Hace casi veinte años grabó su primera canción. Desde entonces, el rap se convirtió en una forma de contar la ciudad que habita y también de entenderse a sí mismo. Lo conocen como Pok 37 y su nombre es Eduardo Ramírez.
Al principio, sus letras estaban marcadas por la vida de los barrios, por las calles que recorría y los entornos en los que creció. Con el paso de los años, el discurso cambió. A las historias callejeras se sumaron problemáticas sociales, reflexiones personales y las transformaciones que él mismo ha experimentado a lo largo de su vida.
Entrevistado por Poetripiados en su casa de la colonia Pancho Villa, donde funciona un estudio de grabación por el que han pasado raperos de Ciudad Juárez, de distintos puntos del país e incluso artistas internacionales, Pok 37 habla de los barrios y sus carencias, de la prevención de la violencia y de una ciudad que conoce desde sus márgenes.
Pero también habla de una herida más íntima: la muerte de su hermano en medio de la guerra entre pandillas, una pérdida que, más de dos décadas después, sigue viviendo a flor de piel y que marcó para siempre su manera de entender la vida, el arte y la comunidad.
Cuando habla de Ciudad Juárez, la define con pocas palabras: su casa. En ella caben la resiliencia, la fuerza, los amigos, las pérdidas y las ganancias. Es, dice, un todo. Quizá por eso sus canciones terminan pareciéndose tanto a la frontera, porque nacen de la experiencia cotidiana y de las emociones que han acompañado su camino.
Los barrios juarenses que marcaron su vida
Sentado de espaldas a la consola y al monitor, su mirada parece perderse por momentos, aunque siempre regresa al mismo lugar, la visión social que atraviesa cada una de sus respuestas. Así habla de la partida de su padrastro y de varios amigos cercanos, algunos compañeros de sus primeros pasos en la música y el graffiti. Son ausencias que siguen presentes y forman parte de la historia que lleva consigo.
Su recorrido por la ciudad, explica, ha estado marcado por colonias donde los problemas sociales eran parte del paisaje cotidiano. Nació en Altavista, cerca de La Chaveña, donde vivió hasta los seis años. Más tarde se mudó a Anapra, otro sector que en aquellos años enfrentaba situaciones complejas. Finalmente llegó a la colonia donde vive actualmente, un asentamiento levantado sobre lo que describe como un “lunar urbano”, una zona construida en un antiguo cauce natural.
Recuerda que cuando llegó apenas había casas hechas con pallets. El arroyo se llevaba algunas viviendas durante las lluvias y los vehículos quemados o abandonados podían permanecer meses enteros sin ser retirados. La violencia era tal que muchos taxistas se negaban a entrar al sector y preferían dejar a los pasajeros en las vialidades principales.

Fue en ese contexto donde comenzó a involucrarse más activamente con su comunidad. Entre 2016 y 2017 empezó a impartir talleres y a impulsar actividades para niños y jóvenes. Convenció a la dirección del centro comunitario donde trabajaba para llevar proyectos a la colonia y, durante un tiempo, incluso convirtió su propia casa en una especie de centro comunitario improvisado.
Ahí impartió talleres y convivió con adolescentes cuyas historias reflejaban las carencias del sector. Una de las experiencias que más lo marcó fue descubrir que algunos jóvenes de 15 años ni siquiera contaban con acta de nacimiento. Aquella realidad terminó reforzando una convicción que lo acompaña hasta hoy: el arte puede convertirse en una herramienta para abrir oportunidades donde antes parecía no haber ninguna.
Actas de nacimiento, graffiti y segundas oportunidades
Aquellas experiencias lo llevaron a impulsar algo más que talleres. Junto con otras personas organizó programas para ayudar a jóvenes que ni siquiera contaban con acta de nacimiento.
“Entonces hicimos un programa donde estuvimos sacándoles sus actas de nacimiento”, comenta tras darle un trago al bote de agua purificada con el que llegó a la entrevista.
Las necesidades iban mucho más allá de un documento. También había adolescentes que nunca habían salido de su entorno inmediato.
“Los llevábamos al Parque Central, al cine, porque había personas que tenían 11 o 12 años que nunca habían ido al Parque Central, siendo que estábamos como a 20 minutos caminando”, relata.

Mientras habla, la colonia aparece como un personaje más de la historia. Un lugar marcado por el aislamiento geográfico y social, rodeado de condiciones que, a su juicio, terminan moldeando la vida cotidiana de quienes crecen ahí.
“Estamos como en un hoyo. Colindamos con la colonia La Presa, que es prácticamente un dique. Entonces también como que esto influye mucho en las actitudes de las personas, en los estados de ánimo”, reflexiona.
El paisaje también ha cambiado. Donde antes había horizonte y montañas, ahora predominan las estructuras industriales.
“Antes te levantabas y mirabas las montañas o el horizonte. Y ahorita ya nomás ves la mancha grande de la maquiladora”, señala.
Ante esa realidad, decidió responder con arte y actividades comunitarias. Una de las más recientes fue Estrellas del Norte, un concurso de graffiti realizado en la colonia.
“Fue un evento donde se le dio 5 mil pesos al primer lugar”, explica.
Los murales debían representar elementos vinculados con la identidad del norte: personajes, fauna, música, costumbres o cualquier símbolo que reflejara la región.
“Y aquí en la colonia, que se llama Pancho Villa, muchos pintaron sobre toda esta índole”, agrega.
Sin embargo, los desafíos de la colonia no terminaban ahí. Durante años también enfrentaron el peso de los prejuicios.

“Cuando iba a buscar trabajo me preguntaban: ‘¿De qué colonia?’. Pues la Pancho Villa”, recuerda.
La respuesta casi siempre generaba confusión. Muchas personas asumían que hablaba de la colonia Francisco Villa y así terminaban registrándolo en documentos oficiales.
“En el papeleo te ponían Francisco Villa”, cuenta.
El error parecía menor hasta que llegaban las consecuencias.
“Entonces ibas al Seguro, querías sacar una cita, sacabas tu hoja y te mandaban hasta la colonia Francisco Villa”.
Las aclaraciones tampoco resolvían mucho.
“Y era como: ‘Oye, pero yo vivo acá’. Y te respondían: ‘Pensamos que lo había dicho mal’”, evoca con una sonrisa.
Son historias que retratan las dificultades cotidianas que le tocó vivir. Sin embargo, también insiste en que la colonia ha cambiado.
“No te puedo decir que la colonia sea el Paseo de las Estrellas de Hollywood”, bromea.
Pero detrás de la ironía hay orgullo. Porque de esas calles también han surgido artistas, muralistas, músicos y proyectos culturales que han transformado la percepción del sector: “ha dado muy buenos raperos, pintores y también este estudio”, sostiene.

Ese pequeño estudio levantado en medio de la Pancho Villa se ha convertido en punto de encuentro para artistas de distintos lugares.
“Muchas estrellas que vienen de fuera han visitado este lugar. Internacionales, nacionales, artistas, por el estudio. Aquí siempre hemos tenido visitas”, indica.
La muerte que cambió su destino
Y mientras las historias de la colonia avanzan entre murales, talleres y canciones, la conversación se dirige hacia una zona más íntima, donde el arte deja paso a las emociones que terminaron marcando su vida.
Hay heridas que el tiempo no cierra; simplemente aprende a convivir con ellas. Cuando la conversación llega a la muerte de su hermano, la voz de Pok 37 baja de intensidad. No necesita buscar demasiado en la memoria. La escena sigue ahí, intacta.
“Hasta la fecha ha sido muy presente”, admite.
La frase aparece sin dramatismo, casi en voz baja, pero basta para entender que han pasado más de dos décadas sin que el recuerdo pierda peso.
Todo ocurrió en 2002. No recuerda la fecha exacta. Quizá fue en febrero o poco después. Lo que sí conserva con claridad es la secuencia de aquel día. Llevaban poco tiempo viviendo en aquella parte de la ciudad y Carlos, su hermano mayor, seguía viviendo con su padre.
“Esa tarde yo lo había visto, porque yo iba a visitar a mi papá”, evoca.
Horas después, mientras regresaba con su madre, llegó una llamada que partió la tarde en dos.
“Nos hablaron nomás así de que, oye, pues le dieron un balazo a Carlos”, narra.
En aquellos años, la violencia todavía no tenía el rostro que después adquiriría en Ciudad Juárez. El término sicariato ni siquiera formaba parte del lenguaje cotidiano y, por eso, al escuchar la noticia, imaginó algo menos grave.
“Yo me lo imaginaba con un balazo en una pierna, una mano o algo así”, relata.
La esperanza lo acompañó durante varias horas. Recorrieron hospitales buscándolo sin éxito. La incertidumbre crecía con cada puerta que se abría y se cerraba. Finalmente dieron con él en la clínica del doctor Giorgio Baggiorgio.
“El doctor platicó ahí con mi mamá de que el muchacho ya venía prácticamente sin signos vitales”, recuerda.
Las explicaciones fueron devastadoras. El disparo había sido en la frente. El daño cerebral era severo y las probabilidades de recuperación prácticamente inexistentes.

“Prácticamente él tenía muerte cerebral y las probabilidades de que viviera, y si llegaba a quedar vivo, pues iba a tener muerte cerebral y daño ya para siempre”, explica.
Comenzaron entonces dos días suspendidos entre la esperanza y el miedo. Dos jornadas en las que la familia se aferró a cualquier posibilidad.
“Mi mamá estuvo así de que, no, pues vamos a darle”, comparte.
Pero el desenlace llegó inevitablemente.
“Y no, pues al final falleció después de dos días”, murmura.
Hace una pausa. El silencio dura apenas unos segundos, pero pesa mucho más.
Lo que vino después sigue siendo difícil de explicar. Aun así, encuentra una imagen capaz de acercarse a lo que sintió.
“Recuerdo así como tu cuerpo se estremece, como se te baja la sangre, como del pelo más largo que tienes hasta la punta de la uña más larga del pie”, describe.
La sensación, asegura, fue la de volverse insignificante frente a algo imposible de controlar.
“Te sientes como si fueras un pelo prácticamente en el mundo”, reflexiona.
Tenía apenas doce años. Hasta entonces, la vida parecía funcionar bajo reglas sencillas. Los problemas tenían solución y los deseos podían cumplirse.
“Siempre era así como que, ay, si quiero un Sega, allá me ponen Sega. Pero un Sega está al alcance, ¿no?”, sonríe al recordar.
Por eso siguió creyendo que su hermano saldría adelante.
“Yo recuerdo haber estado reacio, pues va a salir, ¿no? Pues Dios es Dios”, confiesa.
Sin embargo, aquella fue la primera vez que la realidad le mostró un problema que no podía resolverse ni con esperanza ni con voluntad.
“Nunca había tenido una confrontación tan fuerte”, reconoce.
La pérdida no sólo le arrebató a un hermano. También modificó la manera en que entendía el mundo.
“Ya cuando pasa eso, te hace cuestionarte todo así como que, ah caray”, señala. La reflexión llega despacio, como si todavía siguiera buscando respuestas.
“Ya desde ahí prácticamente cambió mi mentalidad para toda la vida. Yo ahí, en ese momento, tenía doce años”, concluye sobre este tema.
Afuera sigue estando la ciudad que lo formó. Adentro permanece aquel niño que una noche salió de casa creyendo que todo podía arreglarse y regresó sabiendo que existen pérdidas que acompañan para siempre.
Rap, comunidad y transformación
Cuando habla del arte, también habla de supervivencia. Por eso le cuesta aceptar una idea que escucha con frecuencia dentro de la propia escena del rap, que la música no salva vidas. Para él, esa afirmación depende del lugar desde donde se mire la historia.
“Hay raperos que dicen que el rap no salva vidas, que el rap no cambia vidas. Pues a lo mejor para ellos. Siento que depende del contexto de cada quien. En el contexto en el que yo crecí, para mí sí me salvó la vida”, afirma.
Su argumento nace de la experiencia. Al mirar hacia atrás observa una historia familiar marcada por caminos distintos. Tiene tres hermanos. Uno de ellos, Carlos, fue asesinado, otro, Juan, se encuentra en prisión por homicidio, y su hermana menor creció en circunstancias diferentes, cuando la familia atravesaba una etapa más estable y tuvo la oportunidad de estudiar una carrera profesional.

“Yo sí me siento como si fuera una falla en la Matrix”, dice con una sonrisa que no alcanza a ocultar la seriedad de la reflexión.
Los destinos de sus hermanos lo llevaron a preguntarse muchas veces qué habría sido de él sin la música. Cree que ciertas dinámicas ya estaban presentes desde la forma en que crecieron, como una inercia difícil de romper.
“Muchas veces siento que si yo no hubiera conocido la música o el arte, ya había un problema operando. Ya veníamos con eso arraigado por la forma en la que crecimos”.
Mientras otros encontraban refugio en caminos más oscuros, él encontró una rutina distinta. Pasaba horas escribiendo, leyendo, grabando canciones o pintando. Sin darse cuenta, aquellas actividades comenzaron a alejarlo poco a poco de un entorno que parecía repetirse generación tras generación.
“Cuando menos pensé, ya estaba fuera de todo ese círculo que permeaba la vida que habíamos tenido todo el tiempo”, recuerda mientras mueve las mano de un lado a otro.
Tampoco idealiza el mundo artístico. Reconoce que dentro de la música también existen riesgos, amistades que se pierden entre las drogas y dinámicas destructivas. Sin embargo, asegura que el arte le enseñó algo diferente: la posibilidad de dialogar, organizarse, construir y crear.
“Yo siento que despertó muchas aptitudes que a lo mejor todos tienen, pero que yo no tenía desarrolladas. Y a través de la música aprendí a hablar, a expresarme”, dice mientras sonríe.
Ese aprendizaje terminó transformando su manera de entender la vida. Ya no se trata solamente de escribir canciones o pintar murales. El objetivo es romper ciclos.
“Eso me cambió totalmente el panorama. Desde ahí para acá, mi mentalidad es cambiar patrones. Que ellos no tengan que pasar todo lo que pasé yo”, relata después de darle un trago a la bote de agua purificada que ha sostenido durante toda la entrevista.
Por eso sigue ahí, entre talleres, actividades comunitarias y proyectos culturales. Porque, para él, el arte no es únicamente una forma de expresión. Es la prueba de que algunos destinos también pueden reescribirse.
Si la música le permitió escapar de ciertos destinos, también le abrió puertas que nunca imaginó cruzar. Cuando habla de los lugares a los que lo ha llevado el rap, no piensa primero en escenarios o reconocimientos, sino en la posibilidad de conocer otros mundos.
“Siempre me gusta hacer esa comparación. Tengo amigos con los que crecí y que nunca han viajado, ni siquiera a Chihuahua. Y yo podría haber sido igual”, reconoce.

Sus primeros viajes llegaron antes del rap. Fueron gracias a la pintura, su primer contacto con el arte. Durante la secundaria ganó varios concursos y uno de ellos lo llevó a Delicias cuando apenas tenía unos catorce años. Después vendrían otros destinos, algunos ya borrosos en la memoria, hasta que la música comenzó a marcar la ruta.
Con el tiempo conoció prácticamente todo el norte del país. También llegó a Panamá, aunque fuera una visita breve. Para muchos podría parecer algo cotidiano. Para él no.
“Para mí ya era un logro aterrizar ahí, ver otro país, llegar a la playa. Dices: qué chido”, confiesa emocionado.
Los viajes también trajeron encuentros con artistas a los que escuchaba cuando apenas comenzaba. Ha compartido espacios con figuras nacionales e internacionales del rap y ha visto de cerca trayectorias que durante años parecían inalcanzables.
Entre los nombres que recuerda aparecen Stailok, Secuaz, Sudamétrica y Capella. En México le ha tocado coincidir con Alemán, Jera, T-HR y muchos otros exponentes de la escena.
“No es que tenga una amistad con ellos, pero sí me ha tocado compartir escenario en algunas ocasiones”, añade.
Sonríe cuando explica por qué ha tenido esa oportunidad. En Juárez, dice, casi siempre termina siendo quien abre los conciertos cuando llegan artistas de otras ciudades.
Pero los escenarios son sólo una parte de la historia. Actualmente mantiene la misma rutina de siempre: producir, organizar y crear. Su apuesta más reciente está puesta en proyectos con impacto social.
El año pasado presentó Rebels, un documental construido a partir de diez historias de vida. Bomberos, activistas, talleristas, migrantes, artistas urbanos y promotores culturales aparecen en pantalla mostrando cómo el arte puede convertirse en una herramienta de transformación.
“Todos llegamos a esos puestos o a esos lugares gracias a la música”, asegura.
Mientras planea un nuevo cortometraje de alrededor de veinte minutos, continúa grabando discos y organizando proyectos como Estrellas del Norte. La sensación es que siempre hay algo en marcha.
“La verdad es que todo el tiempo estamos ocupados haciendo cosas que tengan que ver con el arte”, afirma. Para él, crear dejó de ser una actividad y terminó convirtiéndose en una forma de habitar la ciudad.
Por eso, cuando habla con las nuevas generaciones, evita las fórmulas fáciles. Prefiere hablar de criterio. Cree que existe una línea muy delgada entre el arte y la popularidad, y que muchos jóvenes terminan confundiendo una cosa con la otra.
“No digo que esté mal ni quiero desmeritar el trabajo de nadie, pero cuando entras a una cosa a través del arte siempre el resultado es diferente”, asevera.
Observa con preocupación cómo parte de la música actual glorifica la delincuencia, las drogas o los robos, presentándolos como sinónimo de éxito. Para él, el arte ofrece otra posibilidad: la de contar cualquier historia, pero con responsabilidad.

“Puedes tocar los temas que gustes, con criterio. Puedes escuchar la música que gustes, pero siempre hay que tener el criterio muy bien cimentado”, advierte. Habla desde la experiencia de quien ha visto cómo una decisión puede cambiar el rumbo de una vida.
Su reflexión final no llega desde la fama, ni desde los escenarios, sino desde la experiencia de quien encontró en el arte una salida cuando muchas puertas parecían cerradas.
“A veces hay que apostarle. Cuando se siente que estás más apretado, cuando dices: ‘¿Sabes qué? Ya voy a dejar esta onda’, es cuando hay que seguir”, asegura.
Hace más de veinte años comenzó grabando una canción en una ciudad que muchas veces parecía diseñada para resistir. Desde entonces ha perdido amigos, ha despedido familiares, ha visto cómo las colonias cambian de rostro y cómo algunos jóvenes encuentran en un taller, un mural o una libreta la oportunidad de escribir otra historia.
Quizá por eso sigue convencido de que el arte sí puede cambiar vidas. No porque lo haya leído en un libro o escuchado en una canción, sino porque durante dos décadas ha visto cómo también cambió la suya.

