La invasión a Venezuela y el arresto de Nicolás Maduro no fueron en vano. Fueron por el petróleo. Al menos esa lectura resulta difícil de ignorar después de que Donald Trump anunciara un acuerdo que permitirá a empresas estadounidenses tener el control mayoritario de operaciones sobre campos venezolanos con 65 mil millones de barriles de reservas probadas.
Si la intervención militar del 3 de enero tenía otros propósitos, ¿por qué apenas meses después uno de sus resultados más importantes termina siendo el acceso estadounidense a una de las mayores riquezas petroleras del planeta? ¿Por qué Trump presenta como un triunfo para Estados Unidos el control de crudo que pertenece al subsuelo venezolano?
Los números explican buena parte del interés. Estados Unidos posee alrededor de 46 mil millones de barriles de reservas petroleras. El acuerdo contempla campos con 65 mil millones, una cantidad superior a todas las reservas estadounidenses actuales y equivalente a más de 21 por ciento de los 303 mil millones de barriles probados que posee Venezuela.
Trump tampoco ocultó el beneficio esperado. Aseguró que el convenio permitirá aumentar el suministro y reducir considerablemente el precio de la gasolina para los estadounidenses durante años. Marco Rubio habló de unos 100 mil millones de dólares en inversión privada. Delcy Rodríguez, por su parte, calcula que las inversiones producirán más de 209 mil millones de dólares en tributos para Venezuela.
El acuerdo comprende 17 campos petroleros y abre la puerta a operadores privados, aunque todavía no se ha precisado públicamente cuáles empresas participarán. La dimensión es histórica. El volumen involucrado supera incluso el desarrollo del bloque Carabobo acordado durante el gobierno de Hugo Chávez en 2010, que contemplaba unos 50 mil millones de barriles.
Existe además una contradicción política difícil de pasar por alto. Durante años Washington utilizó sanciones para cercar la industria petrolera venezolana. Después de la operación militar, el arresto y traslado de Maduro a Nueva York y la llegada de Delcy Rodríguez a la Presidencia, el mismo petróleo que permanecía restringido comenzó a convertirse rápidamente en territorio para inversiones estadounidenses.
¿Las sanciones buscaban entonces modificar el comportamiento del gobierno venezolano o preparar mejores condiciones para negociar sus recursos? ¿Hasta dónde puede hablarse de una relación entre dos países en condiciones equivalentes cuando una negociación de semejante magnitud ocurre después de una intervención militar y del arresto del presidente de uno de ellos?
También existe una responsabilidad del nuevo gobierno venezolano. Rodríguez presenta el convenio como una oportunidad para modernizar una industria deteriorada, incrementar la producción, obtener ingresos fiscales y recuperar crecimiento económico. Después de años de sanciones, falta de inversión y problemas productivos, el capital extranjero puede representar recursos que Caracas difícilmente conseguiría con rapidez por otra vía.
Pero queda una pregunta todavía mayor. ¿Quién terminó ganando con la operación militar?
Maduro está preso en Nueva York. Las compañías estadounidenses encuentran ahora posibilidades de explotación que antes estaban limitadas. Washington obtiene influencia operativa sobre campos que concentran 65 mil millones de barriles y Trump puede prometer gasolina más barata a sus ciudadanos. Venezuela recibirá inversión y tributos, pero concede una participación extraordinaria sobre uno de sus recursos estratégicos.
El petróleo ha acompañado durante más de un siglo las disputas internacionales alrededor de Venezuela. Esta vez la secuencia resulta particularmente reveladora: sanciones, aislamiento económico, intervención militar, arresto del presidente y después un acuerdo petrolero sin precedentes.
Trump ha terminado diciendo con cifras lo que durante años permaneció detrás de discursos políticos y sanciones. Son 65 mil millones de barriles. Y cuando una guerra termina colocando semejante cantidad de petróleo bajo control operativo de empresas del país vencedor, preguntar si todo fue por el crudo deja de parecer una teoría extravagante. Se convierte, por lo menos, en una pregunta que Washington tendrá que responder.

