—Vecina, es que usted nació en pañales de seda. Sus padres le dieron todo… ¡de más!
—Tuve buena suerte… Éramos de la alta sociedad de Tamaulipas.
—Y yo salí de los callejones de la colonia Del Carmen.
—¿Su familia era pobre? Al cabo estamos en confianza.
—Cuando yo nací no éramos pobres. Tal vez mis padres, en La Noria de Molinos, Zacatecas, cuando eran chamaquillos, eran humildes… No me atrevo a decir que conocieron la pobreza. Al nacer yo, creo que pertenecíamos a la clase media baja, aspirando a la clase media alta, pues ya teníamos casa propia y grande: abarcaba todo el frente de una cuadra. Después mis padres vendieron la mitad y nos quedamos con ocho cuartos. Las demás viviendas alrededor de la cuadra, en su mayoría, eran vecindades.
—Si esta pandemia nos deja en paz, prométame que me va a dar un recorrido por su dichoso barrio y me muestra la casa donde nació.
—¡Va!… Chin-chin el que se raje.
—Bueno, ya me contó de sus trabajos cuando era niño… ¿y los de jovencillo?
—Espéreme tantito. Se me olvidaban dos trabajos de infancia. A los siete años trabajé de “niñero”.
—No le creo. A esa edad apenas se podía cuidar solo.
—Pues la hacía de niñera… Cuidaba, durante cuatro o cinco horas todos los viernes, a dos niños: Jaime, de dos años, y Germancito, de cuatro. Ellos vivían a la vuelta de mi casa, en el callejón de la calle Níquel. German y Ana eran un matrimonio muy joven y les gustaba ir a bailar todos los viernes por la noche. Cuando regresaban de madrugada me pagaban ¡10 dólares! Buena lana para un mozalbete de siete años.
Me gustaba cuidar a esos niños porque German trabajaba en una refaccionaria en El Paso y me dejaban comer golosinas y un poco de todo lo que había en el refrigerador. Me hice amiguito de ese matrimonio porque tenían un perro Setter Irlandés, de pelaje rojo, que me seguía mucho. O sea que empecé paseando a “Bravo”, con correa y bozal, y terminé de niñero.
Pero el primer trabajo, que recordamos con añoranza mis hermanos y yo, fue uno que hacíamos junto con mi madre: ensamblar mocasines.
—¿Mocasines? ¿Qué eso no son una clase de zapatos para hombre?
—Sí… Ahora hay estilos de zapatos de piel a los que les dicen mocasín, pero los que nosotros cosíamos eran como los que usan los apaches y los indios Pueblo, con barbitas y chaquira. Hacíamos un círculo sentados en la alfombra de la sala de la casa. Cada mocasín se armaba con cinco piezas que teníamos que coser y pegar.
El señor que nos dio ese trabajo, creo que eran cien pares de mocasines por semana, los vendía en tiendas de curiosidades de la avenida Juárez y también los exportaba a tiendas de artesanías de todo Nuevo México. Varias familias del barrio también se dedicaron a eso.
—Me asombra que fue un niño trabajador… Con razón dice que conoce muy bien Ciudad Juárez.
—Sí… pero el Juárez viejo. Ahora Juárez es una ciudad que creció como un monstruo sin control, sin planeación urbana. Cada seis meses surge un asentamiento nuevo, ya sea un fraccionamiento o barriadas pequeñas con casuchas de cartón y pallets.
—Eso me ha dicho mi hermana, pero ella se refiere a que por donde quiera surgen plazas o locales comerciales, y que hay muchos negocios nuevos, además de que pululan cafés, fondas y restaurantes.
—Sí… Juárez ha crecido mucho. Antes de la pandemia agarraba mi camioneta y me iba a recorrer ese Juárez que no conozco, nomás por puro placer.
—Pues ya quedamos en que me tiene que mostrar Juárez… A ver si está bonita como tanto presume.
—Presumo su belleza interior; a su comunidad, a su gente.
—¡Se sale! Ahora me va a salir como las mujeres que juran ser bellas, pero por dentro. ¡Ja, ja, ja!
—Mejor déjeme terminar de contarle mi currículo, porque los trabajos que le enumeré fueron los que realicé antes de hacerme rutero a los 16 años.
—¡Fue rutero!
—¡Y de los buenos!

