Ruth Sánchez Hernández pasará a la historia en Chihuahua por su ofensa social. Culpar a Marisela Escobedo del feminicidio de su hija Rubí es además de una opinión polémica, una forma de revictimización que exhibe una alarmante incapacidad para comprender la violencia de género y el papel del Estado frente a las víctimas. Una babosada, por escribirlo sin herir susceptibilidades.
Si a Ruth Sánchez, la representante del Consejo de Perspectiva Familiar del gobierno municipal panista de Chihuahua, le “revienta” ver la placa que recuerda a Marisela frente a Palacio de Gobierno, a muchos chihuahuenses, en cambio, les revienta que haya funcionarios con tan poca materia gris ocupando espacios desde donde se supone deben promover valores, empatía y protección a las familias.
Hay una diferencia enorme entre emitir una opinión y justificar la violencia. Decir que Marisela “permitió” el feminicidio de Rubí es trasladar la responsabilidad del asesino a una madre que dedicó los últimos años de su vida a exigir justicia. Es un razonamiento tan absurdo como responsabilizar al paciente por la negligencia del médico o al ciudadano por la corrupción del funcionario.
La ironía alcanza niveles difíciles de superar. Marisela fue asesinada precisamente porque el Estado no cumplió con su obligación de detener al responsable. Sergio Barraza permaneció libre mientras las autoridades fallaban una y otra vez. Sin embargo, para Ruth Sánchez, la culpa no está en el feminicida ni en las instituciones que permitieron su fuga, sino en la madre que nunca dejó de buscar justicia. Vaya manera de leer la historia.

Tampoco deja de sorprender que, después del vendaval de críticas, la funcionaria afirme que no tiene por qué disculparse (otra babosada). Cuando alguien no encuentra nada ofensivo en culpar a una víctima, el problema ya no es de comunicación; es de criterio. Y cuando ese criterio proviene de una integrante de un consejo relacionado con la perspectiva familiar, la preocupación deja de ser individual para convertirse en institucional.
Los cargos públicos no son púlpitos para repartir culpas ni micrófonos para difundir prejuicios. Exigen responsabilidad, sensibilidad y conocimiento. Quien no entiende la diferencia entre una víctima y un victimario difícilmente puede aportar algo útil a la construcción de políticas públicas para las familias. La empatía no es un accesorio opcional; debería ser un requisito mínimo.
Ruth Sánchez debería presentar su renuncia de inmediato. No por pensar distinto, sino porque sus declaraciones son incompatibles con la responsabilidad que representa. Un servidor público pierde autoridad moral cuando utiliza su posición para revictimizar a quienes simbolizan una de las luchas más dolorosas por la justicia en Chihuahua.
La placa de Marisela seguirá donde está porque representa memoria, resistencia y una exigencia permanente de justicia. Lo verdaderamente incómodo no es ese pedazo de metal frente a Palacio de Gobierno. Lo verdaderamente indignante es descubrir que, más de una década después de aquel crimen, todavía existen funcionarios capaces de culpar a las víctimas con una ligereza que avergüenza más que cualquier monumento.
Otra de Trump, primero la foto, luego el garrotazo
No cabe duda que Donald Trump es un patán. Apenas habían terminado los saludos, las sonrisas y las fotografías de la final del Mundial 2026 cuando decidió premiar a Canadá con un arancel del 50 por ciento. Una hospitalidad digna de quien invita a cenar y al despedirse manda la factura… con intereses. Muy mal.
Resulta difícil imaginar un ejemplo más claro de falta de tacto político. El domingo compartía palco con el primer ministro canadiense, Mark Carney, y con la presidenta Claudia Sheinbaum. Veinticuatro horas después, el vecino del norte amanecía con un castigo comercial. Si la diplomacia fuera un deporte, Trump habría conseguido la rara hazaña de marcar un autogol durante la ceremonia de premiación.
Esta película ya la vimos varias veces. Recordemos que Trump amenaza, endurece el discurso, firma decretos con plumón grueso, sacude los mercados y luego, cuando las bolsas tiemblan, los empresarios protestan o los aliados levantan la voz, aparecen las pausas, las excepciones o las renegociaciones. Es el equivalente político a aventar el tablero de ajedrez porque la partida se complicó.
No sería extraño que dentro de unas semanas descubra que “las conversaciones avanzan favorablemente” y que los aranceles terminen congelados o modificados. No sería la primera vez que regara el tepache y después sacara el trapeador. La diferencia es que cada episodio deja incertidumbre, inversiones detenidas y relaciones diplomáticas desgastadas.
Canadá no es precisamente un enemigo histórico de Washington. Es uno de sus principales socios comerciales, comparte una de las fronteras más largas y pacíficas del planeta y ha sido aliado en conflictos, acuerdos y cadenas de suministro. Pero con Trump, los amigos parecen recibir el mismo trato que los adversarios: la diferencia es apenas el orden en la fila.
La paradoja adquiere, dicen los que dicen saber, tintes de comedia involuntaria, porque el mismo presidente que impulsó el T-MEC durante su primer mandato ahora utiliza mecanismos legales para golpear a uno de los socios del tratado. Es como presumir que uno construyó una casa y, acto seguido, comenzar a derribar las paredes con un marro porque la pintura dejó de gustarle.
Mientras tanto, México observa una escena distinta. Las negociaciones comerciales siguen abiertas y el diálogo continúa. Esa diferencia demuestra que incluso en la política comercial de Trump las reglas cambian según el humor del día.
Quizá, como ha ocurrido antes, dentro de poco todo quede en una anécdota más del manual trumpista de la negociación extrema. Pero la diplomacia no debería parecer una montaña rusa administrada por un operador que disfruta accionar la palanca sin avisar. Ojalá que no haga lo mismo con México en las próximas horas.

