La polémica por la visa de Brighite Granados de la Rosa terminó sentando en el mismo banquillo a las dos dirigentes partidistas más visibles de Chihuahua. Una debe explicar por qué perdió el documento para ingresar a Estados Unidos. La otra, cómo obtuvo una información que, en teoría, no debería circular con tanta facilidad.
En el caso de la presidenta estatal de Morena, la solución parece sencilla. Si la cancelación de la visa se debió a una multa de hace diez años, como ella sostiene, bastaría con mostrar el documento que respalde esa versión. Con eso le callaría la boca a su homóloga azul.
Dicen los que dicen saber, que cuando una explicación provoca más preguntas que respuestas, las pruebas terminan siendo más valiosas que los posicionamientos políticos. Sobre todo en un tema que ya se convirtió en munición para adversarios y curiosos por igual.
Del otro lado está Daniela Álvarez, la líder estatal del prianismo. Más allá de celebrar políticamente el episodio, tendría que aclarar cómo se enteró. Porque eso de que un ciudadano cualquiera le pasó el dato suena tan convincente como una promesa de campaña pronunciada en temporada electoral.
Y mientras esa explicación no llegue, las especulaciones seguirán creciendo. A estas alturas, con el ambiente que se vive entre México y Estados Unidos, resulta más fácil creer que la información cruzó la frontera por alguna vía privilegiada. Después de todo, en Chihuahua las filtraciones parecen viajar con mucha más rapidez que quienes hacen fila para tramitar una visa.
Y tampoco faltan quienes se preguntan si algunas de estas revelaciones llegaron por vías más sofisticadas que el simple chisme político. Con eso de que, según la narrativa de algunos actores locales, la CIA parece tener a su mejor agente operando en la capital del Estado Grande, cualquier cosa puede suceder.
Al final, el episodio deja una conclusión para ambas. Una debe explicar por qué perdió la visa y la otra cómo obtuvo la información. Pero mientras intercambian acusaciones, las dos olvidan que la ciudadanía ya les conoce varias de sus especialidades: cargar los dados cuando conviene, hacer una que otra transa partidista y practicar esa vieja politiquería que tanto dicen combatir cuando la ejerce el adversario. Están cortadas con la misma tijera.
Perder la visa y sobrevivir al escándalo
El asunto de las visas estadounidenses ya parece serie de televisión. Cada semana aparece un nuevo capítulo, un nuevo protagonista y una nueva teoría. La política exterior de Donald Trump ha alcanzado niveles que harían sonreír a cualquier escritor de ciencia ficción. Lo que antes era un simple permiso para cruzar la frontera ahora parece una mezcla de trámite consular, examen ideológico y reality show político.
Por eso llamó la atención el caso de Brighite Granados. Si una de las principales críticas contra Washington es su permanente intervencionismo, surge una duda bastante terrenal: ¿para qué tantas ganas de visitar las tempestuosas tierras del norte? Cuando uno está tan molesto con un vecino, normalmente deja de tocarle la puerta.
La política tiene esas contradicciones curiosas, porque se condena al imperio en el discurso, pero se guarda con cariño el permiso para entrar al imperio en la cartera. No es una crítica exclusiva para Morena; la fascinación por la visa estadounidense es una enfermedad transversal que afecta a políticos de casi todos los colores.
Ahora bien, tampoco hay que exagerar. No parece que Estados Unidos esté retirando visas a cualquiera que publique un meme contra Trump o que se queje del precio de las hamburguesas en Texas. Pero sí existen casos documentados donde autoridades estadounidenses han tomado decisiones relacionadas con publicaciones y expresiones consideradas ofensivas hacia figuras cercanas a su proyecto político.
Y ahí está el verdadero mensaje. Washington no oculta que considera la visa un privilegio y no un derecho. Si quiere retirarla, la retira. Si quiere negarla, la niega. Es una facultad soberana que ejerce sin pedir permiso ni consultar encuestas de aprobación.
Quizá el verdadero debate no es quién perdió la visa, sino por qué la clase política mexicana sigue otorgándole un valor casi sagrado. Se denuncia al imperialismo, se condena la injerencia y se invoca la soberanía, pero basta que Washington retire un permiso de entrada para que algunos reaccionen como si les hubieran quitado la nacionalidad. A veces pareciera que la visa no abre las puertas de Estados Unidos, sino las del paraíso. Y no es así.

