Museo en Casa: la necesidad de imaginar
otras formas de acceso cultural
PARTE II
¿Por qué mis dibujos no pueden estar en un museo?
La pregunta parece inocente, pero en realidad cuestiona una estructura cultural construida históricamente alrededor de la legitimidad. ¿Quién puede producir arte? ¿Qué cuerpos son considerados capaces de crear? y ¿Qué experiencias merecen ser exhibidas?
Quizá por eso Museo en Casa, el proyecto de Ayerim Quiroz, no intenta únicamente acercar actividades artísticas a ciertas colonias de Ciudad Juárez. Lo que realmente pone en tensión es la propia idea de museo.

Porque llamar museo a un espacio comunitario construido desde el barro, la huerta, los pigmentos naturales y los encuentros vecinales implica desplazar la autoridad cultural fuera del edificio institucional. También implica preguntarnos si el arte sólo puede existir cuando una institución lo valida.
O si también puede aparecer en patios, banquetas, casas y territorios históricamente excluidos de la vida cultural formal.
Cuando le pregunto a Ayerim por qué nombrar su proyecto Museo en Casa, la respuesta es que no parte de una teoría museográfica, sino de una experiencia cotidiana con sus hijas. Cuenta que después de visitar museos y galerías, ellas comenzaron a jugar al museo dentro de su propia casa. Pegaban dibujos en las paredes, organizaban objetos, inventaban recorridos.
Y en ésa atmósfera de juegos su hija le hizo la siguiente pregunta:
¿Por qué una casa llena de dibujos infantiles no podría ser considerada también un museo?
Gran parte de las instituciones artísticas todavía operan bajo la idea de que la experiencia estética legítima ocurre dentro de espacios regulados y autorizados. Mientras tanto, otras formas de creación permanecen fuera del reconocimiento cultural, aunque formen parte activa de la vida cotidiana de miles de personas.
Ayerim insiste constantemente en que las infancias no deberían ser entendidas únicamente como público espectador, sino como sujetos capaces de producir pensamiento crítico, sensibilidad y memoria. Porque históricamente muchas instituciones culturales sí han trabajado para las infancias, pero pocas veces desde las infancias.

Una cosa es diseñar actividades para entretener niñas y niños, otra muy distinta es reconocerlos como productores legítimos de la cultura.
Ahí es donde Museo en Casa comienza a separarse de muchos modelos tradicionales de mediación cultural.
Cuando le pregunto a Ayerim cuál es la diferencia entre “llevar arte” a una comunidad y construir experiencias desde la comunidad, responde algo que atraviesan gran parte de las prácticas culturales contemporáneas:
“Llevar arte puede convertirse fácilmente en una práctica centralista donde alguien llega desde afuera a enseñar algo ya definido”.
Y es difícil no pensar en la cantidad de proyectos institucionales que operan precisamente bajo esa lógica: actividades rápidas, resultados inmediatos, indicadores cuantificables y experiencias desvinculadas de las necesidades reales del territorio. Trabajar en comunidad requiere tiempo, mucho tiempo. Se requiere presencia constante, escucha activa y vínculos reales.
“Las instituciones quieren resultados para ayer”, dice en la entrevista. “Y trabajar en comunidad no funciona así”. De esta manera Ayerim señala uno de los problemas estructurales más fuertes de la gestión cultural contemporánea: la obsesión institucional por producir evidencia rápida de impacto social. Pero los procesos comunitarios no obedecen a la lógica industrial de productividad.

No pueden acelerarse, no pueden cuantificarse completamente, no pueden reducirse a asistencia, fotografías o números de participación. Museo en Casa trabaja precisamente con prácticas y dinámicas que incitan a los niños a desacelerar.
Sembrar.
Modelar barro.
Recolectar materiales del barrio.
Fabricar pigmentos naturales.
Procesos atravesados por espera, paciencia, por experimentación y observación.
Ayerim mencionó las dinámicas en torno al huerto comunitario “No podemos apresurar los ciclos de la naturaleza aunque queramos resultados rápidos”.
Porque una de las cosas más violentas de Juárez no es solamente la precariedad material, sino la imposibilidad constante de pausar.
En ese contexto, sentarse a sembrar con otras personas puede convertirse en algo mucho más profundo que una actividad artística.
Puede convertirse en una forma de reconstrucción simbólica, se trata de buscar otras formas de habitar el tiempo dentro de una ciudad marcada por la industria, la violencia y el desgaste cotidiano.
Ayerim habla de la reparación comunitaria desde un lugar que evita romantizar el arte. Dice que reparar no significa borrar las heridas o las violencias que atraviesan un territorio, sino generar espacios donde las personas puedan recuperar voz y tengan la posibilidad de imaginar otros futuros.
Porque una de las primeras cosas que desaparecen en contextos de exclusión no es la creatividad, sino la posibilidad de imaginar otras formas de vida.
La artista menciona algo particularmente duro cuando habla sobre las infancias que crecen lejos de espacios culturales y comunitarios. Dice que la imaginación no desaparece, pero sí puede quedar invisibilizada o absorbida por contextos de violencia y abandono.
Entonces el acceso al arte deja de ser una discusión secundaria, se convierte en una discusión sobre dignidad.
Sobre qué cuerpos tienen derecho no sólo a sobrevivir la ciudad, sino también a desarrollar sensibilidad y experiencias estéticas.

El problema no es que “la gente no consume arte”, el problema es que históricamente construimos instituciones culturales incapaces de reconocer como legítimas otras formas de creación, percepción y conocimiento.
Y mientras el acceso cultural siga dependiendo del territorio donde naciste, de la movilidad económica de tu familia o de tu cercanía con ciertos códigos institucionales, la democratización del arte seguirá siendo más discurso que realidad.
El verdadero acceso cultural no comienza cuando alguien entra a un museo, comienza cuando una persona entiende que su mirada también merece ocupar un lugar dentro de la cultura.
Si quieres formar parte de Museo en Casa, Ayerim Quiroz estará impartiendo talleres todos los sábados de mayo, junio y julio en Casa Estudio Cui, de 5:00 p.m. a 6:30 p.m., dirigidos a infancias a partir de los 2 años. El proyecto busca acercar experiencias artísticas y comunitarias a las niñeces desde el juego, la exploración y la imaginación colectiva. También puedes seguir y apoyar el trabajo de Yerim en sus redes sociales, donde comparte procesos y actividades.
Lee la primera parte parte de este trabajo:

