Andy Warhol convirtió latas de sopa, estrellas de Hollywood y accidentes automovilísticos en imágenes de consumo masivo, pero entre las cosas que decidió conservar había una mucho más extraña, un pie humano momificado procedente del Antiguo Egipto. El objeto terminó dentro de sus famosas Cápsulas del Tiempo, aquellas cajas donde almacenaba prácticamente cualquier fragmento material de su existencia.
Se cree que Warhol compró el pie en un mercadillo, atraído quizá por esa mezcla de objeto, mercancía y muerte que atravesaría buena parte de su universo artístico. Décadas después, la pieza permanece entre los archivos del Museo Andy Warhol de Pittsburgh. El hombre que transformó objetos cotidianos en arte terminó convirtiendo también su acumulación cotidiana en una especie de autorretrato involuntario.

La rareza adquiere otra dimensión al mirar hacia su infancia. Andrew Warhola creció en Pittsburgh dentro de una familia de inmigrantes eslovacos y durante la primaria padeció corea de Sydenham, conocida como baile de San Vito. La enfermedad provocaba movimientos involuntarios y lo obligó a permanecer largos periodos en cama, apartado de sus compañeros.
De aquellos días surgieron temores que lo acompañaron durante años. Se volvió hipocondríaco y desarrolló miedo a los médicos y hospitales. Encerrado en casa, dibujaba, escuchaba la radio y coleccionaba fotografías de estrellas cinematográficas que colocaba alrededor de su cama. Warhol consideraría después aquella etapa decisiva para formar su personalidad y sus gustos.

Resulta difícil no encontrar ecos de esa infancia en el artista adulto, aunque establecer una relación directa sería especulativo. La celebridad, el cuerpo, la enfermedad y la muerte reaparecieron obsesivamente en su producción. Marilyn Monroe, Elvis Presley y Elizabeth Taylor convivieron en sus series con suicidios, accidentes de automóvil, calaveras y sillas eléctricas. Hollywood podía ser brillante, repetible y también mortal.
Su llegada al Pop Art tampoco ocurrió de inmediato. Tras graduarse en 1949 del Instituto Tecnológico Carnegie, se trasladó a Nueva York y construyó una exitosa carrera como ilustrador comercial. Trabajó para clientes como Tiffany & Co., The New York Times y Columbia Records, mientras desarrollaba procedimientos basados en fotografías e imágenes existentes que después trasladaría a su producción artística.

En 1962 llegaron las latas de sopa Campbell y el objeto de supermercado entró al museo. Después vendrían el cine experimental, The Velvet Underground, Interview, los retratos de celebridades y colaboraciones con Jean-Michel Basquiat y Keith Haring. Warhol entendió antes que muchos que publicidad, fama, consumo y espectáculo estaban construyendo una nueva iconografía estadounidense.
En 1968 esa fascinación por la muerte alcanzó su propio cuerpo cuando Valerie Solanas le disparó en el pecho. Sobrevivió, pero quedó marcado físicamente por el ataque. Años después comenzó a llenar más de 600 Cápsulas del Tiempo con cartas, fotografías, ropa, obras y objetos aparentemente insignificantes. Entre aquella arqueología del consumo quedó también el misterioso pie egipcio, una pieza milenaria guardada por el artista que hizo del presente algo destinado a repetirse hasta convertirse en pasado.

Warhol murió en Nueva York el 22 de febrero de 1987, a los 58 años, debido a complicaciones posteriores a una cirugía para extirparle la vesícula biliar. Su muerte cerró una trayectoria que había llevado las imágenes de supermercados, periódicos, celebridades y publicidad hasta las galerías y museos, modificando la manera de entender la cultura popular como materia artística.

Su legado desbordó el Pop Art. Warhol convirtió la repetición, el consumo, la fama, la fotografía y los medios masivos en herramientas para interpretar su tiempo e influyó en generaciones posteriores de artistas. Tras su muerte se creó la Fundación Andy Warhol para las Artes Visuales y, en 1994, abrió en Pittsburgh el Museo Andy Warhol, donde permanece buena parte de su archivo, incluidas sus Cápsulas del Tiempo y aquel insólito pie momificado que parece resumir una de sus obsesiones más persistentes, conservar imágenes y objetos antes de que desaparecieran.

