—Vecino… le confieso algo.
—Desembuche. Soy todo oídos.
—Yo tengo muchos manuscritos, pero de cuentos y poemas, que escribí desde la preparatoria… Los guardo en una carpeta en mi laptop. Me gusta escribir; por eso me fui a Austin a estudiar la licenciatura en Escritura Creativa… Soñaba con ser una escritora famosa, con muchos libros publicados; sueño que se quedó solo en eso… Yo creo que por eso lo hice mi amigo.
—¿Para qué dejó las clases? Le hubiera seguido.
—Pues me quedé sin el patrocinio de mis padres y usted sabe que con dinero baila el perro.
—Pero su hermana se ofreció a pagarle la carrera y no quiso.
—Ya le dije que no quería ser una carga.
—Y mire, terminó viviendo en su casa.
—Las circunstancias cambiaron. Estoy aquí por la pandemia y porque trabajo cuidando a mi sobrina… No estoy de arrimada.
—Ya sé, ya sé… Oiga, vecina, ¿ya me va a contar por qué sus padres ya no quisieron sufragar sus gastos de universidad?… Si la tenían bien chiple. ¿Qué hizo o qué les hizo?
—Me va a perdonar, vecino, pero aún no estoy lista para hablar de eso… Es muy traumático.
—No soy psicólogo, pero ya sabe que aquí estoy para escucharla… Ya sabe que soy su compira.
—Mejor cuénteme de usted… Ya sé que fue periodista y que es escritor… ¿En qué más ha trabajado?
—¡Uta!… He trabajado en muchos oficios antes de “hacerme” escritor.
—¿Cuál fue su primera chamba y a qué edad?
—De los 10 a los 11 años vendía huevos.
—¡¿Huevos?! No sea payaso.
—¡De verdad!… Los sábados y domingos mi madre me ponía los huevos en dos cubetas de plástico, a la mitad, tapadas con mantelitos, y me iba a otros barrios a venderlos casa por casa.
—¿Quién compra huevos en la calle?
—Es que usted es una niña, vecina… En esos años no había supermercados por doquier y muchas cosas se vendían en las calles, en las tiendas de barrio o en el mercado… Y yo vendía huevos para comodidad de las amas de casa… ¡Huevos a domicilio y del Paso!
—No me lo imagino vendiendo huevos.
—Era un niño, o casi un adolescente… Y eran huevos porque mi abuelo y un hermano a eso se dedicaban. En un triciclo se iban al Chuco y “contrabandeaban” cuatro o cinco cajas de huevo; luego se las vendían a tiendas de barrio… Vendíamos mucho porque era huevo americano; ese era el plus.
—O sea que ellos los vendían al mayoreo y usted al menudeo.
—Sí… aunque se burle.
—¿Y no le daba vergüenza vender huevos casa por casa?
—De ninguna manera. Pero el día que dejé de vender huevos sí fue por un hecho vergonzoso.
—Cuéntemelo… si se puede.
—Uno de esos sábados —yo acababa de entrar a primero de secundaria— se me ocurrió vender huevos en una colonia nueva para mí y, al tocar en una casa para ofrecer mis huevos gringos, abrió ¡Irma!… Irma era una compañera de la secundaria. Llamaba la atención porque era una adolescente muy desarrollada… ¡de más! Tenía un cuerpazo ya de mujer. Ella abrió la puerta y los dos nos sorprendimos… Entonces yo salí corriendo, todo apenado, abandonando las dos cubetas con los huevos.
Al llegar a la casa, mi madre me regañó porque regresé sin cubetas, sin huevos y sin el dinero de la venta… Y me hice la zorra tres días; no fui a la secundaria —turno matutino— porque me daba vergüenza que Irma les hubiera contado que yo vendía huevos. Algún chismoso le dijo a mi jefita que yo me la estaba zorreando. Yo temía que Irma me la regara.
Mi madre, el jueves, me llevó a la secu y casi a huarachazos me dejó en el salón. Nadie me dijo nada e Irma no me quitaba los ojos de encima… Sonó el timbre del primer receso y todos salieron a jugar o a comprar burritos; menos Irma y yo. Ella, la más “buenota” del salón, fue hasta mi mesabanco y me preguntó:
—¿Por qué no habías venido a clases?
—Ya sabes por qué —le contesté.
Entonces la más bonita del salón me dio un beso en la mejilla y me dijo:
—No seas tonto, Miguel Ángel… trabajar te hace todo un hombre.
Y ese besito nunca lo he olvidado.
—¡Yo le hubiera dado dos!

