Hernani Herrera Peña creció en la colonia Hipódromo, en una Ciudad Juárez que conoció primero desde los parques, los museos y las caminatas por el Centro acompañado de sus abuelos. Su infancia tuvo algo distinto a la de muchos niños de su generación. No recuerda al futbol como centro de sus días, sino las visitas al Parque Central, El Chamizal, el Borunda y los recorridos por espacios culturales que poco a poco fueron despertando su curiosidad por la ciudad y su pasado.
Hoy tiene 24 años, continúa viviendo en la misma colonia y es historiador egresado de la Escuela Nacional de Antropología e Historia, en Ciudad de México. Actualmente trabaja en mediación cultural y de lectura en el Centro Cultural de las Fronteras, dentro del área de Formación de Públicos, en la Universidad Autónoma de Ciudad Juárez.
Su oficio parece una continuación de aquella infancia marcada por el arte y las ciencias sociales: su madre es música y socióloga; su padre, trabajador social.
“Desde que tengo memoria, crecí entre los fósiles, los libros, las máquinas de coser, allá en el Museo de San Agustín, y pues yo creo que de ahí viene una gran inspiración”, explicó Herrera Peña.

Una figura resultó fundamental en esa formación: su tío abuelo, el profesor Manuel Robles Flores, fundador del Museo Regional del Valle de Juárez, en San Agustín. El inmueble había sido originalmente la escuela primaria del poblado y posteriormente Robles, acompañado por sus estudiantes, consiguió transformarlo en un museo comunitario. Para Hernani aquel lugar terminó siendo una segunda casa.
Los domingos de su niñez tenían una ruta casi establecida. Junto con su padre, hermano y abuelos pasaba por el Monumento a Benito Juárez, donde Robles acompañaba a exbraceros que exigían el pago correspondiente por el trabajo realizado en Estados Unidos. Hernani aprovechaba la espera para recorrer el bazar. Su mesada desaparecía entre monedas, billetes antiguos, libros viejos y enciclopedias. Después emprendían el camino hacia San Agustín.
“Llegar al museo era toda una travesía”, recordó el historiador al hablar de aquellos recorridos familiares.
El trayecto incluía paradas para comprar colitas de pavo, pollo, frijoles y tortillas que después compartían en el museo con trabajadores y visitantes. Pero aquellos recuerdos transcurrían también durante los años más violentos de Juárez, en el contexto de la llamada guerra contra el narcotráfico. Entre 2010 y 2012 recuerda los filtros militares que encontraba camino a San Agustín y cuyo significado comprendería años después.
También observaba a Robles enfrentarse desde sus convicciones a aquella realidad. Recuerda particularmente su antimilitarismo y su participación en luchas sociales. Con los años entendió mejor a aquel hombre que contaba historias, defendía causas y había construido un museo comunitario que actualmente supera cuatro décadas de existencia.
“Yo pienso en el Museo de San Agustín como una casa”, expresó Herrera Peña.
Esa manera de entender la historia terminó acompañándolo hasta Ciudad de México. Mientras estudiaba la licenciatura conoció a Francisco Peralta, compañero originario de Cuautla, Morelos. En 2022, durante una conversación en el Metro mientras se dirigían al Museo Nacional de Antropología después de haberse saltado una clase, comenzaron a preguntarse qué podían hacer con todo aquello que estaban aprendiendo.
De esa conversación nació el Laboratorio de Imaginación Histórica, que encontró espacio en Orbita 106. FM. Ambos querían ofrecer talleres y llevar el conocimiento fuera de las aulas universitarias. Su planteamiento cuestiona una enseñanza concentrada en memorizar nombres, personajes y fechas para proponer una historia relacionada con la vida cotidiana y con la capacidad de imaginar otros tiempos y conectarlos con el presente.
“Creemos que así como debemos aprender a sumar para ir al mercado y comprar tres kilos de aguacate, la historia también nos debe ayudar a hacernos preguntas que son de lo más necesarias”, explicó.
El proyecto recupera además ideas pedagógicas de Paulo Freire. Herrera Peña considera que el conocimiento histórico no pertenece exclusivamente a especialistas o académicos. Los recuerdos familiares, las experiencias de los barrios y las historias transmitidas por padres y abuelos también permiten comprender los procesos colectivos.
Esa visión acompaña ahora su trabajo de mediación cultural y sus cápsulas sobre historia, lenguaje fronterizo y otros temas. Para Herrera Peña, un historiador necesita investigar y leer, pero también escuchar aquello que sucede mientras está ocurriendo y acercarse a las comunidades para comprender cómo viven y transforman su entorno.
“Yo creo que el historiador, además de escribir, de leer mucho, debe saber escuchar. Escuchar la historia que está pasando ahorita, debe conocer qué es lo que las comunidades están viviendo”, afirmó.

En una ciudad marcada por episodios de violencia, desintegración familiar y crimen organizado, considera que la historia puede funcionar como una herramienta para desarrollar pensamiento crítico. Su argumento parte de una idea sencilla: las sociedades cambian y esos cambios no corresponden únicamente a personajes convertidos en monumentos, sino también a comunidades y mayorías que intervienen en su propia realidad.
La cultura ocupa el mismo lugar en esa concepción. Gastronomía, dichos populares, leyendas, mitos e historias forman parte de una experiencia colectiva que, sostiene, permite reconocerse como comunidad. De ahí que su trabajo actual busque acercar esos conocimientos a públicos distintos y devolverles una dimensión cotidiana.
“Entender que somos agentes de cambio, tanto individuales como en colectivo”, señaló al explicar la función que atribuye a la historia y la cultura.
Juárez, para él, continúa siendo aquel territorio que comenzó a conocer caminando con sus abuelos, aunque ahora lo observa con las herramientas del historiador. Considera necesario recuperar las historias de personas que trabajaron por sus comunidades y que permanecen fuera de los grandes relatos. En ellas encuentra otra manera de explicar una ciudad habitualmente narrada desde sus problemas.
Por eso propone comenzar por lo más cercano, preguntar dónde nacieron los abuelos, de dónde llegaron los padres, qué ocurrió en el barrio y quiénes construyeron la comunidad. En sus charlas suele preguntar cuántos asistentes tienen abuelos migrantes y asegura que regularmente entre 70 y 80 por ciento levanta la mano.
“Para mí Ciudad Juárez es un bastión de esperanza. Es una ciudad en la que hay mucho que trabajar, hay mucho que hacer. Yo también creo que hay historias que necesitamos rescatar del olvido”, expresó.
Aquel niño que gastaba la mesada comprando monedas, billetes antiguos y libros en el bazar del Monumento a Benito Juárez terminó dedicándose profesionalmente a preguntar por el pasado. Ahora busca que otros hagan lo mismo desde sus propias familias. Porque, sostiene, la historia permanece viva mientras alguien la cuenta, alguien pregunta por ella y otra persona decide escucharla.
“La primera historia universal es la historia familiar, es la historia de nosotros. Pregúntense desde el barrio en el que nacieron, la ciudad en que nacieron, por su familia, de dónde viene su familia, la gente con la que conviven”, concluyó Herrera Peña.

