Hay una diferencia entre comparecer para dar explicaciones y aplicar la vieja táctica de levantarse de la mesa cuando llegan las respuestas. Ayer, mientras Cruz Pérez Cuéllar, acompañado por el secretario del Ayuntamiento, Héctor Rafael Ortiz Orpinel, acudía al Congreso con documentos, cifras y explicaciones sobre el ISR, diputados del PAN y de Movimiento Ciudadano parecieron convencidos de que la mejor manera de fiscalizar era abandonar la sesión antes de que concluyera.
Se puede estar de acuerdo o no con las explicaciones presentadas por el alcalde. Se puede cuestionar la información, pedir más documentos o formular nuevas preguntas. Para eso existen precisamente las comparecencias. Lo que resulta difícil de justificar es abandonar la sesión cuando todavía se está desarrollando.
Es como sentarse frente a un burrito de chile colorado recién hecho —que en esta tierra es casi patrimonio cultural— y levantarse antes de probarlo completo. Luego resulta complicado convencer a alguien de que no te gustó si ni siquiera esperaste a llegar al relleno. Chale, como diría mi abuelita.
Pérez Cuéllar acudió personalmente al Congreso. Llevó documentación, explicó el origen de los adeudos, presentó cifras y respondió a los cuestionamientos de los legisladores. Cumplió con el ejercicio político e institucional que le fue solicitado.
En contraste, los diputados del PAN y de Movimiento Ciudadano decidieron retirarse antes de que concluyera la comparecencia. Una reacción que recuerda más a los berrinches escolares que al comportamiento esperado de representantes populares encargados de fiscalizar y debatir asuntos públicos.
Si el objetivo era aclarar dudas, la salida anticipada consiguió exactamente lo contrario. Quien abandona una discusión renuncia también a la posibilidad de cuestionar, contrastar y obtener respuestas adicionales. Es difícil pedir explicaciones cuando ya se va rumbo al estacionamiento.
La política en teoría exige firmeza, pero también madurez. Escuchar lo que no gusta forma parte del trabajo. Dicen los que dicen saber, que permanecer en una comparecencia incómoda es una obligación mínima para quienes fueron electos precisamente para debatir y supervisar el ejercicio del poder.
Más aún cuando el tema involucra recursos públicos y finanzas municipales. Los ciudadanos esperan legisladores que investiguen, pregunten y confronten argumentos, no políticos que conviertan una sesión oficial en una ceremonia de ausencias voluntarias.
Al final quedó una imagen inmborrable. Mientras uno acudió a dar la cara y responder preguntas, otros optaron por levantarse de la mesa antes de escuchar la última respuesta. Dicen, pues, que en estas cosas el fondo es forma, y así fue. Nomás les faltó llevarse la servilleta en los ojos y salir haciendo pucheros rumbo al estacionamiento.
La novela fantástica mal escrita de Daniela Álvarez
A estas alturas, Daniela Álvarez, la presidenta del prianismo estatal y los diputados blanquiazules, brillan por haber convertido la denuncia política en una rama menor de la literatura fantástica. Se anuncian barredoras invisibles, contratos fantasmales y conspiraciones monumentales, todo narrado con una convicción que haría sonrojar a más de un novelista.
El inconveniente aparece cuando los documentos oficiales irrumpen en escena y arruinan la trama. Ya sabemos que los expedientes tienen una característica profundamente antipática para ciertos políticos, ya que suelen verificar si lo que se dijo ocurrió de verdad.
Ayer, antes de la comparecencia, la dirigencia estatal del PAN salió a denunciar que las barredoras contratadas por el Municipio de Juárez prácticamente eran una especie de aparición fantasmagórica pagada con dinero público. La acusación sonaba escandalosa, estaba diseñada para generar titulares y buscaba instalar la sospecha antes de cualquier explicación. Lo mismo de siempre de Álvarez.
Sin embargo, durante la comparecencia de Cruz Pérez Cuéllar comenzaron a aparecer los datos reales. Según la información presentada, la Auditoría Superior del Estado revisó el contrato, verificó evidencia de los servicios y no determinó observaciones en los ejercicios auditados.
Eso coloca a los denunciantes en una posición complicada, como mentirosos, pues. Una cosa es cuestionar decisiones de gobierno y otra muy distinta construir acusaciones que terminan chocando contra expedientes oficiales. La diferencia entre fiscalizar y fantasear suele encontrarse precisamente en los documentos.
Lo más curioso, por escribirlo de manera más o menos educada, es que los mismos actores que exigen transparencia parecen sufrir alergia cuando aparecen pruebas que contradicen sus versiones. En lugar de reconocer el error, optan por seguir repitiendo la acusación como si la realidad pudiera modificarse a fuerza de boletines. Como pericos de mercado.
Los prianistas ya deberían saber que la política necesita oposición seria, rigurosa y responsable. Lo que se vio ayer fue algo más parecido a una función donde primero se dicta la sentencia y después, si sobra tiempo, se revisa el expediente. Un método peculiar, aunque poco recomendable para quien aspire a conservar credibilidad.
Mientras se acercan las elecciones de 2027, Daniela Álvarez y compañía siguen acumulando episodios que terminan por desgastar su propia narrativa. Cuando las acusaciones se derrumban frente a los hechos, quienes pretendían exhibir a otros terminan convertidos en protagonistas involuntarios de su propio ridículo.

