Para nosotros, la esquina de María Martínez y Mariscal era la Catedral de la Lucha Libre, el mero Gimnasio Municipal. No hacía falta que nadie nos lo dijera. Ahí ocurrían cosas que en ningún otro lugar parecían posibles. En Juárez había iglesias para rezar y estaba el Neri Santos para todo lo demás.
La función comenzaba mucho antes de que sonara la primera campana. Desde varias cuadras antes aparecían los vendedores de lonches de colita de pavo, tacos al vapor, refrescos, duritos y máscaras que colgaban de los puestos como trofeos, todos gritando al mismo tiempo. Los niños caminábamos entre ellas imaginando que algún día seríamos luchadores. Había máscaras del Santo, de Blue Demon, de Mil Máscaras y otras que nadie reconocía, pero que igual terminaban vendiéndose porque tenían colmillos, colores bonitos o figuras impresionantes, aunque ni supiéramos el nombre del gladiador. Había luchadores de juguete y cuadriláteros en miniatura, igual de coloridos con todo y capa.
Frente a la taquilla se formaban filas que daban la vuelta a la cuadra. Algunos llegaban desde temprano para alcanzar buen lugar; otros compraban el boleto más barato y confiaban en la suerte. Nosotros éramos de esos. Lo que alcanzaba era para gayola. Desde allá arriba el ring parecía pequeño. Los luchadores parecían miniaturas, pero bastaba que comenzara la función para que todo recuperara su tamaño real. Además, siempre existía el chance de ir avanzando poco a poco entre la gente. Si la pelea estaba buena y nadie ponía demasiada atención, podíamos brincar una sección, luego otra, y terminar mucho más cerca del ring de lo que permitía nuestro presupuesto. Aquello era una aventura por sí sola y, cuando lográbamos colarnos hasta las primeras filas sin que nadie nos regresara a nuestro lugar, sentíamos que habíamos ganado algo importante.
Adentro hacía un calor de los mil demonios. No había aire acondicionado y el gimnasio se llenaba hasta donde la ley de la física lo permitía. El humo de los cigarros flotaba bajo la lámina, el olor a cerveza derramada se mezclaba con el sudor, el piso pegajoso porque sabrá Dios que líquido se había derramado, el olor a Iodex y los tacos que algunos seguían comiendo mientras esperaban la lucha estelar. Pero a nadie parecía importarle. Habíamos ido a ver lucha libre y nada iba a distraernos de eso.
La función comenzaba con las peleas preliminares. Eran luchadores jóvenes que buscaban abrirse camino o veteranos que todavía perseguían una oportunidad más. Algunos tenían técnica, otros compensaban con fuerza y varios simplemente tenían ganas. Porque ganarse un lugar ahí no era fácil. A Juárez llegaban luchadores de Torreón, Guadalajara, Monterrey, Aguascalientes y de la Ciudad de México. Muchos traían fama, campeonatos o carteles impresionantes, pero arriba del ring todo eso servía de poco. La afición juarense era conocedora y exigía desde la primera caída. Cuando una lucha no convencía, se notaba. Nosotros, sin embargo, esperábamos otra cosa: el momento en que aparecían las figuras que ya conocíamos por las revistas, la televisión o los carteles pegados por toda la ciudad.
Entonces sonaba la Marcha de Zacatecas.
Todavía puedo escucharla.
Se apagaba de pronto el alumbrado general y las luces amarillentas de encima del ring comenzaban a encenderse poco a poco, en unos minutos que nos parecían eternos, mientras la gente se ponía de pie.
Y entonces aparecían ellos.
Las máscaras eran lo mejor. Vistas con ojos de niño parecían objetos mágicos. Había máscaras sencillas pero elegantes, otras muy clásicas y reconocidas, y muchas con figuras extraordinarias. Algunas daban miedo, otras provocaban admiración inmediata y unas cuantas conseguían ambas cosas al mismo tiempo.
Por ese ring pasaron leyendas como El Santo, Blue Demon, Tinieblas, Mil Máscaras, El Solitario y El Rayo de Jalisco. Y a esa edad, verlos en persona era como encontrarse con personajes que habían escapado de la televisión para aparecer frente a nosotros.
Pero también estaban los rudos. Y eran otra historia.

Flama Roja, El Legionario, Fishman y El Cobarde, “malosos” locales, sabían perfectamente lo que el público quería ver: sillazos, mordidas en la frente y golpes prohibidos eran el pan de cada domingo en el Neri Santos. Las peleas podían comenzar de una manera normal, pero bastaba una trampa, un golpe ilegal o una provocación para que todo el gimnasio explotara. La gente se levantaba de los asientos, las mentadas, sobre todo de las abuelitas, volaban de un extremo al otro y más de uno amenazaba con brincar la barrera para poner orden por su cuenta. Mientras tanto, los “luchadores sucios” le echaban gasolina al fuego con una sonrisa socarrona después de alguna jugada chueca.
Entre los “limpios” locales más recordados estaban Rocky Star, Cinta de Oro y Samurai. También estaban El 32 y El 33, dos luchadores que durante un tiempo mantuvieron sus identidades en secreto y que después se convertirían en Los Crazy Boys, unos rudazos del ring. Más tarde se les uniría Julio Quiroga, mejor conocido años atrás como El Norteño.

Quiroga había sido luchador, luego réferi y, en un segundo aire, revivió su lado oscuro. Su nueva identidad incluía una careta de boxeador y una de las cochinadas más famosas de aquellos años. Debajo de la misma escondía una placa metálica y, al grito de “¡no estoy loco!”, conectaba un cabezazo que dejaba a los técnicos sangrando mientras el público enloquecía.
De niños no sabíamos que aquello era solo un espectáculo; para nosotros era real. Cuando alguien salía con la frente abierta o cuando la ambulancia permanecía encendida afuera de vestidores, era difícil darse cuenta de que todo formaba parte del show. Los golpes parecían reales. Las rivalidades parecían reales. Los odios parecían reales. Y eso era suficiente para nosotros.
La lucha libre tenía esa magia. Durante más de dos horas uno podía creer cualquier cosa: que los héroes existían, que los malosos merecían castigo, que una máscara tenía poderes, que una rivalidad duraría para siempre o que un hombre podía volar desde la tercera cuerda. También podía creer que Frankenstein, Freddy Krueger o el Hombre Lobo habían abandonado las películas para venir a pelear a Juárez. Todo parecía posible y quizá por eso funcionaba tan bien.
Las noches en ese gimnasio terminaban igual que habían comenzado: entre ruido, empujones y vendedores recogiendo sus cosas. Nosotros salíamos sudados, afónicos y felices, hablando de las llaves más impresionantes; otras veces alegábamos que el referee le había tirado paro a los rudos y, en ocasiones, pasábamos toda la semana esperando la revancha anunciada para el siguiente domingo. La lucha no terminaba cuando abandonábamos el gimnasio. Nos acompañaba de regreso a casa y, una vez ahí, poníamos en práctica las llaves y los lanzamientos sobre la cama, hasta romperle las patas. Después venía la operación de emergencia: acomodábamos unos tabiques debajo del colchón para que nuestros papás no se dieran cuenta.
Hoy muchas cosas han cambiado. Las grandes funciones dejaron de ser tan frecuentes, muchos de aquellos luchadores ya no están y algunas máscaras terminaron guardadas en cajones junto a fotografías amarillentas. Pero hay recuerdos que siguen encontrando la manera de regresar.
A veces basta escuchar las primeras notas de la Marcha de Zacatecas.
Entonces vuelvo a sentir el calor atrapado bajo la lámina. Regresan el olor a Iodex, la cerveza derramada y el murmullo de la multitud. Vuelven las máscaras de colores, los técnicos, los rudos y las historias que parecían más grandes que la propia ciudad. Y nosotros también regresamos. Volvemos a ser esos niños sentados en gayola, apretados entre desconocidos, esperando el momento exacto para brincar una sección más y acercarnos al ring.
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Miguel Ángel Gámez Castillo nació el 9 de septiembre de 1974 en San Luis Potosí. Es profesor desde 1996 y ganador del Premio Voces al Sol 2026, de la UACJ. Su trayectoria combina más de tres décadas dedicadas a la enseñanza con su trabajo en la literatura.

