Adriana tenía 13 años cuando conoció el cristal. Vivía en Parajes de San José, dentro de una familia donde los problemas se habían vuelto parte de la rutina. Su madre trabajaba en una maquiladora y su padrastro consumía drogas; cuando estaba alejado del consumo, vendía ropa usada en unas segundas del sector. La adolescente terminó cansándose de aquella vida y se marchó de casa.
Se fue con un hombre mayor que ella. Con el tiempo entendió que había buscado en él, de manera equivocada, la figura paterna que nunca tuvo. El hombre vendía drogas sintéticas en el suroriente de Ciudad Juárez y obtenía pocas ganancias. Después, ambos comenzaron a gastar buena parte de ese dinero cuando se “prendieron” del cristal.
En esa zona de la ciudad, de acuerdo con reportes de las autoridades durante los últimos cinco años, se ha detectado venta y consumo de esta droga, además de disputas entre grupos del crimen organizado por el control territorial. Los homicidios han formado parte de la violencia registrada en distintas colonias del sector.
“La primera vez que probé el cristal fue con mi novio. Hicimos una fiesta en la casa un viernes y duramos así hasta el lunes”, recuerda Adriana.

Cuenta su historia dentro del estudio de Eduardo Manzano, conocido en el mundo de los versos como Pok 37, en la colonia Pancho Villa. Frente al micrófono graba una canción acompañada por otras dos adolescentes del Centro de Integración y Formación Cristiano Tres Hilos. Lleva internada poco más de seis meses y está cerca de completar el séptimo, último periodo de su tratamiento integral.
Los nombres de Adriana, Valentina y Victoria son ficticios. Fueron utilizados en este reportaje para proteger la verdadera identidad de las tres menores de edad mientras cuentan episodios relacionados con el consumo de drogas y su proceso de recuperación.

Durante este año, el rapero Skritor-7 ha desarrollado un programa complementario dirigido a adolescentes y jóvenes, tanto de carácter preventivo como para quienes ya enfrentan problemas con alcohol o drogas. José Aarón García, su nombre real, lleva casi 25 años dentro de la música local y ha trabajado con sectores vulnerables utilizando el rap como una herramienta de intervención.

“Adriana, al igual que otras tres compañeritas del internado, está trabajando en su desarrollo personal a través del rap, que hemos utilizado como herramienta de intervención comunitaria y les ayuda a transformar contextos de riesgo”, explica Skritor-7.
A unos pasos se encuentra Valentina. Tiene 16 años y llegó al internado con ayuda de su familia después de aproximadamente dos años consumiendo cristal. Su vida comenzó a complicarse hasta que en 2025 decidió pedir ayuda a su madre.
“Yo me salí de la casa porque me gustaba la calle, mi mamá no me podía controlar y pues me fui de la casa a vivir con unas amigas”, recuerda después de terminar su participación en una canción escrita junto con sus compañeras.
Al principio consiguió trabajo y disfrutaba la libertad que había buscado. Sus amistades ya consumían cristal y ella terminó probándolo. La experiencia cambió rápidamente su rutina.

“Me enganché desde la primera vez y no pude dejar de consumirlo. Me salí de trabajar, perdí como diez kilos de peso en dos meses y a veces duraba toda la semana bien arriba”, cuenta.
Los problemas con los vecinos provocaron que sus amigas terminaran dejándola sola. Sin trabajo y sin dinero, conoció a un vendedor de drogas y se fue con él hasta una colonia ubicada en la periferia del suroriente de Juárez, prácticamente donde termina la mancha urbana.
“Fue muy feo todo lo que me pasó. Yo ya no quiero pasar por eso porque esa droga te destruye toda la vida, termina con todo, hasta dejarte sola en la calle”, agrega.
Victoria conoce una historia parecida. También vivía en el suroriente cuando comenzó consumiendo marihuana y después pasó al cristal. Ahora utiliza el rap como parte complementaria de su proceso de recuperación.
“Estuvo cabrón todo lo que me pasó. Al principio creía que tenía el control sobre el cristal, pero ya después lo necesitaba hasta para levantarme, porque me empezaban a doler los huesos con la malilla”, relata mientras se toca los antebrazos con las manos.

También terminó separándose de su familia. Anduvo de casa en casa y hubo días en los que dormía en tapias junto con otros jóvenes de su edad. Para entonces, el consumo ocupaba buena parte de sus pensamientos y de su vida cotidiana.
“Consumía para no sentirme mal porque el cuerpo me lo pedía. Luego me acordaba de mi familia y consumía para olvidar esa tristeza. Estaba toda destruida”, recuerda.
Su madre finalmente la encontró y la sacó del lugar donde permanecía junto con otros consumidores. A partir de ahí comenzó un proceso que la llevó al internado y, meses después, hasta ese pequeño estudio donde ahora convierte parte de lo vivido en versos.
Las tres adolescentes llegaron acompañadas por Aidé Arellanes García, directora del internado, quien mantiene un seguimiento cercano de su recuperación. Mientras ellas entran y salen de la cabina, Arellanes permanece en la sala acompañada por una asistente y observa constantemente lo que hacen.
El consumo de metanfetamina puede reflejarse en problemas neurológicos, emocionales, sociales y familiares. Arellanes señala que las consecuencias pueden ser particularmente graves durante la adolescencia debido a que el cerebro todavía se encuentra en desarrollo.
Skritor-7 también conoce esas historias. Durante años ha trabajado con cientos de jóvenes que atravesaron situaciones que comenzaron con abandonar sus hogares y, en los casos más graves que ha conocido, terminaron vinculados con grupos criminales e involucrados en homicidios.
“He visto cómo en algunos casos que parecían perdidos, la cultura y el arte ayudan a salir adelante a los jóvenes. Por eso para mí es muy importante el trabajo que realizo y hay veces que no gano nada. De hecho, hay chavos que ya andan rapeando, que ya le han abierto a músicos de otras ciudades que tienen mucha más experiencia”, señala.
El Centro de Integración y Formación Cristiano Tres Hilos queda aproximadamente a dos kilómetros del estudio de Pok 37. La distancia puede recorrerse en pocos minutos. Para Adriana, Valentina y Victoria, el camino que intentan recorrer ahora es mucho más largo. En la cabina comienzan por algo sencillo: ponerse frente al micrófono, contar parte de lo vivido y convertirlo en una canción.
El cristal atrapa cada vez más temprano
El cristal aparece una y otra vez en las historias de los adolescentes que llegan al Centro de Atención y Formación para Adolescentes. Algunos tienen 14, 15 o 16 años y detrás del consumo suelen existir conflictos familiares, problemas emocionales, abandono, dificultades escolares y una necesidad de pertenecer que puede terminar acercándolos a ambientes donde encuentran las drogas.

“La mayor droga que nosotros hemos detectado que ellos consumen es el cristal”, dijo Aidé Arellanes García, directora del Centro de Integración y Formación Cristiano Tres Hilos.

Aidé fue entrevistada dentro del refugio, donde está por cumplir dos años al frente de un espacio dedicado a atender a jóvenes y sus familias. Sentada frente a una computadora, mientras conversa, a su izquierda y en la parte superior varios monitores le permiten observar las actividades que se desarrollan en distintas áreas del centro.
En el lugar, las mujeres se encuentran separadas de los hombres, y durante la visita a las instalaciones fueron vistas algunas de las actividades de quienes en su mayoría, fueron internaros por sus padres o tutores.

El consumo, explicó, suele aparecer cuando ya existen otros problemas. Los adolescentes atraviesan una etapa de maduración en la que las decisiones pueden estar condicionadas por su entorno, las emociones y las experiencias acumuladas dentro de sus propias familias.
“Nosotros trabajamos los conflictos no resueltos, porque eso nos lleva a sentirnos mal, a sentir abandono, a sentir como que a nadie le interesan los adolescentes”, explicó Arellanes García.

En algunos casos, los jóvenes buscan una identidad y tratan de encajar en determinados grupos. La ausencia del padre, hogares encabezados por madres solteras y padres consumidores aparecen entre las situaciones que el centro ha encontrado en las historias de quienes reciben atención.
“Son conductas aprendidas que también traen los adolescentes”, señaló.

El cristal representa una preocupación especial por las consecuencias que su consumo puede provocar durante una etapa fundamental del desarrollo.Arellanes García explicó que han observado afectaciones neurológicas y emocionales que repercuten en la manera en que los adolescentes perciben sus necesidades, establecen relaciones y toman decisiones.

“El daño neurológico se va causando porque la sustancia hace que ellos no estén conscientes de sus necesidades”, explicó la directora. El deterioro puede acompañarse de conductas que incrementan su vulnerabilidad y los acercan a situaciones cada vez más riesgosas.
El problema puede avanzar más allá del propio consumo. De acuerdo con la experiencia del centro, algunos adolescentes terminan relacionándose con grupos ilícitos o participando en actividades que agravan su situación personal y familiar.
“No es nada más la desconfianza, sino las acciones a las que lleva el consumo de la sustancia”, advirtió Arellanes García.

La recuperación requiere tiempo. El centro trabaja durante un mínimo de siete meses con los adolescentes y posteriormente mantiene tres meses de atención ambulatoria. El tratamiento incluye también a los padres, debido a que el entorno familiar forma parte del proceso.
Médicos, psicólogos, pedagogos y consejeros en adicciones integran el equipo multidisciplinario. Algunos padres son canalizados a psicología y, cuando resulta necesario, reciben orientación para buscar atención especializada. Los jóvenes cuentan además con educación a distancia para continuar su formación mientras permanecen en tratamiento.

“Tratamos de trabajar tanto con los padres como con los adolescentes, porque esto no implica nada más que yo lo traiga aquí, hablemos y les demos las herramientas, sino trabajar todo su entorno”, explicó.
Para Arellanes García, la intervención puede comenzar antes de que exista una adicción consolidada. Cambios fuertes de conducta, rechazo constante a las figuras de autoridad, problemas escolares o abandonar los estudios pueden ser señales para que las familias busquen orientación.

“Vengan y soliciten una entrevista para ver cómo les podemos ayudar antes de que el joven delinca o se sumerja más en las adicciones”, pidió la directora.
El Centro de Atención y Formación para Adolescentes se encuentra en la calle Zacatecas 6526, en la colonia Colinas de Juárez. Las familias interesadas en solicitar orientación pueden comunicarse al 656-565-3132.

