Los últimos meses de muchos gobiernos suelen parecerse menos a un desfile triunfal y más a una obra donde el telón comienza a caer antes de tiempo. La soberbia, que durante años se confundió con autoridad, termina convirtiéndose en un espejo incómodo. Los pequeños gestos adquieren un tamaño descomunal y aquello que antes se ocultaba tras el protocolo empieza a exhibirse sin necesidad de grandes investigaciones.
La historia está llena de gobernantes que terminaron creyendo que el poder era una propiedad privada. Emperadores, presidentes, gobernadores. Casi todos compartieron un mismo rasgo: dejaron de escuchar. Cuando eso ocurre, los excesos, los privilegios y la riqueza difícil de explicar dejan de ser rumores y comienzan a ocupar el centro de la conversación pública.
Algo parecido parece ocurrir con María Eugenia Campos. Sus apariciones públicas ya no generan únicamente anuncios de gobierno; cada vez con mayor frecuencia producen controversias, declaraciones difíciles de entender y escenas que terminan eclipsando el mensaje que pretendía comunicar.
El episodio en el que reprendió públicamente a su asistente Anya Trevizo, después de que ésta intentara corregir un dato durante una conferencia de prensa, dejó una imagen poco afortunada. “¿Quiere dar la conferencia de prensa?”, lanzó frente a los micrófonos, como si en lugar de estar en una conferencia de prensa estuviera en la barra de La Antigua Paz, la cantina a la que acudía Pancho Villa, en la ciudad de Chihuahua.
Resulta que hasta quienes llevaban años caminando a un lado de la gobernadora empiezan a despedirse. Debe ser pura coincidencia, dirán en Palacio. Porque, según esa lógica, las personas más cercanas deciden irse justo cuando el ambiente se vuelve más tenso y los regaños públicos empiezan a formar parte del protocolo. Hay casualidades que tienen una puntualidad verdaderamente admirable.
Dicen los que dicen saber, que en política, las derrotas casi nunca comienzan en las urnas. Empiezan en los pasillos, en las oficinas, en las reuniones donde el silencio sustituye a la confianza y donde las personas prefieren retirarse antes que seguir formando parte del desgaste. Los gobiernos no se fracturan de golpe; primero se vacían por dentro.
Quizá el mayor riesgo para cualquier gobernante no sea la oposición, sino vivir rodeado de personas que ya solo saben asentir. Llega un momento en que hasta una cifra corregida parece conspiración. Cuando eso ocurre, el ego ya ocupa más espacio que la oficina.
Mientras tanto, Chihuahua observa un gobierno que parece transitar sus últimos tramos con una buena colección de tropiezos. Las polémicas se acumulan, los aliados empiezan a desaparecer de la escena y las explicaciones resultan cada vez menos convincentes. El poder conserva los reflectores, pero ya no controla completamente la narrativa.
Ningún trabajador merece ser exhibido de esa manera y mucho menos frente a los micrófonos. Hay momentos en que la dignidad toma la decisión que el orgullo ya no puede impedir. Después de tantos años de cercanía, de viajes, reuniones, fotografías y abrazos institucionales, Anya Trevizo parece haber entendido que, a veces, la puerta de salida es el único lugar donde todavía se conserva el respeto.

