¡Qué bárbaro! Alejandro Moreno volvió a sacar la bola de cristal, la bolita pues. Ayer aseguró que en 2027 una gran coalición opositora le quitará a Morena la mayoría legislativa y que en 2030 recuperará la Presidencia. Qué maravilla esa seguridad. Qué temple. Qué capacidad para mirar las ruinas y descubrir un penthouse.
Alito lleva siete años anunciando el renacimiento del PRI mientras el PRI, obediente y disciplinado, continúa encogiéndose. No hay que burlarse de los sueños ajenos, desde luego, pero algunos sueños deberían venir acompañados de una calculadora. Veamos por qué.
Resulta que cuando Moreno asumió la dirigencia nacional en agosto de 2019, el PRI ya estaba herido por la paliza presidencial de 2018, pero todavía gobernaba 12 estados. Hoy gobierna dos, Coahuila y Durango. Son diez gubernaturas menos en términos netos. De las doce que recibió perdió once: Sonora, Sinaloa, Zacatecas, San Luis Potosí, Colima, Hidalgo, Tlaxcala, Guerrero, Oaxaca, Campeche y el Estado de México.
Durango llegó después, en 2022, mediante una alianza. Lo de Campeche posee cierto encanto autobiográfico, sobre todo porque Alito fue gobernador y ni siquiera logró conservar su propia entidad para el PRI. Qué detalle. Su estrategia territorial parece aquella dieta maravillosa en la que cada semana desaparecen kilos, sólo que aquí desaparecen estados.
Queda Coahuila, por supuesto. ¡Coahuila! El PRI lo levanta como si Alejandro Moreno hubiera llegado personalmente a fundarlo. Y sí, ahí acaba de ganar los 16 distritos locales con alrededor del 55 por ciento de los votos en alianza con UDC. El inconveniente es pequeñísimo, ya que Coahuila lleva 97 años consecutivos gobernado por el PRI.
Todo esto quiere decir que sobrevivió a presidentes, crisis, devaluaciones, alternancias, escándalos y generaciones completas de políticos mucho antes de que Alito apareciera con sus discursos. Presumir Coahuila como prueba de su exitosa conducción nacional sería como heredar la mansión de la abuela y organizar un cóctel para presumir que uno puso los cimientos.
La presidencial de 2024 tampoco parece el tráiler de ese regreso triunfal. Xóchitl Gálvez, candidata de PAN-PRI-PRD, consiguió únicasmente 16 millones 502 mil 697 votos frente a 35 millones 924 mil 519 de Claudia Sheinbaum. La distancia fue de 19 millones 421 mil 822 votos. No fueron tres casillas, un distrito perdido ni un desafortunado error de estrategia. Fueron más de 19 millones.
Y cuando se observa al PRI por separado aparece otra delicadeza, porque aportó 5 millones 736 mil 759 votos, mientras Movimiento Ciudadano, compitiendo sin aquella gran coalición, consiguió alrededor de 6.2 millones. El partido que gobernó México durante siete décadas quedó debajo de MC. En 2018 había obtenido aproximadamente 7.68 millones de votos presidenciales partidistas; para 2024 había perdido cerca de 1.94 millones, alrededor de una cuarta parte. Pero ya viene el regreso. Paciencia y tranqulidad, por favor.
Y llegamos a la militancia, donde aquello adquiere dimensiones de novela. En 2023 el PRI tenía 1 millón 411 mil 889 afiliados. Para 2026 el INE validó solamente 819 mil 103. Son 592 mil 786 militantes menos en apenas tres años. Si tomamos como referencia 2019, cuando distintas mediciones colocaban el padrón priista por encima de seis millones, la contracción resulta monumental.
Morena cuenta actualmente con 11 millones 629 mil 541 afiliados válidos. Hay aproximadamente 14 morenistas registrados por cada priista. Uno imagina a Alito observando esos números, acomodándose el saco y diciendo con absoluta serenidad: “Los tenemos exactamente donde queríamos”.
Pero recordemos que tampoco se fueron únicamente militantes desconocidos. Durante su gestión rompieron con el partido Miguel Ángel Osorio Chong, Claudia Ruiz Massieu, Eruviel Ávila y Nuvia Mayorga, además de los pleitos y distanciamientos con figuras como Dulce María Sauri, Pedro Joaquín Coldwell y Manlio Fabio Beltrones. Toda una reunión familiar. Nada más falta esconder la vajilla.
Hay que poner especial atención en que el conflicto interno se convirtió en compañero permanente de la dirigencia. Se van gobernadores, gubernaturas, votos, militantes y personajes históricos, mientras una figura permanece firme, inconmovible, eterna: Alejandro Moreno. Uno empieza a sospechar que el verdadero proyecto de supervivencia no era para el PRI.
La escena de ayer resulta todavía más deliciosa porque Alito prometió recuperar la mayoría legislativa en 2027 y acto seguido convocó a construir un gran frente opositor. Es decir, el PRI está tan fuerte que necesita al PAN, a Movimiento Ciudadano, organizaciones ciudadanas y, si se descuidan, al señor que acomoda las sillas. Buscar alianzas es perfectamente legítimo; así funciona la política.
Lo chisotoso de todo esto es vender simultáneamente la imagen de un PRI vigoroso y renacido cuando controla dos de 32 gubernaturas, conserva 819 mil militantes y en 2024 obtuvo individualmente menos votos presidenciales que Movimiento Ciudadano. Es como llegar a una cena con la tarjeta rechazada y anunciar que uno está pensando comprar el restaurante.
Nada garantiza que Morena gobernará eternamente ni que el PRI esté condenado a desaparecer. La política cambia. Los partidos se recuperan. Pero normalmente necesitan entender por qué perdieron, renovar dirigentes, reconciliarse internamente, recuperar territorio y convencer nuevamente a los ciudadanos.
Alejandro Moreno ha desarrollado una fórmula bastante más cómoda que tiene que ver con perder elecciones y anunciar las próximas victorias. Recibió doce gubernaturas y quedan dos; perdió casi 600 mil militantes solamente desde 2023; el PRI tiene cerca de dos millones de votos presidenciales partidistas menos que en 2018; su coalición quedó 19.4 millones de votos detrás de Sheinbaum y varias figuras nacionales rompieron con su conducción. Y después de revisar semejante expediente, Alito promete mayoría legislativa en 2027 y Presidencia en 2030.
¡Qué bárbaro! Qué hombre tan optimista. Si finalmente lo consigue habrá que reconocerlo, brindar por él y pedirle los números de la lotería. Porque aquello ya no sería una remontada electoral. Sería, ahora sí, el verdadero Milagro Mexicano.

