Extraña, preocupada y por momentos atrapada entre sus propias palabras se vio María Eugenia Campos Galván después del maratón de entrevistas que concedió en la Ciudad de México sobre los señalamientos relacionados con la participación de agencias estadounidenses en operativos realizados en Chihuahua.
Había algo desacompasado en sus respuestas, como si cada declaración intentara corregir la anterior mientras el discurso se iba enredando solo, lentamente, frente a cámaras y micrófonos nacionales. En uno de los casos, con López Dóriga, se le vio desorientada, interrumpiendo la entrevista para pedir a sus apuntadores que le dejaran de hacer señas.
Políticamente el saldo fue desastroso, sobre todo porque la gobernadora comenzó a perder algo que en política cuesta años construir y apenas unos minutos de televisión nacional destruir: credibilidad. A ratos se le veía nerviosa, confundida y asustada.
Las entrevistas recordaron inevitablemente aquellos días del exgobernador César Duarte Jáquez cuando, desde estudios capitalinos y frente a periodistas de gesto solemne, intentaba explicar que el barco no se hundía mientras el agua ya le llegaba a las rodillas. Ahora el exmandatario está en la cárcel. Eso es lo que le preocupa a la mandataria: ir a descansar a la cárcel y no a su Mansión Dorada.
Por momentos parecía que la gobernadora estaba en entrevistas diseñadas para ayudarle a salir del problema y no para incomodarla. Preguntas suaves, tonos comprensivos y espacios mediáticos donde, casualmente, el Gobierno estatal ha destinado millones de pesos en publicidad oficial.
Pero ni siquiera en ese terreno favorablemente amigo logró sostener una versión firme. Cada respuesta terminó abriendo nuevas dudas sobre lo que realmente sabía el Gobierno estatal respecto a la presencia de corporaciones estadounidenses en Chihuahua,específicamente de la CIA.
Y mientras más intentaba corregir el rumbo, más terminaba contradiciéndose. La escena recordó ese viejo vicio de la política mexicana donde el poder cree que controlar el micrófono basta para controlar la percepción pública. El problema aparece cuando las propias palabras comienzan a desordenarse solas y ni las entrevistas a modo alcanzan para evitar que el discurso termine derrumbándose frente a todos.
Y Morena, claro, olió sangre política. La presidenta nacional del partido, Ariadna Montiel Reyes, y el coordinador de diputados morenistas en el Congreso local, Cuauhtémoc Estrada Sotelo, retomaron el tema con entusiasmo quirúrgico.
Ambos repitieron lo que para entonces ya parecía evidente: que la gobernadora comenzó negando conocimiento sobre la presencia de agentes estadounidenses y terminó aceptando la participación de corporaciones como el FBI y la DEA en operativos relacionados con seguridad y extradiciones.
Las escenas tuvieron algo de tragicomedia política. Primero vino el “yo no sabía”; después el “sí participan”; luego el “debería haber cooperación armada”. Una especie de rompecabezas diplomático armado a declaraciones sueltas. Como esos personajes de novela que intentan ocultar una carta comprometedora mientras la van dejando caer en distintos salones de la casa.
Otro asunto de fondo es la ligereza con la que el Gobierno del Estado quiere normalizar el injerencismo. Y lo más curioso es que la narrativa ya se contagió entre algunos panistas, que repiten como coro automatizado que toda la investigación federal comenzó únicamente porque “destruyeron un narcolaboratorio”, como si estuvieran narrando una película de acción de bajo presupuesto donde Chihuahua terminó convertido en sucursal diplomática de Homeland Security.
De pronto, hablar de operativos con participación extranjera empezó a sonar tan cotidiano como inaugurar un puente, cortar un listón o posar para la foto junto a una patrulla recién lavada. Ya solo falta que en las próximas conferencias presenten a las agencias estadounidenses como “invitados especiales” del gabinete de seguridad estatal.
La gobernadora, pues, terminó tropezando con algo más grande que una mala entrevista: la memoria pública. Resulta inaudito que durante semanas el discurso oficial fue negar cualquier participación de agencias extranjeras en operativos dentro del estado, y ahora parece todo salir a flote.
Morena simplemente tomó los fragmentos de las entrevistas y dejó que las contradicciones hicieran el resto. A veces el adversario político no necesita construir una narrativa; basta con reproducir las palabras textuales del poder. Así sucedió en esta ocasión.
Resulta inevitable pensar en esa vieja obsesión conservadora de cierta clase política mexicana por sentirse validada desde Washington. Como si el aplauso extranjero otorgara una especie de certificado moral de modernidad y eficacia.
El problema aparece cuando la soberanía termina convertida en una incomodidad discursiva, algo que se menciona en ceremonias oficiales pero se relativiza cuando llegan las cámaras nacionales o las reuniones privadas.
¿En qué pensaba Bonilla?
El tema de las patrullas de Chihuahua con el logo de la Policía de Nueva York ya entró oficialmente al museo nacional de la tragicomedia política mexicana. Unacosa es admirar modelos extranjeros y otra muy distinta convertir las unidades municipales en souvenirs institucionales de Manhattan.
El mensaje terminó siendo involuntariamente revelador, porque algunos panistas parecen sentirse más cómodos mirando hacia el norte que hacia el sur del estado, como si la modernidad comenzara en Texas y la identidad mexicana fuera un accesorio opcional para actos oficiales.
La presidenta Claudia Sheinbaum Pardo volvió a poner el dedo sobre la llaga cuando cuestionó el asunto durante la mañanera. Y la pregunta fue tan sencilla como devastadora: “¿En qué estaban pensando?”. No se habla de una gorra turística comprada en Times Square ni de una chamarra del NYPD para la colección personal de algún funcionario entusiasta del cine policiaco.
Aquí de lo que se trata, hay que entenderlo, es de patrullas oficiales mexicanas portando la imagen de una corporación extranjera. Algo que, visto desde cualquier lógica mínimamente seria, resulta una barbaridad institucional.
Marco Bonilla explicó el miércoles que todo obedecía a una capacitación en Nueva York y que se sentía orgulloso de que policías municipales hubieran sido entrenados en la Gran Manzana. Y está bien. Nadie cuestiona la capacitación.
Lo extraño es esa necesidad casi emocional de rendir homenaje visual a Estados Unidos, como si el aprendizaje policial incluyera una cláusula estética obligatoria: “Por cada curso tomado, deberá colocarse un logo extranjero en al menos una patrulla”.
Las palabras de Bonilla terminaron sonando huecas porque el problema nunca fue la capacitación, sino el símbolo. Y en política los símbolos pesan. Mucho. Sobre todo en tiempos donde el discurso panista parece obsesionado con normalizar el injerencismo y vender subordinación cultural como si fuera modernidad administrativa.
Lo de las patrullas con insignias neoyorquinas no parece cooperación internacional; parece más bien un casting fallido para una franquicia fronteriza de La Ley y el Orden.

