Rubén Rocha Moya necesitó apenas 33 horas para comprobar que su regreso al Gobierno de Sinaloa tenía fecha de caducidad. Volvió al cargo como quien intenta demostrar que todavía conserva el control político y terminó solicitando otra licencia, ahora indefinida. Rocha quiso regresar cuando buena parte de la 4T ya había decidido que su presencia comenzaba a convertirse en un problema.
El gobernador pudo interpretar su primera licencia como un paréntesis. Morena pareció entenderla como una salida necesaria mientras avanzan las investigaciones sobre los presuntos vínculos con el Cártel de Sinaloa. Ahí estuvo el error. Cuando Rocha anunció que retomaba sus funciones, la reacción llegó desde todos los frentes. Legisladores, gobernadores morenistas y el Gobierno federal marcaron distancia. Claudia Sheinbaum terminó por cerrar cualquier margen de interpretación al señalar que no consideraba pertinente su regreso.
¿De verdad Rocha creyó que podía volver sin consultar políticamente a nadie? ¿Pensó que bastaba con conservar formalmente el cargo para recuperar el poder? Dicen los que dicen saber que en estos menesteres la soledad suele medirse por la cantidad de aliados que dejan de responder cuando comienza una crisis. Durante esas 33 horas quedó claro que pocos estaban dispuestos a pagar el costo de acompañarlo.
El mensaje de Sheinbaum sobre colocar los intereses del pueblo por encima de cualquier interés personal tuvo destinatario evidente. Después vino el llamado colectivo de los gobernadores de la 4T contra los personalismos y las decisiones unilaterales. La estructura que alguna vez podía servirle de respaldo terminó funcionando como mecanismo de presión para regresarlo a la licencia.
Ahora se pondrá una lupa a las investigaciones relacionadas con presuntos nexos con el narcotráfico y señalamientos provenientes de Estados Unidos. Corresponderá a las autoridades determinar responsabilidades y Rocha conserva plenamente su presunción de inocencia. Sin embargo, perder el poder político mientras se encuentra bajo investigación modifica radicalmente sus condiciones de defensa.
¿Qué información llevó a Morena a reaccionar con semejante rapidez? Un gobernador regresa el viernes y el sábado prácticamente todo su movimiento político le pide reconsiderarlo. Esa velocidad difícilmente puede explicarse únicamente como un desacuerdo de formas. La 4T parece haber concluido que mantener a Rocha dentro del gobierno representaba un riesgo demasiado elevado.
Sheinbaum incluso habló ya de las características que debería reunir quien conduzca Sinaloa durante el periodo restante. Capacidad, honestidad, profesionalismo y entrega. También planteó un escenario en el que el sustituto permanezca hasta el cambio de administración en 2027. Rocha conserva jurídicamente una licencia. Políticamente, el movimiento ya comenzó a imaginar Sinaloa sin él.
También resulta revelador que Morena haya insistido en presentar el regreso como una decisión personal. Nadie quiso compartir la autoría. Nadie quiso asumir el costo. Quedó claro entonces que cuando el partido guinda insistió que desconocía los movimientos de uno de sus gobernadores, el deslinde se convierte en mensaje político.
Rocha quedó en una posición extremadamente vulnerable. Sin gubernatura efectiva, con su partido tomando distancia y con investigaciones abiertas, su futuro dependerá cada vez menos de negociaciones políticas y cada vez más de expedientes ministeriales. Aquellas facultades que acompañaban al gobernador comienzan a desaparecer mientras las preguntas judiciales permanecen.
Decir que sus horas en libertad están contadas sería anticipar una resolución que corresponde exclusivamente a las autoridades. Lo que sí puede afirmarse es que el reloj político comenzó a correr con enorme velocidad. Si las investigaciones producen elementos suficientes para proceder penalmente, Rocha enfrentará el momento más complicado sin la protección práctica que supone ejercer una gubernatura.
La 4T parece haber decidido proteger primero al proyecto y dejar que Rocha responda por sí mismo. Esa decisión también contiene una apuesta. Si las acusaciones avanzan, Morena podrá argumentar que tomó distancia. Si se desvanecen, habrá sacrificado políticamente a uno de sus gobernadores. Sheinbaum eligió evitar que la incertidumbre judicial siguiera instalada dentro del Palacio de Gobierno sinaloense.
Rocha volvió creyendo que todavía podía gobernar y salió después de descubrir que el poder ya había comenzado a abandonarlo. Ahora vendrán los expedientes, las investigaciones y las decisiones judiciales. Morena ya tomó la suya. Rocha Moya tendrá que enfrentar prácticamente solo lo que venga.

