—Ya no tengo esa selfie… la eliminé.
—¿La borró?
—Sí.
—Qué mojigato.
—No es eso. Simplemente intuí que esa foto no era para mí, aunque debo confesar que sí me sacó de onda.
—Pues mil disculpas.
—No se preocupe, eso pasa muy seguido… Oiga, esto me recordó dos casos que conocí de primera mano. El primero le pasó a una de mis amigas. Resulta que una de mis mejores amigas —casada y con dos hijos pequeños— me invitó a desayunar porque quería contarme algo importante y pedirme un consejo. Ya cafeteando me dijo: “Miguel Ángel, corrí a mi esposo de la casa”.
Le pregunté la causa.
“Yo acababa de dejar a mi niña en el kínder y me entró un mensaje por WhatsApp de mi marido. Como iba por la Gómez Morín y había mucho tráfico, me metí al estacionamiento de una tienda de conveniencia para leerlo”.
El mensaje decía: “¿Te gustó lo de ayer? Yo estuve muy relax, pues nunca me habían hecho el amor como tú. ¿Si te puedes salir de tu trabajo, mañana vamos de nuevo al motel? Una hora nomás. ¿Tienes chanza?”.
Mi amiga, mientras me contaba lo que había leído, terminó en un mar de lágrimas.
“Entonces inmediatamente le llamé a su celular y le dije: ‘Me acabas de mandar un WhatsApp que obviamente no era para mí. Ya lo leí, hijo de tu chingada madre, y no quiero que te pares en la casa. ¡Te voy a dejar en la calle, maldito!’”.
A los dos meses, mi amiga volvió a invitarme a desayunar para contarme que efectivamente se chingó al exmarido: le quitó la casa —que él sigue pagando— y logró, con una abogada bien perra, quitarle el 45 % de sus ingresos. Todo por un mensaje que lo delató.
El otro caso de equivocación fue el de un primo que mandó la fotografía de una mujer desnuda, con un enorme trasero —una especie de meme— al WhatsApp familiar. Él creyó que la había enviado al grupo de sus compañeros del equipo de futbol. Aquí los daños fueron menores: recibió regaños, muchas burlas… y sanseacabó. Así que, vecina, entiendo que la foto que me envió fue un accidente digital.
—Sí… pero no me ha dicho si le gustó la foto.
—Qué le puedo decir… Es una foto bonita y la lencería que muestra está muy sensualona.
—Creo que se equivoca… la sensual soy yo.
—Divina juventud.
(Por eso me cae bien la vecina; habla y se mueve con gran seguridad. Además, tiene una autoestima muy alta. Yo conozco amigas y conocidas así: mujeres que irradian seguridad, sin importar si fueron agraciadas por la genética o no. Y también conozco mujeres bellas muy inseguras, y eso las vuelve un poco torpes).
—No se crea… estoy bromeando. Y perdóneme por esa foto tan atrevida que no era para usted. Pero me veo muy bien en esa selfie; por eso se la mandé a mi amiga… y a usted sin querer. Oiga, vecino, sin querer ya me conoció en ropa interior.
—¿Interior?… Querrá decir ropa íntima. Porque yo creo que ese conjunto de lencería era muy íntimo y provocativo.
—Lo que hace la pandemia… Una tiene que hacer algo para sentirse bonita en medio de tanta incertidumbre.
—Tiene razón… Hay que entretenerse en este encierro.
—Aunque no me lo crea, me da penita… pues sin querer ya me conoció casi desnuda.
—Olvidémonos de esa selfie.
—Okey… ¿Cómo le ha ido en su trabajo? ¿Algún manuscrito que valga la pena?
—Este mes no me ha salido uno que valga la pena… puro mamotreto sobre lo mismo: narcotráfico, detectives con alguna manía o varias manías.
—Eso está de moda.
—Lamentablemente, sí.

