ciento. Las actividades secundarias retrocedieron apenas 0.1 por ciento. Hasta las estadísticas parecen empeñadas en complicarle el discurso a quienes asociaban mejores derechos con menor rendimiento.
Pero hay que poner la lupa en la productividad en el comercio al por mayor aumentó 5.2 por ciento durante el trimestre y en las constructoras 2.4 por ciento. Todo esto ocurre después de años de aumentos al salario mínimo y reformas laborales. Al parecer, pagar un poco mejor no le quita al trabajador las ganas de levantarse por la mañana.
Durante mucho tiempo nos vendieron la idea de que México necesitaba salarios bajos para ser competitivo. Era una teoría estupenda, especialmente para quien pagaba la nómina. El empleado ponía las horas, el esfuerzo y buena parte de su vida; luego algún experto explicaba en televisión por qué aumentarle el sueldo podía poner en peligro la economía nacional.

