Lo ocurrido con Jonathan “Honas” Meléndez y su familia permite observar una violencia que se ha instalado en distintos espacios de la vida cotidiana. El crimen ocurrió dentro de un departamento, presuntamente después de que una persona conocida consiguió ingresar. Uno de los detenidos era socio del músico y las autoridades mantienen el robo entre las principales líneas de investigación. Cuatro personas fueron asesinadas, incluida una niña de tres años.
México, lo vemos todos días en los partes policiacos, atraviesa desde hace años un deterioro social que puede observarse en crímenes entre vecinos, parejas, familiares, amigos, conocidos y socios. Riñas terminan con muertos, conflictos sentimentales desembocan en asesinatos y diferencias relacionadas con dinero o negocios llegan hasta las armas. La investigadora Leticia Cano Soriano, de la Escuela Nacional de Trabajo Social de la UNAM, ha estudiado precisamente cómo las crisis sociales afectan a familias y comunidades y generan rupturas y fragmentación del tejido comunitario.
La sociología ayuda a entender que estos hechos no aparecen aislados. Por otra parte, Johan Galtung planteó que la violencia puede analizarse desde dimensiones directas, estructurales y culturales. Desde esa perspectiva, el homicidio representa la expresión visible, mientras alrededor existen condiciones sociales que pueden facilitar la reproducción y normalización de distintas violencias. Investigaciones mexicanas han utilizado este enfoque para estudiar desigualdad, pobreza y marginación como componentes de la violencia estructural.
A bote pronto tras esta masacre, podemos asegurar que existe un proceso de normalización. Investigadores reunidos en el libro Salud mental y violencia colectiva. Una herida abierta en la sociedad, coordinado por Juan Ramón de la Fuente y Dení Álvarez Icaza, analizaron las consecuencias de años de violencia en México, entre ellas pérdida de confianza, trauma colectivo, consumo de alcohol y drogas, debilidad institucional y fractura familiar. Cuando las noticias sobre asesinatos entre familiares, vecinos o conocidos aparecen diariamente, el riesgo consiste en incorporar la violencia al paisaje habitual de la sociedad.
En el asesinato de Meléndez y su familia, la información conocida no establece que los detenidos hubieran consumido drogas, pero en muchos otros casos sí, de acuerdo con reportes oficiales. La investigación sobre el crimen que ha conmocionado al país, se concentra en una posible disputa relacionada con negocios y robo. El músico había advertido a un amigo que tendría una reunión con un socio con quien enfrentaba problemas y le pidió avisar a las autoridades si dejaba de comunicarse. Esa decisión indica que percibía algún riesgo. La misma presidenta Claudia Sheinbaum habló de este tema en la Mañanera de este 3 de septiembre.
El crimen adquiere otra dimensión por la relación existente entre víctima y presunto victimario. Uno de los señalados habría aprovechado su condición de socio para ingresar al domicilio. Ahí la violencia aparece vinculada con relaciones personales y económicas, un fenómeno que obliga a observar lo que sucede dentro de los espacios cotidianos. Un estudio reciente del antropólogo José Iñigo Aguilar Medina analiza precisamente la presencia de violencia en ámbitos como el hogar, la calle, la escuela y el trabajo, y propone fortalecer la educación para la resolución no violenta de conflictos.
Hablar de descomposición social que experimenta el país desde hace décadas, exige entonces observar adicciones, violencia familiar, conflictos vecinales, disputas económicas, acceso a las armas, desigualdad, impunidad y debilitamiento de los vínculos comunitarios. La respuesta requiere prevención de adicciones, fortalecimiento familiar y comunitario, educación para resolver conflictos y autoridades capaces de intervenir oportunamente.
El caso de Honas resulta estremecedor porque concentra varias señales de este deterioro y recuerda hasta dónde puede escalar un conflicto cuando la violencia se convierte en una forma de resolver diferencias.

