En agosto, aunque parezca extraño, los homicidios por problemas vecinales y “comunes” desplazaron a los relacionados con el crimen organizado. ¿Qué está sucediendo en Juárez? Cinco de los homicidios recientes han estado vinculados con riñas y conflictos entre vecinos, una señal preocupante porque la violencia está apareciendo en discusiones que deberían resolverse hablando, denunciando o recurriendo a la autoridad.
Hemos visto asesinatos y agresiones entre familiares y vecinos por asuntos que difícilmente justifican siquiera una pelea. El caso del hombre que amputó parte del brazo de su vecino con un sable después de discutir por un estacionamiento parece sacado de una película gore. Ocurrió aquí, en una colonia juarense, entre personas que probablemente se habían visto decenas de veces antes.
Hay más. Otro conflicto entre vecinos terminó con un hombre acusado de prender fuego a la vivienda de quienes mantenían diferencias con él. ¿En qué momento una discusión por el espacio frente a una casa, la basura, una mascota o el ruido cruza semejante frontera? ¿Cuánto resentimiento tuvo que acumularse antes de que alguien decidiera que incendiar la propiedad del vecino era una respuesta posible?
Las cifras proporcionan otra pista, porque según los datos citados del INEGI, los conflictos vecinales alcanzan al 42.6 por ciento de la población consultada en Ciudad Juárez. Entre las causas aparecen el ruido excesivo, con 19.8 por ciento; problemas relacionados con basura, 18.5 por ciento; y disputas por estacionamiento, 17.1 por ciento. Son problemas cotidianos que, repetidos durante meses, pueden deteriorar profundamente la convivencia.
¿Por qué están escalando? ¿Será el calor extremo que vuelve más irritables jornadas ya complicadas? ¿Influyen la presión económica, las deudas, el estrés laboral o la incertidumbre? Probablemente no exista una explicación única. Lo preocupante es observar cómo disminuye la tolerancia y aumenta la disposición a resolver cualquier diferencia mediante amenazas o golpes.
Ciudad Juárez también tiene características que alimentan estas fricciones. Hay colonias donde las banquetas desaparecieron, calles saturadas de automóviles, viviendas pequeñas, espacios públicos insuficientes y estacionamientos convertidos en territorios que algunos consideran propiedad privada. Basta que alguien coloque su automóvil “en mi lugar” para iniciar una discusión que puede arrastrar problemas acumulados durante años.
El fenómeno obliga a mirar la seguridad desde otro ángulo, debido a que las cámaras, patrullas y operativos están diseñados principalmente para perseguir delitos, pero difícilmente pueden anticipar cuándo dos vecinos pasarán de insultarse a buscar un arma. Ahí cobran importancia la denuncia temprana, la Justicia Cívica y los mecanismos de mediación antes de que una disputa aparentemente menor acumule suficiente combustible.
Algo está ocurriendo con nuestra convivencia cotidiana y conviene atenderlo. Si cinco homicidios recientes surgieron de riñas y problemas vecinales, la violencia ya está encontrando combustible dentro de las propias colonias. Juárez necesita preguntarse por qué estamos perdiendo la capacidad de soportarnos, dialogar y resolver diferencias antes de que una cochera, una fiesta o una bolsa de basura terminen convertidas en asunto de policías y funerales.
Trump descubre que extraña demasiado el siglo XIX
La nueva afirmación desmedida de la administración de Donald Trump confirma el estado de delirio político que atraviesa Estados Unidos. Washington decidió que 2026 era un buen momento para desempolvar la Doctrina Monroe y presumir que el “dominio” estadounidense sobre el hemisferio no volverá a discutirse. Dos siglos después, el futuro resultó parecerse demasiado al siglo XIX.
Trump ya había soltado la frase en enero: “El dominio estadounidense en el hemisferio occidental jamás volverá a ponerse en duda”. Faltaba únicamente imaginarlo colocando banderitas sobre un mapa de América Latina mientras algún funcionario le explica que los países ubicados al sur del Río Bravo también tienen gobiernos, ciudadanos, soberanía y esa incómoda costumbre de considerarse naciones independientes.
Ahora el Departamento de Estado produjo un video donde presenta la Doctrina Monroe como piedra angular de su estrategia hemisférica y habla abiertamente de “dominio regional”. La sutileza diplomática parece haber sido enviada de vacaciones. Durante décadas Washington envolvió sus intervenciones en palabras como democracia, seguridad o estabilidad. Con Trump, el empaque estorba, ya que la palabra elegida es dominio y se pronuncia con orgullo.
El asunto sería material extraordinario para una comedia política si detrás no existiera una historia latinoamericana de intervenciones, golpes, dictaduras y operaciones estadounidenses. Incluso dentro de Estados Unidos hay voces que consideran esta reivindicación una regresión.
También hay una explicación menos grandilocuente para tanta testosterona geopolítica. Estados Unidos enfrenta un mundo donde China ha ganado presencia económica en América Latina y Washington ya no disfruta cómodamente del escenario unipolar posterior a la Guerra Fría. Y es que cuando el imperio siente que el vecindario empieza a mirar hacia otras puertas, aparece Trump para anunciar que la cuadra sigue teniendo dueño.
La ironía final es magnífica, porque el país que durante décadas se presentó como guardián del “orden basado en reglas” ahora reivindica una doctrina concebida hace más de 200 años para justificar su preeminencia continental.

