A Donald Trump le ocurre con la política internacional lo que al Chavo del 8 cuando rompía una ventana: primero actuaba, luego preguntaba qué había pasado y al final intentaba explicar que “fue sin querer queriendo”. Solo que, en este caso, no hablamos de una vecindad, sino de un planeta donde un error de cálculo puede incendiar regiones enteras. Otra vez, a Trump se le chispoteó.
Hace apenas unos días se presentaba como el hombre que había logrado detener las hostilidades con Irán mediante un memorándum que abría la puerta a un acuerdo definitivo. La paz parecía convertirse en otro trofeo para alimentar su narrativa de negociador infalible. Bastaron unas horas para que ese mismo acuerdo pareciera convertirse en papel mojado. Trump volvió a recurrir al lenguaje que mejor domina: la amenaza. “Esta noche les vamos a dar duro”, declaró con la misma facilidad con la que cambia de opinión.
Ese es quizá el mayor problema del presidente estadounidense. Convierte la geopolítica en un espectáculo personal. Un día anuncia la paz; al siguiente anticipa bombardeos; después deja abierta la posibilidad de negociar “con o sin acuerdo”. La incertidumbre termina siendo parte de su estrategia, aunque el precio lo paguen otros.
Las consecuencias no tardan en aparecer. El estrecho de Ormuz vuelve a convertirse en un foco de tensión para el comercio mundial. Petroleros modifican sus rutas, los precios del petróleo reaccionan y África comienza a resentir el retraso en la llegada de fertilizantes. Mientras Trump juega una partida de póquer diplomático, millones de personas enfrentan los efectos económicos de esa volatilidad.
Sabemos que no es la primera vez que ocurre. El estilo de Trump consiste en gobernar mediante sobresaltos permanentes, declaraciones altisonantes y amenazas que colocan al mundo al borde del precipicio para después presentarse como el único capaz de alejarlo del abismo. Es una política exterior basada en la improvisación convertida en espectáculo.
Quizá Chespirito nunca imaginó que su célebre frase serviría para describir a un presidente de Estados Unidos. Pero pocas expresiones retratan mejor esta forma de gobernar. Solo que aquí el “se me chispoteó” no rompe una taza ni provoca una carcajada. Puede disparar el precio de los alimentos, alterar los mercados internacionales o acercar al mundo a una nueva guerra.
Y lo preocupante es que Trump parece convencido de que siempre habrá tiempo para corregir. La historia demuestra que los conflictos internacionales rara vez conceden segundas oportunidades. Algunas equivocaciones no admiten un «fue sin querer queriendo”. Algunas simplemente se pagan demasiado caro.

